Wednesday, May 18, 2005

Sacred sex


Una de las frases a las que se accede con más rapidez escribiendo en internet las palabras mágicas sexo tántrico son las que pronunció Sting en la presentación de su disco Sacred loved: “Hago el amor ocho horas cada noche”. Semejante perla mediática dio en su día la vuelta al mundo y agitó las mentes de muchos curiosos que se preguntaron cómo era posible tal hazaña, acostumbrados como estamos a leer en los periódicos que la media del acto sexual no supera los 22 minutos o que las patologías sexuales más comunes son la eyaculación precoz, la impotencia y la anorgasmia.
La respuesta es muy sencilla, Sting no es un genio, pero practica el tantra aplicado a sus relaciones sexuales de pareja. Bueno, sí es un genio. No todo el mundo sabe, puede o quiere esforzarse así cada noche.
Antes de nada, he de decir que lo siento por los homosexuales, pero como filosofía milenaria hindú, el tantra está enfocado casi exclusivamente a las parejas heterosexuales porque persigue la fusión de lo femenino y lo masculino, si bien sería perfectamente aplicable a cualquier combinación de sexos posible en lo que a técnica para la prolongación del placer se refiere.
Aunque el sexo tántrico se haya puesto de moda recientemente en medio mundo, lo cierto es que en el otro medio el tema es más antiguo que el tebeo. De ahí viene la buena reputación como amantes que se les atribuye a los hindúes. Por simplificar, la idea consiste en conseguir controlar la eyaculación para prolongar el placer hasta límites insospechados. ¿Difícil? Sí, pero posible.
Todos sabemos que los postres se toman al final de las comidas y eso no hace menos apetitosos los aperitivos ni los primeros o segundos platos. Algo así debería ocurrir con el sexo. Si tomamos el orgasmo o la eyaculación del hombre como el postre, una vez sabemos que llegará más tarde o más temprano, debemos olvidarnos de que el fin es llegar a él, a lo pin-pan-pun, para disfrutar de cada segundo con la misma intensidad y eliminar la urgencia de disparar la pistola lo antes posible. Dejemos que el cuerpo lo pida a gritos antes de darle lo que pide.
Los entendidos en materia recomiendan empezar a probar el plato tántrico acumulando el hambre suficiente para no quedar saciados al primer bocado, es decir, sentarse a la mesa sólo cuando uno tenga todo el tiempo del mundo por delante y el estómago (o en este caso otros órganos) clamen por comer.
Otra máxima importante es que todo lo que está caliente, puede estar aún más caliente, es decir, aunque el deseo sea escandaloso cuando se inicia la marcha, es necesario llevarlo pasito a paso, a fuego lento, hasta su punto de ebullición. Habrá que recurrir a todo tipo de caricias mínimas que eviten el contacto con pechos o genitales para pasar después a depositar el placer en los labios. Besar puede ser y es, de hecho, uno de los ejercicios más sensuales y hay que sacarle el máximo partido en los juegos de iniciación. Se trata de hacer el precalentamiento propio de cualquier deportista en cada parte del cuerpo, sin olvidar ninguna, y dejar las zonas que están calientes de por sí para el final. Controlar el ritmo de la respiración es elemental y, si es posible, debe compenetrarse con la respiración de la pareja, de forma acompasada.
Cuando llega el momento de la penetración, habrá debido pasar más de una hora, y llegará sin prisas, como un paso más hacia la fusión de los dos cuerpos. Una vez dentro, el pene debe olvidarse de heroicidades y limitarse a estar ahí, a sentir dónde se acaba de meter y dejarse llevar por los movimientos naturales de la vagina. Al pajarito empezará a dolerle el pico y querrá soltar su canto, pero habrá que evitarlo controlando la respiración y si es necesario, atándolo como sea, o lo que es lo mismo, siguiendo el dictado de los expertos que indican que apretar con dos dedos la zona del perineo (entre el escroto y el ano) sirve para algo.
En el tantra, la eyaculación se considera un derroche que, cuando se evita, debe traducirse en un ahorro de energía que podrá canjearse en el cerebro del hombre por un ticket hacia el placer infinito. Tampoco hay que sufrir en exceso, sobre todo, al iniciar las sesiones de entrenamiento tántrico. Al cabo de un par de horas y si el cuerpo no aguanta más, se puede proceder al coito propiamente dicho, siempre con movimientos lentos y suaves, que acabarán en un orgasmo, seguramente, mucho más completo del que estás acostumbrado.
El aprendizaje tántrico es lento, aunque a nadie le amargará ser becario o estar de prácticas cuando el trabajo da tanto gustito. Es imprescindible, para uno y para otra, aprender a ejercitar “el músculo” (ellos), intentando controlar sus movimientos conscientemente, lo que requiere mucho entrenamiento, o los músculos vaginales (ellas), a los que hay que adiestrar mediante contracciones de la vagina similares a las que se realizan cuando se contienen las ganas de ir al baño, en ambos casos.
Los que no tengan pareja en este momento, dirán ahora: “sí, muy bonito”, pero yo no puedo plantearme una relación así con alguien a quien acabo de conocer. Quien piense así, se equivoca. Si se trata de un chico, le diría que parte de la magia tántrica que se experimenta gracias a eso que se llama amor es posible si tomamos a la otra persona, sea quien sea, como el receptor más digno de nuestro mimo.
Ésa es la diferencia entre un buen amante y un aquí te pillo, aquí te mato (lo del quiqui rápido está muy bien a veces, pero no deja de ser un pelín insatisfactorio como el pan de cada día). Si la frase viene de una chica, sólo puedo decir que en el tantra somos las mujeres las que controlamos, las que llevamos la voz cantante y, por ello, tenemos la responsabilidad de aprender y guiar al otro por el camino del disfrute común. Fingir los orgasmos, hacer de tripas corazón o mirar al techo mientras un energúmeno galopa sobre ti no es la mejor manera de que a una la tomen por diosa del sexo y mucho menos del amor. El sexo es cosa de dos y el tantra lo deja bien clarito. Quizás la primera vez no duremos ocho horas, como Sting, pero con un poquito de disciplina, los resultados pueden llegar a ser sorprendentes. Tú pruébalo.

Thursday, May 12, 2005

Sex is in the arse


¿Cuál es la mejor manera de empezar a hablar de sexo anal, así, sin precalentamiento? A decir verdad, no tengo ni idea. Lo único que se me ocurre es hacerlo por el principio, es decir, aclarando algo fundamental: la puerta de atrás no es exclusiva de los gays. Muchos la reivindican como patrimonio de la humanidad auque la UNESCO no acaba de decidirse. Por eso, ya lo dijo alguien antes que yo: “Los que practican el sexo anal tienen tantas posibilidades de acabar siendo gays como los que tienen por costumbre comer caña de lomo por Navidad”.
Todos tenemos, ya sea más feo o más bonito, un ojete cuyo uso podemos limitar a su función orgánica elemental o traspasar la frontera y buscar el más allá. Aunque tu tercer ojo no te permitirá ver la última película de Woody Allen, porque es ciego, está garantizado que si te lo propones, te permitirá ver el cielo, o las estrellas, si te empeñas en no seguir una serie de consejos ineludibles.
Para el personal virgen (en lo que al ano se refiere) los expertos recomiendan iniciarse en la intimidad. Lo mejor es hacer ejercicios digitales diarios en la ducha para ir abriendo boca, en este caso, culo. Se trata de introducir, como quien no quiere la cosa, el dedo en el ojal y dibujar circulitos con la esperanza de que el dedo vaya quedando holguerito y acabe pidiendo más y más. En algunos casos, estos ejercicios no son suficientes y es necesario probar con un encantador juguete bautizado como dilatador anal (por ejemplo, the swell guy) con o sin vibrador. Lo mejor es empezar con uno pequeño y blandito. Está pensado para quedar encajado en el cerete mientras tú te entretienes haciendo la colada o preparando los macarrones para el almuerzo. Si vamos a hablar del tema a las claras, conviene borrar de las mentes más retorcidas la idea de que el sexo anal puede provocar a la larga incontinencia fecal. Nada más lejos de la realidad, precisamente las contracciones que se provocan durante el acto fortalecen los esfínteres y facilitan el autocontrol de los mismos.
Si imaginamos el encuentro sexual como un partido de béisbol con animadoras, éstas gritarían alrededor del campo: dame una H (de higiene), dame un L (de lubricante), dame una C (de condón) y dame un S (de suaaaveee). Ninguna de estas letras debe faltar a la hora de enfrascarse en jueguecitos sexuales con el pompis ajenos. Fundamental es empezar el tema con agua y jabón abundantes, sobre todo, si los preliminares incluyen un beso negro (o lametón prolongado en el culo del compañero/a). Si es posible, no está de más evacuar antes de nada, para evitar imprevistos de última hora. El lubricante es otro clásico que algunos parecen olvidar, pero que es absolutamente imprescindible si la idea es que la experiencia resulte placentera. Los expertos recomiendan emplear un lubricante de base acuosa. Descartada la vaselina (base oleosa), vale la crema de manos, pero lo mejor es acudir a un sex shop o una farmacia y hacerse con un lubricante específico.
Si el encuentro implica penetración, no precisamente con el dedo, sino con un vibrador o directamente con el pene, el condón es el mejor amigo de nuestro culo. Evitará el contagio de ETS o de infecciones no deseadas que pueda acarrear el contacto con la parte innoble (no me pregunten por qué) del ser humano. Cuidado con cambiar siempre la funda de la pistola antes de cambiar de orificio o no habrá valido para nada nuestro espíritu preventivo. Si el deseo impulsa a un beso negro, pero el contacto directo con el ojo ciego echa para atrás, se puede emplear un guante de plástico. Casi no se notará la diferencia.
La S de suave podría acompañarse con la D de delicadeza o con la R de respeto. Son claves en cualquier relación sexual, que adquieren más importancia en el caso del sexo anal. No en vano, hablamos de una práctica tan antigua como tachada antinatura desde tiempo inmemorial. Si a tu pareja le da reparos y tú insistes en probar, dale tiempo y demuéstrale que estás dispuesto a hacerlo poniendo todos tus sentidos. Los entendidos en materia lo dejan bastante claro: Nunca pidas nada que no estés dispuesto a dar. Si pides que te pongan el culo, prepárate para ponerlo tú llegado el caso. Aquí no vale entrar a la habitación gritando: “¡Me pido ser activo para sieeempreee!”. Como hemos dicho, y esto va dirigido especialmente para los lectores más prejuiciosos, ser gay no depende de si te va o no que te hagan cositas en el culete. Si Dios escondió precisamente ahí tu punto G (de este tema ya hablaremos otro día), por algo será. En el sexo todo vale. El límite lo pones tú y quien o quienes se pongan en faena contigo.
Ah, se me olvidaba. El sexo anal no es en ningún caso garantía contra el embarazo si no hay preservativo de por medio. El semen puede caer hacia la vagina y acabar liberando espermatozoides deseperados por pillar un óvulo en la cajita de Pandora.