
Hay momentos en la vida en que hacemos cosas que, en nuestro sano juicio, no tienen explicación porque, según cómo se miren, son absurdas. El otro día, caminando a paso ligero por la Mezquita, una gitana me cogió la mano y empezó a leerla en voz alta. Yo, que acababa de rechazar el ramito de romero y negado con la cabeza, como hago siempre cuando paso por ahí (y paso diariamente dos o tres veces), sufrí un shock al escuchar, sorprendida, cómo aquella mujer hacía un resumen de mi personalidad y, como guinda, me dibujaba un futuro a medida de mi capricho. Supersticiosa y tonta como sólo algunos podemos serlo, le solté diez eurazos por una tarea que a ella le llevó tres minutos y a mí un día de dolor de estómago. Sucumbí al efecto de la pitonisa en un momento de debilidad que, probablemente, leyó en mi cara y asumí que el dinero no es importante si se da “con agrado”, solicitud que ella me hizo antes de tomar el billete. “Tiene que ser dinero en papel, diez euros mínimo o te dará MALA SUERTE”, dijo. Aquella mujer había pronunciado las palabras mágicas para que la caja registradora abriera la boca y pillara un buen bocado, yo. Tanto poder tiene a veces la sugestión que en semejantes circunstancias uno no tiene escapatoria. Mi particular vidente me advirtió que no debía contar a nadie sus predicciones y desde entonces ando con la lengua cosida al gaznate. Pero, llegados a este punto, hoy me pregunto: si pasado un tiempo razonable, el destino que ella me auguró no se cumple, ¿tengo derecho a protestar? Algo me dice que en este servicio no hay hoja de reclamaciones. Qué injusticia. Por si acaso, yo “me he quedado con su cara”.
2 comments:
Bonita historia. Ahora que ha pasado un tiempo: ¿como van las predicciones?
Acabo de descubrirlo y me está gustando mucho tu blog. No dejes de escribir.
Tengo que decir que lo que me auguró se cumplió. Tardó algo más de medio año, pero llegó.
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