Hoy me he traído al trabajo una tableta de turrón del duro. Me lo he echado en el bolso porque no sé qué pasa, pero como no sea en momentos de hambruna desesperante nadie quiere hincarle el diente a esta modalidad navideña y me da una pena tirarlo... Y además, a última hora de la tarde, a mí me entra una gusa en el estómago... Así que aquí estoy, dale que te pego a la almendra y pensando en lo du_ra que es la vida. Casi tanto como el turrón. Bueno, en realidad, tampoco es para tanto. El otro día me di cuenta de que la mayoría de los problemas han sido inventados por técnicos del lenguaje. Por ejemplo, en la época de mi abuela las mujeres se levantaban a las siete de la mañana, cuidaban de un montón de churumbeles y preparaban comida sin la mitad de los ingredientes de la receta mientras sobrevivían a una guerra, pero no tenían estrés ni ansiedad. Y ¿por qué no? Pues porque no existía la palabra estrés. Ellas se agobiaban, iban corre que te pillo, pero no padecían esa horrible enfermedad crónica que además es incurable. En esa época, los niños iban al colegio, se pegaban, se tiraban de los pelos, se molían a palos, llegaban a casa con un ojo morado, pero no eran víctimas de acoso escolar. ¿Por qué? Porque el bullying no existía. Solo había niños traviesos alias monstruos cuellicortos, no acosadores. Y por tanto, tampoco había conciencia del acoso. En la misma línea, piensen en el síndrome postvacacional. Toda la vida la gente se ha ido de vacaciones y nadie ha sufrido después esa cosa de tan largo nombre. Por todo ello, desde aquí reivindico que los inventores de problemas se tomen un ansiolítico y unas laaaargas vacaciones para que dejen de agobiarnos con problemas que, de no habernos chivateado ellos el nombre, no serían problemas.
Friday, January 12, 2007
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