Friday, December 08, 2006

Las pelusas


Tengo miedo. Mi casa ha sido invadida sin remedio y no sé qué hacer para librarme del enemigo, las pelusas. No, medusas no, que no vivo yo a la orilla del mar, me han invadido las pelusas. Igual piensan que soy una exagerada y que no es para tanto, pero se equivocan. Es para tanto y para más. El día entero me paso persiguiendo con la escoba a esas esquivas y sibilinas masas de pelo informe que son capaces de esconderse en los sitios más insospechados para aparecer justo cuando menos te lo esperas con el único objetivo de hacerte quedar fatal, es decir, cada vez que viene alguien de visita. En esos momentos, cuando mejor quieres quedar, al menos una de ellas siempre tiene que hacer acto de aparición y delatar que, cual cabeza de niño con piojos, tu casa está infectada. Mi madre, consciente de mi delirio, me ha comprado una mopa. Con ella, sólo he conseguido una mopa (que no tenía) llena de pelusas y nuevas pelusas voladoras. Como las cucarachas, las pelusas nacen, crecen, se reproducen y aunque las mates y te rías de ellas, vuelven. Desde que empezó la temporada de la manta, he observado el mecanismo reproductor de las pelusas con detenimiento y puedo afirmar que el mejor caldo de cultivo pelusero se sitúa bajo las camas. No pregunten porqué, pero es así. Mi obsesión contra estos bichos inertes es tal que el otro día me desperté empapada en sudor de una pesadilla en la que una pelusa gigante me devoraba a mordiscos. En mi trance, parece que sólo algunas mujeres (no todas y casi ningún hombre) son capaces de confesar que me entienden. El resto, ignorante de la plaga o temerosos de confesar su vergüenza, aseguran que sus casas están libres de pelusas. Mi único alivio es ir de visita a casa de alguien y comprobar, de soslayo, que la pelusa delatora también viene a saludarme. Ya lo dice el refrán. Mal de muchos…

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