Me estoy haciendo mayor. Lo sé porque me lo dijo el otro día una amiga. Cuando la oí soltarme aquello a bocajarro, he de reconocer que me dio un poco de coraje. ¿Cómo se atreve?, pensé. Supongo que todo el mundo piensa que, aunque cumpla años, nadie se da cuenta y espera que si alguien lo nota tenga la prudencia de callarse. El caso es que mi amiga tiene razón. Ya no soy apta para el carnet joven ni puedo obtener descuentos juveniles en el cine o el teatro. He superado la barrera de los treinta y avanzo lentamente hacia la de los cuarenta. Pero tampoco está tan mal esto de hacerse mayor. Y es que, visto con perspectiva, lo de ser joven es una paliza. Tanto o más que intentar vender que uno es un chavalito más allá de cierta edad. Como cuando, en la prensa, hablamos de creadores, artistas o poetas jóvenes de, al menos, treintaytantos. No sé qué interés general obliga a todo el mundo a creerse joven en contra de la propia evidencia. Ese síndrome Peter Pan del personal me pone nerviosa. ¿Acaso no se dan cuenta de que ser joven es una cosa muy estresante? Y si no, quien pueda, que recuerde ese momento en que se enfrentó a su primer empleo (o la primera beca), la tensión del primer beso o las primeras calabazas. Revivan ustedes el agobio de esperar las notas en la facultad o el instituto, la trascendencia monumental de un simple cambio de peinado, el grano inesperado que sale el día de la fiesta de fin de curso y la tragedia de no encontrar un traje digno para fin de año. Todo eso, visto desde lejos, adquiere un cariz anecdótico que solo es posible cuando uno asume que se hace mayor, que madura, como la fruta. Al fin y al cabo, como dice mi abuela, cumplir años no es más que la demostración de que uno está vivo. Y vivir mola. ¿O no?
Monday, March 12, 2007
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