Sunday, April 08, 2007

Uf, qué hambre

No sé qué me pasa últimamente, pero me aqueja un complejo de hipopótamo del zoo. Tengo tanta hambre que abro la boca a todo lo comestible que se me cruce en el camino. Lo mismo da una gominola que un trozo de zanahoria que un montadito de anchoas con leche condensada. El caso es que en medio de este trance, que me trae por la calle de la amargura cada vez que pienso que el verano está a la vuelta de la esquina, el otro día me dio por irme a comer a un restaurante moderno. No sé si han probado la nueva cocina, pero a mí me entraron ganas de llorar. Para empezar, los platos están presentados de forma tan espectacular que te da pena hincarles el diente. Además, es todo taaaaaan pequeño que se te queda una cara de idiota... ¡Pero si he pedido un cocido, cómo me van a dar tres garbanzos con un trocito de patata y otro de tocino! No es de extrañar que al terminar solo pienses en irte de tapas a otro bar... Y es que el minimalismo imperante en estos restaurantes de última generación, todo sofisticación y elegancia, tiene un defecto muy grande. Se olvidan de que no todo el mundo que va a estos lugares acude para exhibir su último modelito de Zara, conocer a gente chupi, hacer amigos o hablar de trabajo. Hay muchos que van porque quieren comer. Lo peor del caso es que este tipo de cocina está extendiéndose como la pólvora y parece tener la intención firme de acabar con la comida tradicional. No digo yo que tal catástrofe esté a la vuelta de la esquina, pero se avecina, como el cambio climático. Yo estoy por encadenarme a una taberna con un cartel que diga ¡arriba el flamenquín, abajo las bolitas de fua de oca anoréxica! Y es que, encima de que vas a un restaurante, haces como que comes y sales de allí con más hambre de la que traías de casa, te clavan.

Ese olor a incienso

La Semana Santa me pone triste, vamos, aún más triste que la Navidad, que ya es decir. Al menos, en Navidad vienen los Reyes Magos con regalos, si hay suerte nieva, comemos grandes cantidades de turrón y jamón y, si tienes familia o amigos fuera, vienen todos de golpe. En Semana Santa, la cosa es distinta. En el mejor de los casos, tienes unos días de vacaciones, pero como, en lugar de ser costumbre, por ejemplo, ir de compras, leer o ir al cine, en estas fechas se impone sufrir, pues sufres. Es como que viene regulado por decreto y nadie puede protestar. Si no te gusta, te vas. Si te quedas, tienes que concentrarte en la pasión de Cristo y punto. Nadie te pregunta, pero si tú prefieres pensar en otra cosa no puedes porque no te dejan. Si sales a la calle a dar una vuelta, te encuentras con un paso y empieza el estrés. Te tienes que enfadar. Hay demasiados motivos. Si vas en coche, tienes que esperar colas porque las procesiones te cortan el tráfico, si vas andando tienes que abrirte paso entre cientos de peatones, si eres torpe o despistado te escurres con las pipas de los desaprensivos o la cera que dejan los nazarenos en las calles (que ya podían tener más cuidado), no puedes beber una cerveza tranquilo en un bar porque está todo abarrotado y, para colmo, todo huele a incienso. No sé exactamente a qué me recordará ese olor, debo tener algún trauma de la infancia o algo, pero me entran unas ganas de llorar cada vez que lo huelo... Es una mezcla de sentimiento y alergia. Eso por no hablar de las marchas procesionales a altas horas de la noche. Que tendrán su público, pero yo es que para dormir, prefiero el silencio. El caso es que los anti-Semana Santa somos minoría y ya se sabe. Mientras no hagamos una plataforma, no nos queda otra que llevar la procesión por dentro.