Saturday, June 24, 2006

Las cucarachas y el amor

Abrir los ojos a la mañana y encontrarse con una cucaracha americana (rubia), gigante y voladora pisoteando por entre las cuatro paredes que conforman tu hogar es una de las visiones más espeluznantes que se me ocurren. Miles de películas de terror deben haberse ambientado en esa imagen y si no, es que los directores de cine no saben lo que realmente da miedo a los seres humanos. Lo sé porque lo tengo muy reciente. Me pasó justo ayer. Dormía plácidamente en mi cama. A eso de las siete de la mañana, abrí los ojos y me di de bruces con el animal. Ese horrible bicho campaba a sus anchas por mi apartamento. Cuando una vive sola, la experiencia terrorífica es aún más macabra y si te pilla con la regla y con las hormonas revueltas, la cosa se vuelve indescriptible. Chillar no es suficiente entonces. Es como que no sabes muy bien qué hacer para desahogarte. Antes que el bote de Cucal, cogí el teléfono y llamé a mi madre. Una madre es muy socorrida en estas circunstancias. Ellas siempre saben lo que hacer. Muy valiente, desde el otro lado del cable, no hacía más que repetir que la matara sin más. No era consciente del temblor de piernas que se cernía sobre mí. Entre gritos histéricos, conseguí mi objetivo aunque casi me asfixio en el intento. Se me ponen los vellos de punta solo de imaginar que ese animal infesto pusiera sus patas sobre mi piel. Agggg. No puedo, no puedo. En mi opinión, el miedo que despiertan las cucarachas solo es comparable al que provoca el amor entre las almas sensibles, las mismas que se dejan atemorizar por ese tipo de insectos, o sea, todas. El mismo sudor frío, el mismo no saber qué hacer, la misma cara de idiota, las mismas ganas de que acabe el sufrimiento, la misma desesperación y el mismo horror a cada intento fallido de que pase lo que tú quieres sin éxito (unas veces, que se muera y otras…). Lo malo es que las cucarachas, como decía el anuncio, nacen, crecen, se reproducen y con un spray se mueren. Lo otro no. Hay que aguantarse o esperar a que el bicho se muera solo. No basta con pisarlo con una zapatilla. Qué coraje, no?

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