
Acabo de leer La sombra del viento, ese libro de Carlos Ruiz Zafón del que tanto había oído hablar en todas partes y que me resistía a leer únicamente por llevar la contraria, por rebeldía. He esperado hasta que ya no he podido aguantar y me lo he tenido que tragar. Sí, literalmente me lo he tragado porque me he chupado más de 500 páginas en menos de cinco días sin dejar de trabajar, comer y dormir en estas jornadas. Es curioso cómo puede engancharte un libro y sumirte en la intriga de las palabras cruzadas sin que tú puedas hacer nada por evitarlo. Te atrapa como una red de araña y plum, ahí te quedas. La cuestión es que pocos libros buenos suelen captar tu atención de esa manera. Normalmente, lo políticamente interesante suele ser un plomazo y viceversa, lo plomazo suele ser políticamente aburridísimo. Pero como lo importante es participar, quiero decir, leer, pues a la mierda con la calidad literaria. Que aprendan los buenos literatos de los malos y que se coman la sesera para encontrar la manera de que lo que debe interesar además resulte atractivo. Bueno, hablo por hablar en realidad. Después del libro de Zafón estoy con el Ensayo sobre la ceguera de José Saramago y también estoy picada. Se supone (yo no sé de qué depende esto) que ambos libros son literariamente hablando bastante buenos y sin embargo, me gustan, nos gustan, gustan. A punto estoy de caer en la tentación de leer el Código da Vinci, al que también me he resistido desde que empezó el boom de Dan Brown. El caso es que empieza a fastidiarme que todo el mundo, pero que todo el mundo hable del librito y yo tenga que poner cara de póker. A punto he estado de comprármelo en inglés para ver si ponía más intriga al hecho de tragármelo. Lo malo es que el de Brown es una trilogía y seguro que acabo leyéndome los tres de un tirón. Y además, aún tendré que sacar tiempo para ver Buenafuente. Qué estrés, qué estrés.
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