No sé si se han fijado, pero desde que se produjo el derrumbamiento en Santa Marina nadie habla del aeropuerto. Ni del aeropuerto, ni del referéndum ni de esas cosas con las que a diario desayunamos, almorzamos o cenamos y cuya trascendencia real dista mucho de ser trascendente. Lo importante, sin embargo, se nos escapa entre los dedos, y no hablo solo de políticos o periodistas, sino del común de los mortales. Anestesiados estamos todos y nos cuesta emocionarnos con lo que pasa alrededor, no tenemos entrenada la empatía. La prensa, la radio o la televisión son solo el reflejo de la sociedad en que vivimos. Hace tiempo que las tragedias cercanas, ésas cuyas víctimas tienen nombre y apellido conocidos, son las únicas que remueven sensibilidades. Dos muertos en Irak o 200 víctimas de un terremoto en la India son un simple dato tan impersonal que, por más que deseemos que nos afecte, nos deja indiferentes. Desoladora evidencia que he oído comentar mil veces. Cuando un suceso como el desplome del miércoles acontece en una ciudad como la nuestra algo se mueve. Todo el mundo intenta poner cara al que murió, saber qué hacía, conocer detalles de su familia, averiguar si alguna vez se cruzó por nuestro camino o compartió mesa cercana en algún restaurante. "Claro que la conoces, es la mujer rubia y bajita tan graciosa...". "Ah, claro, ya me acuerdo". Es un intento desesperado por resucitar, no el morbo, como piensan muchos, sino el pellizco de dolor que nos estremezca y nos recuerde que somos seres humanos y que estamos vivos. Al fin y al cabo, todos confiamos en que alguien se acuerde de nosotros cuando hayamos muerto, que nos llore. Un segundo, al menos, antes de que el aeropuerto vuelva a ser tema de conversación.
Monday, March 12, 2007
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