Miss X creyó encontrar al hombre de su vida hace años. Se llamaba Ramón y era alto, fuerte y culto. No tenía pelos en la espalda, poquitos en el pecho y siempre la hacía reír. Era mayor que ella, más de lo que él quiso confesar nunca. Le dijo que se dedicaba a componer canciones macarras y sólo con mostrar sus dientes de color marfil a ella le parecía un hombre perfecto. Destilaba simpatía por los cuatro costados y se adivinaba en sus gestos que nunca le habían faltado mujeres a las que conquistar. Pero tenía una manía. Le gustaba desaparecer de vez en cuando. Él tenía pánico a ser previsible –decía--. Sin venir a cuento, cuando todo parecía de color de rosa, su móvil se desconectaba y era imposible encontrarlo en la faz de la tierra. Nunca esta oculto más de tres días. Después, solía aparecer con la mejor las excusas y la convencía rápido de que no había motivos para que ella se enfadara. Miss X sufría, pero estaba enamorada hasta los huesos. Después de unos meses de relación fatal, en los que se comían a besos por las esquinas, sin tiempo apenas para algo más que aprovechas los minutos como si fueran años luz, Miss X se quedó embarazada sin querer.
Lloró por las mismas esquinas por donde antes le había besado, desesperada al imaginar la imprevisible reacción de Ramón, del que intuía que le ocultaba algún secreto inconfesable. Cuando se lo dijo, él no supo qué decir. Se quedó mirándola a los ojos como si le hubieran clavado un puñal en el alma. Ella le tapó la boca, pero, ansiosa por saber lo que él pensaba, le dijo que hablara de una vez. Y él habló. Habló y lloró más de lo que nunca antes hubiera llorado. Cobarde. Tiritaba tanto que no era capaz de articular palabra. Ramón estaba casado. No quería ser padre porque ya tenía hijos de un amor oxidado con su mujer y sólo acertó a decir: lo siento. Ella dio a luz a un bebé precioso que él nunca pudo ver. Para Miss X, Ramón había muerto.
Lloró por las mismas esquinas por donde antes le había besado, desesperada al imaginar la imprevisible reacción de Ramón, del que intuía que le ocultaba algún secreto inconfesable. Cuando se lo dijo, él no supo qué decir. Se quedó mirándola a los ojos como si le hubieran clavado un puñal en el alma. Ella le tapó la boca, pero, ansiosa por saber lo que él pensaba, le dijo que hablara de una vez. Y él habló. Habló y lloró más de lo que nunca antes hubiera llorado. Cobarde. Tiritaba tanto que no era capaz de articular palabra. Ramón estaba casado. No quería ser padre porque ya tenía hijos de un amor oxidado con su mujer y sólo acertó a decir: lo siento. Ella dio a luz a un bebé precioso que él nunca pudo ver. Para Miss X, Ramón había muerto.
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