
Todos los días te tienes que levantar. A parte de eso, acabo de llegar de Amsterdam y estoy todavía intentando aterrizar suavemente sobre el firmamento de la normalidad. No me acostumbro. Quiero volver a irme de vacaciones. O al menos, quiero trabajar en otra ciudad, en Amsterdam, por ejemplo. Qué gusto de gente, qué gusto de bares, qué alegría de bicicletas, qué buen rollito general, qué hombres tan guapos, qué sonrisas mi madre, qué dientes tan perfectos, qué culos tan prietos por obra y gracia del pedaleo, qué, qué, qué todo... Es que yo no puedo vivir aquí después de estar por ahí. Yo no he parido aún, pero si las preñadas sufren la depresión postparto, yo sufro la depresión postvacacional. Yo no sé qué me pasa que cuando salgo de la rutina y vuelvo me entra una pena tan grande que no se puede aguantar. Y es que no hay nada como viajar para darte cuenta que tu mundo es muy pequeño y que la tierra es taaan grande y hay taaantas cosas por ver. En fin, que ya estoy contando los días para volver a irme de vacaciones. En este viaje he hecho planes para próximas escapadas a lugares tan cercanos como Fuente del Arco y tan lejanos como Argentina, México o Ucrania (aún hay un asuntillo pendiente en este inhóspito lugar sobre el que correremos un tupido velo). El caso es volar, sentirte libre y volaaar. He de decir tras esta tercera incursión en el mundo holandés, siempre lleno de sorpresas, que yo, defensora aférrima del hombre negro/mulato, he descubierto un nuevo horizonte en el prototipo nórdico, mucho más blanco de piel, pero con una complexión y fisonomía envidiable. Los blancos también me ponen, sí señor, sobre todo si están sobre una bici todo el día y miden casi dos metros. Ya sé que soy una superficial en esta cuestión, pero es que el mundo me hizo así. Amsterdam, tiembla. Prometo volver pronto.