Thursday, May 12, 2005

Sex is in the arse


¿Cuál es la mejor manera de empezar a hablar de sexo anal, así, sin precalentamiento? A decir verdad, no tengo ni idea. Lo único que se me ocurre es hacerlo por el principio, es decir, aclarando algo fundamental: la puerta de atrás no es exclusiva de los gays. Muchos la reivindican como patrimonio de la humanidad auque la UNESCO no acaba de decidirse. Por eso, ya lo dijo alguien antes que yo: “Los que practican el sexo anal tienen tantas posibilidades de acabar siendo gays como los que tienen por costumbre comer caña de lomo por Navidad”.
Todos tenemos, ya sea más feo o más bonito, un ojete cuyo uso podemos limitar a su función orgánica elemental o traspasar la frontera y buscar el más allá. Aunque tu tercer ojo no te permitirá ver la última película de Woody Allen, porque es ciego, está garantizado que si te lo propones, te permitirá ver el cielo, o las estrellas, si te empeñas en no seguir una serie de consejos ineludibles.
Para el personal virgen (en lo que al ano se refiere) los expertos recomiendan iniciarse en la intimidad. Lo mejor es hacer ejercicios digitales diarios en la ducha para ir abriendo boca, en este caso, culo. Se trata de introducir, como quien no quiere la cosa, el dedo en el ojal y dibujar circulitos con la esperanza de que el dedo vaya quedando holguerito y acabe pidiendo más y más. En algunos casos, estos ejercicios no son suficientes y es necesario probar con un encantador juguete bautizado como dilatador anal (por ejemplo, the swell guy) con o sin vibrador. Lo mejor es empezar con uno pequeño y blandito. Está pensado para quedar encajado en el cerete mientras tú te entretienes haciendo la colada o preparando los macarrones para el almuerzo. Si vamos a hablar del tema a las claras, conviene borrar de las mentes más retorcidas la idea de que el sexo anal puede provocar a la larga incontinencia fecal. Nada más lejos de la realidad, precisamente las contracciones que se provocan durante el acto fortalecen los esfínteres y facilitan el autocontrol de los mismos.
Si imaginamos el encuentro sexual como un partido de béisbol con animadoras, éstas gritarían alrededor del campo: dame una H (de higiene), dame un L (de lubricante), dame una C (de condón) y dame un S (de suaaaveee). Ninguna de estas letras debe faltar a la hora de enfrascarse en jueguecitos sexuales con el pompis ajenos. Fundamental es empezar el tema con agua y jabón abundantes, sobre todo, si los preliminares incluyen un beso negro (o lametón prolongado en el culo del compañero/a). Si es posible, no está de más evacuar antes de nada, para evitar imprevistos de última hora. El lubricante es otro clásico que algunos parecen olvidar, pero que es absolutamente imprescindible si la idea es que la experiencia resulte placentera. Los expertos recomiendan emplear un lubricante de base acuosa. Descartada la vaselina (base oleosa), vale la crema de manos, pero lo mejor es acudir a un sex shop o una farmacia y hacerse con un lubricante específico.
Si el encuentro implica penetración, no precisamente con el dedo, sino con un vibrador o directamente con el pene, el condón es el mejor amigo de nuestro culo. Evitará el contagio de ETS o de infecciones no deseadas que pueda acarrear el contacto con la parte innoble (no me pregunten por qué) del ser humano. Cuidado con cambiar siempre la funda de la pistola antes de cambiar de orificio o no habrá valido para nada nuestro espíritu preventivo. Si el deseo impulsa a un beso negro, pero el contacto directo con el ojo ciego echa para atrás, se puede emplear un guante de plástico. Casi no se notará la diferencia.
La S de suave podría acompañarse con la D de delicadeza o con la R de respeto. Son claves en cualquier relación sexual, que adquieren más importancia en el caso del sexo anal. No en vano, hablamos de una práctica tan antigua como tachada antinatura desde tiempo inmemorial. Si a tu pareja le da reparos y tú insistes en probar, dale tiempo y demuéstrale que estás dispuesto a hacerlo poniendo todos tus sentidos. Los entendidos en materia lo dejan bastante claro: Nunca pidas nada que no estés dispuesto a dar. Si pides que te pongan el culo, prepárate para ponerlo tú llegado el caso. Aquí no vale entrar a la habitación gritando: “¡Me pido ser activo para sieeempreee!”. Como hemos dicho, y esto va dirigido especialmente para los lectores más prejuiciosos, ser gay no depende de si te va o no que te hagan cositas en el culete. Si Dios escondió precisamente ahí tu punto G (de este tema ya hablaremos otro día), por algo será. En el sexo todo vale. El límite lo pones tú y quien o quienes se pongan en faena contigo.
Ah, se me olvidaba. El sexo anal no es en ningún caso garantía contra el embarazo si no hay preservativo de por medio. El semen puede caer hacia la vagina y acabar liberando espermatozoides deseperados por pillar un óvulo en la cajita de Pandora.

1 comment:

La menda lerenda said...

Texto pendiente de publicación en la Revista 40. El primer intento fue fallido porque los altos jerifaltes se escandalizaron del tema. Todo se andará.