Tuesday, June 10, 2008

Psicosis

Dios quiera que no haya nunca escasez de comida porque acabaríamos¶sacándonos los ojos para conseguir un paquete de garbanzos". Le salió del alma, sin pensar. Aquella mujer superviviente de la Guerra Civil escuchaba las noticias con atención, en las que se relataba cómo una huelga de transportistas estaba provocando en la población una especie de psicosis general que estaba dejando las estanterías de los supermercados vacías. Según el presentador del telediario local, que se limitaba a describir la realidad de las calles, quedaban "víveres" (lo descabellado de la situación inducía a utilizar un vocabulario proapocalíptico) para tres días, el combustible escaseaba y las frutas y verduras empezaban a ser artículo de lujo. Cientos de personas se habían atrincherado tras sus frigoríficos, rodeados por montañas de patatas, lechugas frescas y pimientos, esperando el desenlace. El Gobierno lanzaba mensajes confusos mientras la población, desacostumbrada a la crisis y mucho menos a pasar penurias, se convencía de que lo peor estaba por llegar. Las abuelas recordaban a sus nietos los días de "las hambres" mientras en las cocinas de las casas se imponía el racionamiento. En las últimas gasolineras abiertas, largas hileras de coches hacían cola para rellenar vidones del derivado del petróleo, en previsión de que pronto se creara un mercado negro con el que abastecer a los de sesperados. En pleno mes de junio, el sol se había ocultado, los restaurantes mostraban el cartel de "agotadas existencias" y los bares hacían su agosto con los partidos de Eurocopa restransmitidos en pantallas de plasma. La cerveza había multiplicado su precio por tres y los psicólogos se habían vuelto locos. Entonces, sonó el despertador y resultó que aquello no era un sueño.

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