Monday, October 24, 2005

¿Quién dijo miedo?


Esto no hay quién lo aguante. El caos se ha apoderado de nuestras vidas. Por si fuera poco vivir con el miedo a la amenaza terrorista, ahora hay que relajarse en un mundo atacado por catástrofes naturales que cada vez estallan más cerca, oigo voces que me hablan de la sequía, "sin pre-ce-den-tes", del cambio climático que achicharra el planeta. Intento conciliar el sueño sabiendo que hay un pollo resfriado suelto que quiere contagiarme con sus virus, hago como que no pasa nada cuando leo el periódico (a los periodistas no nos queda otra que leerlo) y veo que la gente está loca y andan los hijos matando a los padres, los ancianos abusando de las niñas y los maridos apaleando a las esposas y viceversa, sonrío mientras espero a mis sobrinos, que según las estadísticas, acabarán siendo drogadictos, ludópatas o concursantes de Gran Hermano, a la puerta del cole sabiendo que es posible que un acosador infantil les aceche y finjo que todo va bien. Pero es ¡mentira! Soy una falsa y creo que hasta huelo mal de lo cagaíta que voy por la vida. Vamos, que yo ya sólo me relajo cuando suena aquello de "¿quién es ese hombre?... Sí, yo también soy adicta a pasión de gavilanes, porque el mundo me ha hecho así. Gracias que ellos existen y son el consuelo nuestro de cada día, la excusa para la evasión. Y eso que a mí sólo me da tiempo a escuchar la musiquilla y salir corriendo al trabajo. También es mala suerte la mía. Pero resisto estoicamente de martes a jueves porque sé que Buenafuente me espera cuando llego a casa. Los demás días, lo paso peor. Quién me iba a decir que acabaría siendo adicta a Antena 3. A lo que iba. Antes del 2000, el problema era que pronto se iba a acabar el mundo y nos íbamos a ir todos al otro barrio, pero desde que el 2000 pasó y el mundo siguió, lo que de verdad asusta es pensar que el único barrio que tenemos es éste y que el mundo, como dicen los Aslándticos, está fatal de los nervios.

Thursday, October 20, 2005

La Teri


Tengo una amiga en Madrid, se llama Silvia aunque un grupo de gente la llamamos Teri por lo histérica que era cuando entró como un huracán en nuestras vidas. Vivíamos en Londres en aquella época un montón de españoles recién llegados de los más diversos puntos de la península intentando llevarnos lo mejor posible. En la misma casa, enorme, con jardín y hasta estanque con nenúfares, vivíamos María José y yo, que ejercíamos de madres de la gran familia; Pedro y Martín, una pareja gay que ejercían como padre e hijo pequeño del gremio; estaba José David, el hombre obsesionado por la vida en pareja; Edu, un onubense buena gente rey del despiste; vivían también a ratos dos amigas de Pedro; Quique; Isra, el contacto de la Teri también conocido como rey pasmado y Nora, amiga de Quique y enemiga de todos los demás. Éstos son los nombres que me vienen a la cabeza al pensar en aquella casa, pero el paisaje estaba compuesto por muchos más personajes como el holandés, María la que se llevó las fotos y nunca más se supo o Alberto y Roberto que coincidieron en el tiempo con la aparición repentina de Silvia, la de Madrid.
La Teri, como no podía ser menos, apareció acompañada de otra persona, Bea. En Londres, nadie llegaba a una casa "okupa", aunque no fuera okupa como en este caso, sin traer a alguien más. Es como una tradición que abre las relaciones interpersonales en forma de una gran cadena. El caso es que un día llamó desde España y anunció que venía a Londres a vivir y que su amigo Isra le había dicho que podía quedarse en nuestra casa. Pedro contestó al teléfono y, al colgar, sólo pudo decir. ¡Esta tía es una histérica, yo no la quiero aquí!. Hablaba el sumum de la tranquilidad, don Pedro, ese adorable niño cuarentón, calvo, guapísimo y enamorado de las latas de Stella. Pedro estaba (no sé si sigue estando porque hace tiempo que le perdí de vista) loco, terriblemente loco, pero nos daba igual. En aquella casa de Ivydale road todo el mundo estaba loco. Como no podía ser menos, Teri y Pedro acabaron siendo una pareja que igual se querían que se odiaban a muerte. A la energía desbordante de la Teri la contrarrestaba su compañera, Bea, una chica dulce y silenciosa que hablaba poco pero comunicaba mucho. Silvia era la bullanguera, la petarda, la que tenía que ordenar, organizar, animar, festejar todo. La Teri es un poco como yo, pero cada una en su estilo. Es del tipo mandón dulce y le encanta ser el centro de atención. Es una tía adorable, una secretaria con deformación profesional que siempre que viajas te organiza la llegada de tu vuelo, la salida de tu AVE o la entrada de tu coche en el garage correspondiente. Ella es la más resuelta y la más eficiente. Si necesitara una secretaria, seguro que apostaría por la Teri. Nunca se le escapa un detalle. El caso es que un día apareció en Londres con su maletón y Bea, nuestra amiga Beatriz que, por cierto, se casa muy pronto, y se instaló en nuestras vidas y en nuestros corazoncitos.
Hace tiempo que casi todos dejamos la ciudad del Big Ben y volvimos cada mochuelo a nuestro olivo. El único que resistió a la vorágine del regreso fue Martín, que vive enamorado de un nuevo amor, Steve el galés, en una nueva Londres orientada hacia el sur. Nuestro grupo siempre fue del sur, de la parte menos noble pero más divertida de Londres. El sur siempre es lo mejor, en todas partes del mundo, en las ciudades, en los pueblos. O puede que lo diga yo porque soy del sur de España y viví siempre en el Sector Sur de mi ciudad. La Teri, como digo, sucumbió a la ola del retorno y abandonó el país cuando se cansó de hacer camas en Onealdwych hotel. De allí salió a la vez Bea. Dejaron las dos un buen día la casa de Nunhead y se la pasaron en herencia a la por entonces todavía bien avenida parejita gay de la que ya he hablado. Allí quedaron los recuerdos de muchas noches en vela, bebiendo vino tinto y cervezas, de fiestas y resacas, de besos robados y de besos presentidos. En Nunhead quedaron muchas cosas, pero sobre todo, quedó la huella de los españoles de la órbita de Ivydale road, quedó el buen rollo impreso en nuestras memorias y quedó una amistad indeleble.
Hace dos semanas, volví a Londres después de dos años de ausencia y, por azar, acabé en el cine de Peckham, el barrio contiguo a Nunhead. Esta vez fui en autobús y tardé más de hora y media en llegar desde el centro de la ciudad. Digamos que tomé el bus que más vuelta da antes de llegar a su destino, lo que me permitió recordar sitios ya olvidados como Elephant and Castle o los letreros de Southwark. En ese cine maloliente y caluroso vi Kinky Boots. La recomiendo. La película, el barrio y Londres me recordaron a la Teri y a sus chillidos matutinos y sus risas de por la tarde. La Teri es mucha Teri y, como a ella le gusta que se lo recuerden, hoy he decidido escribirle una página a ella, una especie de homenaje extraño.
A veces, me da melancolía no vivir en la ciudad encantada del Metro en rojo y azul, la ciudad de los zorros y los cuervos, la de los anocheceres tempranos y los amaneceres fríos. Londres me gustó desde el primer día que la vi, hace de eso ya más de catorce años, cuando la visité antes de empezar en la Universidad para hacer un curso. Me encandilaron sus cabinas rojas y sus autobuses de dos plantas y, sobre todo, me enganché del paisaje multicolor de la gente que la habita. Además, los hombres de Londres son tan guapos...
Pero ahora prefiero soñarla y recordarla que vivirla. Ya no soporto vivir bajo tierra tantas horas al día ni aguantar eternamente que un rayo de sol se pose sobre mi piel. Sólo de pensar que tengo que quedarme allí me entra la claustrofobia. Mi vida ya no está allí, pero aún así, la echo de menos y a ratos, cierro los ojos y me veo perfectamente integrada entre los personajes de Camden Town, de la Picadilly line o de Covent Garden. Como diría Humphrey Bogart e Ingrid Bergman: Siempre nos quedará Londres ¿o decían otra cosa?

Wednesday, October 12, 2005

Si no duermo, me muero



Tengo más sueño que vergüenza. Qué malo es comer en la calle, quiero decir en un restaurante, bar o similar, y lanzarse acto seguido al trabajo sin anestesia. Llegas y es como si te metieran un mazazo en la cabeza cuando intentas funcionar como si no pasara nada. Pero sí que pasa. Tu cuerpo pide siesta, cabezadita, coscón, descanso. Es horroroso saltarse ese paso en verano, pero en invierno a veces cuesta aún más coger el ritmo en medio del sopor de la calefacción, abrir los ojos con alegría y fingir que uno está fresco como una rosa. Hoy es para mí uno de esos días de impotencia físicomental que te degradan en tu categoría de persona y te convierten en un mueble. Comí fuera de casa, vine a trabajar sin cumplir antes con el merecido reposo del guerrero y ahora no hago más que deambular como un zombi mientras mis compañeros mi miran con caras raras. Es fiesta para el resto del mundo, el día del Pilar, la jornada estrella del orgullo nacional y yo tengo sueño, mucho sueño, quiero dormir. Aaaahhhh!!! Quiero dormir y no puedo. Si no duermo me muero. Así no se puede levantar el país, eso está claro.

Tuesday, October 11, 2005

¿Y tú qué lees?


Acabo de leer La sombra del viento, ese libro de Carlos Ruiz Zafón del que tanto había oído hablar en todas partes y que me resistía a leer únicamente por llevar la contraria, por rebeldía. He esperado hasta que ya no he podido aguantar y me lo he tenido que tragar. Sí, literalmente me lo he tragado porque me he chupado más de 500 páginas en menos de cinco días sin dejar de trabajar, comer y dormir en estas jornadas. Es curioso cómo puede engancharte un libro y sumirte en la intriga de las palabras cruzadas sin que tú puedas hacer nada por evitarlo. Te atrapa como una red de araña y plum, ahí te quedas. La cuestión es que pocos libros buenos suelen captar tu atención de esa manera. Normalmente, lo políticamente interesante suele ser un plomazo y viceversa, lo plomazo suele ser políticamente aburridísimo. Pero como lo importante es participar, quiero decir, leer, pues a la mierda con la calidad literaria. Que aprendan los buenos literatos de los malos y que se coman la sesera para encontrar la manera de que lo que debe interesar además resulte atractivo. Bueno, hablo por hablar en realidad. Después del libro de Zafón estoy con el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago y también estoy picada. Se supone (yo no sé de qué depende esto) que ambos libros son literariamente hablando bastante buenos y sin embargo, me gustan, nos gustan, gustan. A punto estoy de caer en la tentación de leer el Código da Vinci, al que también me he resistido desde que empezó el boom de Dan Brown. El caso es que empieza a fastidiarme que todo el mundo, pero que todo el mundo hable del librito y yo tenga que poner cara de póker. A punto he estado de comprármelo en inglés para ver si ponía más intriga al hecho de tragármelo. Lo malo es que el de Brown es una trilogía y seguro que acabo leyéndome los tres de un tirón. Y además, aún tendré que sacar tiempo para ver Buenafuente. Qué estrés, qué estrés.

Wednesday, October 05, 2005

Pon un perro en tu vida


“Más sufre el que ve que el que enseña”, dice un viejo refrán bastante desfasado cuyo inventor se olvidó de lo que disfrutan algunos con sus dos ojitos y algo que mirar. Y es que los voyeurs lo tienen claro: “ojos que no ven, corazón (por no decir otra cosa) que no siente”. Aunque el voyeurismo está considerado por la vieja escuela psiquiátrica como una patología de perversión sexual (más extendida entre los hombres que entre las mujeres) consistente en la búsqueda del orgasmo a partir de la mirada anónima de escenas reales de sexo, lo cierto es que, en la práctica, la vista es uno de los sentidos más explotados a la hora de buscar el placer desde tiempo inmemorial. Prueba de ello es el auge de la pornografía impresa o audiovisual y el éxito de las escenas eróticas televisadas casi en directo en programas como Gran Hermano o Aquí hay tomate. Cuántas pajillas cruzadas se habrán hecho algunos a costa de la famosa escena de restregón de Terelu y Pipi. Está claro que una imagen, para muchos, vale más que mil palabras. Según el Informe Durex, el 42% de los españoles afirma haber consumido pornografía en compañía y un 26% dice haber grabado o fotografiado a su objeto del deseo. ¡Ay!, si es que este país está lleno de mirones.
En lo que se refiere a la vista, mirar ha dejado de ser un ejercicio pasivo aplicado al sexo para convertirse en un ejercicio activo de motivación sexual. Basta con echar una ojeada a las corrientes que llegan de los países más fríos (me refiero a la meteorología) para saber que los desafíos están a la orden del día. En Gran Bretaña, el voyeurismo activo ha pasado a llamarse “dogging”, nombre derivado del gusto de algunos que con la excusa de ir a sacar el perro se entretienen viendo sexo en directo en parques, jardines y aparcamientos. La organización de este tipo de eventos erótico festivos corre de cuenta de internet. En el dogging (también llamado en la península ibérica cancaneo puro y duro) se combinan otras técnicas también de origen anglosajón como el swinging o cambio de pareja. Según los datos más recientes sobre el tema, el 60% de los parques británicos cuentan con su propio rinconcito-dogging y la práctica empieza a extenderse a lugares como Alemania, Francia, Bélgica, Italia, Irlanda y cómo no, Estados Unidos. Allá donde una teta de Jannette Jackson constituye un revuelo internacional, dicen que hay gente fornicando en zonas públicas. ¡Qué fueeeerteee! España, donde la represión sexual digamos que no atraviesa su momento más álgido, parece no ser caldo de cultivo para estas prácticas, pero internet a veces hace milagros así que igual acaba imponiéndose como moda. El perfil del dogger es el de parejas hetero de más de 30 años que buscan nuevas experiencias y que se excitan con el punto exhibicionista mientras los que hacen de mirones suelen ser hombres ya maduritos, la mayoría casados y de clase media y hasta alta (se han visto en las sesiones perros de alta alcurnia acompañados por dueños con jerseys de rombos, dicen las malas lenguas). El cancaneo no se limita a parques y jardines, un buen coche es otro de los receptáculos posibles, a veces dentro y a veces sobre él. Y, no se lo pierdan, circulan manuales sobre las posturitas más provo para hacer en un vehículo, tanto de penetración como de sexo oral o anal las preferidas de los sujetos voyeurs. Y es que, se me olvidaba, las sesiones doggeras no se limitan al ámbito hetero sino que se están especializando, pudiéndose encontrar en el mercado encuentros también homo y bi. Busque, compare, y si encuentra algo mejor, mírelo. El único problema detectado en torno a esta práctica es el aumento del número de violaciones, asaltos o chantajes, así como la proliferación de enfermedades a cuenta del cambio de pareja. Tanta diversión tenía que tener su lado malo.
Y pasando al terreno más naif del voyeurismo, un 85% de los hombres confiesa que sería capaz de reconocer a sus compañeras de trabajo mirando sólo sus pechos o sus traseros. La vista es el sentido más desarrollado del género masculino y parece estar bien enfocado. Las mujeres, que tienen oído y olfato privilegiados, dicen sentirse más impactadas por las manos y los ojos de los hombres. Debe ser por sus ojos que Brad Pitt es el hombre más sexy para las féminas españolas. O son sus ojos o es que hay mucha mentirosa suelta por este país.
En todo caso, los sexólogos apuestan porque mirar es una práctica sana y natural que todo individuo sexualmente activo debería emplear como un posible motor de arranque. Para empezar, no estaría mal iniciarse con la pareja y una sesión de masturbación exhibicionista en el asiento del copiloto mientras el/la otr@ conduce. En principio, que todo quede entre tu pareja y tú. Nada de irse a la calle desnud@ y con la gabardina. Mientras el dogging llega a España, hay tiempo para entrenarse en el arte del voyeurismo casero consentido. Otro juego para descubrir nuevas opciones sexuales relacionadas con la vista es cerrar los ojos. Ese viejo juego de hacer como que no ves puede abrirte muchos horizontes desconocidos por obra y gracia de la madre imaginación. Sí, sí, a veces no hace falta “ver para creer”, sólo hace falta probar.