Friday, December 22, 2006

El día del bombo


El otro día discutí con mi pareja sobre la lotería. Uy, eso de "mi pareja" me ha sonado tan frío, pero es que el español es cojo en vocabulario sentimental. De los novios, ese estado en que dos que se quieren (tocar, jeje) se ven por las noches para tomar una copa o ir al cine, pasa al amante o al marido, sin escalones, a excepción de ese horrible palabro que vale para todo lo que se cuenta en pares: pareja. Si no hay firma de por medio, dos que viven juntos ¿qué son, amantes Por ejemplo: El otro día discutí con mi amante de la lotería. Me juego la cabeza a que han visualizado --no mientan-- dos cuerpos desnudos sobre sábanas de raso que se citan fortuitamente para mantener relaciones exentas de todo romanticismo. Nada que ver con la realidad. Por otro lado, al casarse, los novios pasan a ser esposos, o marido y mujer. Esa es otra. ¿Por qué yo me llevo un marido o un esposo, que suena a yugo, y ellos a una mujer Si me casara, ¡querría a mi hombre! En fin, que las parejas de ilegales, quizás la mayoría, carecemos de un nombre social que defina nuestra situación y eso resulta, además de discriminatorio, frustrante. Siempre me lío. Yo hablaba de la lotería, ¿no Pues eso, que a cuenta de imaginar, mi amante y yo, que somos una pareja, discutimos sobre la posibilidad de que nos tocara la lotería. Él se conforma con 100 millones, yo con 40 (no es que yo sea más generosa, es que tengo mentalidad de pobre). Después de horas de conversación sobre las ventajas e inconvenientes de ser millonarios y sobre lo que haríamos si nos cayeran miles de euros del cielo, llegamos a la conclusión de que discutir por el dinero de la lotería antes de que te toque es perder el tiempo. Total, le va a caer a los otros, y ellos, como en la peli de Amenábar, siempre acaban volviéndose invisibles.

Friday, December 08, 2006

Ahorrar, tremenda quimera

No sé qué me pasa que por más que lo intento no consigo ahorrar. Debe ser que ese valor, tan predicado por los directores de cajas y bancos, es una práctica no apta para el común de los mortales sino para seres sobrenaturales que tienen la mente tan fría que son capaces de resistir toda tentación material y además calcular los imprevistos de la vida diaria sin que éstos les descabalguen el presupuesto a la primera de cambio. O eso, o son millonarios. O todo el mundo miente y, aunque en realidad tiene la loseta llena de billetes, finge estar tieso. Porque estos días no se habla de otra cosa. Imagino que mientras unos pocos, que nadie sabe dónde están ni quiénes son, concentran en sus manos todos esos miles de billetes de 500 que dicen que pululan por España, el resto nos pasamos la vida haciendo números para concluir siempre a fin de mes con que no nos queda ni un duro (perdón por el anacronismo) para engordar al cerdito de barro. Eso si no llegamos al día 30 con la cuenta a menos cuatro. Je, je. En esos momentos, piensas "¿cómo lo harán los demás?". Y, al minuto siguiente, llama el cartero (dos veces) y entiendes que lo hacen igual que tú, a base de recibos (el coche, el teléfono, el gas, la hipoteca, la letra del centro comercial, la multa del Ayuntamiento, la VISA, la otra multa, el móvil... y todo lo demás). Y gritas: "¡maldita esclavitud!"; o te consuelas: "tranquila, ahora viene la paga de Navidad y te pones al día". Pero sabes que eso es mentira, que la paga de Navidad está caput antes de que ingrese en tu cuenta, y sueñas que ojalá tus hijos no creyeran en los Reyes ni en Papá Noel y que se avecina una empinaaaada cuesta de enero. Y lo peor, que por mucho que ganes, más dinero gastarás. Así que sacas 30 euros con la VISA y los dilapidas en lotería. Total...

Adiós, bogavante, adiós


No sé si un bogavante se merece una columna de opinión, pero como la decisión depende de mí, voy a inventarme que se la merece. Y si me equivoco, pues manden una carta de opinión o algo.
Lo habrán leído en los periódicos o, en el peor de los casos, visto en televisión (digo en el peor por puro egoísmo. Si a ustedes les da por dejar de leer estas páginas, a ver de qué voy a vivir yo). Al lío, hablaba de la espectacular noticia sobre un bogavante, holandés y gigante (¡de nueve kilos!), que ha llegado a Benalmádena donado por un restaurante del país flamenco (allí no saben tocar las palmas, pero son más flamencos-) que era incapaz de deshacerse de semejante monstruo marino. Al parecer, el dueño, que le había cogido un cariño al animal de mírame y no me toques, no ha tenido más remedio que perderle la pista a su colega y enviarlo a un parque submarino. No teman, allí le han cogido tanto cariño que nada más llegar lo han bautizado como Tijeritas, no solo por su origen flamenco sino porque tiene unas garras de 30 centímetros er gashí . Llámenme sentimental, pero a mí esta historia me ha despertado el espíritu navideño más que un kilo de turrón. ¡Cómo somos los seres humanos! Y es que he imaginado a ese pobre hombre mirando a los ojos a su bogavante-amigo después de cuatro años sin poder vender al bicho porque valía un ojo de la cara y casi se me escapa un lagrimón. Lo peor fue visualizar esa despedida hombre-bogavante en la que el humano despide al marisco deseándole un futuro mejor. Igualito que cuando veo a padres abnegados en un aeropuerto diciendo adiós a sus hijos antes de partir a Londres para que aprendan inglés. Solo deseo que en el parque ese lo traten bien. Y que cunda el ejemplo de amor a los animales, ¿que no?.

Las pelusas


Tengo miedo. Mi casa ha sido invadida sin remedio y no sé qué hacer para librarme del enemigo, las pelusas. No, medusas no, que no vivo yo a la orilla del mar, me han invadido las pelusas. Igual piensan que soy una exagerada y que no es para tanto, pero se equivocan. Es para tanto y para más. El día entero me paso persiguiendo con la escoba a esas esquivas y sibilinas masas de pelo informe que son capaces de esconderse en los sitios más insospechados para aparecer justo cuando menos te lo esperas con el único objetivo de hacerte quedar fatal, es decir, cada vez que viene alguien de visita. En esos momentos, cuando mejor quieres quedar, al menos una de ellas siempre tiene que hacer acto de aparición y delatar que, cual cabeza de niño con piojos, tu casa está infectada. Mi madre, consciente de mi delirio, me ha comprado una mopa. Con ella, sólo he conseguido una mopa (que no tenía) llena de pelusas y nuevas pelusas voladoras. Como las cucarachas, las pelusas nacen, crecen, se reproducen y aunque las mates y te rías de ellas, vuelven. Desde que empezó la temporada de la manta, he observado el mecanismo reproductor de las pelusas con detenimiento y puedo afirmar que el mejor caldo de cultivo pelusero se sitúa bajo las camas. No pregunten porqué, pero es así. Mi obsesión contra estos bichos inertes es tal que el otro día me desperté empapada en sudor de una pesadilla en la que una pelusa gigante me devoraba a mordiscos. En mi trance, parece que sólo algunas mujeres (no todas y casi ningún hombre) son capaces de confesar que me entienden. El resto, ignorante de la plaga o temerosos de confesar su vergüenza, aseguran que sus casas están libres de pelusas. Mi único alivio es ir de visita a casa de alguien y comprobar, de soslayo, que la pelusa delatora también viene a saludarme. Ya lo dice el refrán. Mal de muchos…