
Hace un mes y medio, después de haberme resistido durante años a la invasión de las nuevas tecnologías en casa, llamé a Telefónica y pedí un completo de los que te incluyen adsl, televisión y teléfono (llamadas nacionales) por una cantidad irrisoria. Bueno, lo de irrisorio es un decir. Dijeron que pagaría unos 40 euros al mes (los 3 primeros meses) y asentí porque no había nada más barato. El tiempo que estoy en mi pisito es tan escaso que, de antemano, sabía que no iba a amortizar. Hoy he recibido la primera factura y, en números gigantes, aparece la cantidad de 217 euros a pagar. El recibo salió de mi buzón esta mañana, lo abrí en el coche y el shock fue tal que tuve que parar en la primera cabina para informar de que se había producido un grave error, un malentendido. Al otro lado de la línea, una voz me aclaró que todo estaba en orden. “Señora, la oferta son 40 euros, a lo que hay que sumar 86 por instalación de línea (que me dijeron que era gratis), 34 por instalar el aparatito de la tele (tampoco nadie me dijo que aquello costara dinero), 13 euros por alquiler de línea (que al precio que pago ni siquiera es mía) y que se multiplica por tres porque se cobra un mes por adelantado, ah, y 2 euros por unas llamadas que hice a un 902 porque la línea se estropeó un par de veces. Todo esto, con la cantidad de IVA correspondiente según ley y bla, bla.. suman 217 euros. Si hubiera tenido una cámara en el bolso, me habría hecho una foto para enseñar al mundo cómo se te queda la cara cuando te timan con tanto estilo. Como mi solicitud fue por teléfono, no tengo contrato, así que he hecho una queja formal, que es lo único que me queda y aquí estoy, esperando un milagro. Eso le pongo un pleito que podría acabar costándome a mí el dinero. A fin de cuentas, para los grandes depredadores, la gente normal no somos consumidores con derechos sino presas a las que chupar la sangre. Lamentable, simplemente, lamentable.
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