Friday, December 08, 2006

Adiós, bogavante, adiós


No sé si un bogavante se merece una columna de opinión, pero como la decisión depende de mí, voy a inventarme que se la merece. Y si me equivoco, pues manden una carta de opinión o algo.
Lo habrán leído en los periódicos o, en el peor de los casos, visto en televisión (digo en el peor por puro egoísmo. Si a ustedes les da por dejar de leer estas páginas, a ver de qué voy a vivir yo). Al lío, hablaba de la espectacular noticia sobre un bogavante, holandés y gigante (¡de nueve kilos!), que ha llegado a Benalmádena donado por un restaurante del país flamenco (allí no saben tocar las palmas, pero son más flamencos-) que era incapaz de deshacerse de semejante monstruo marino. Al parecer, el dueño, que le había cogido un cariño al animal de mírame y no me toques, no ha tenido más remedio que perderle la pista a su colega y enviarlo a un parque submarino. No teman, allí le han cogido tanto cariño que nada más llegar lo han bautizado como Tijeritas, no solo por su origen flamenco sino porque tiene unas garras de 30 centímetros er gashí . Llámenme sentimental, pero a mí esta historia me ha despertado el espíritu navideño más que un kilo de turrón. ¡Cómo somos los seres humanos! Y es que he imaginado a ese pobre hombre mirando a los ojos a su bogavante-amigo después de cuatro años sin poder vender al bicho porque valía un ojo de la cara y casi se me escapa un lagrimón. Lo peor fue visualizar esa despedida hombre-bogavante en la que el humano despide al marisco deseándole un futuro mejor. Igualito que cuando veo a padres abnegados en un aeropuerto diciendo adiós a sus hijos antes de partir a Londres para que aprendan inglés. Solo deseo que en el parque ese lo traten bien. Y que cunda el ejemplo de amor a los animales, ¿que no?.

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