Thursday, October 20, 2005

La Teri


Tengo una amiga en Madrid, se llama Silvia aunque un grupo de gente la llamamos Teri por lo histérica que era cuando entró como un huracán en nuestras vidas. Vivíamos en Londres en aquella época un montón de españoles recién llegados de los más diversos puntos de la península intentando llevarnos lo mejor posible. En la misma casa, enorme, con jardín y hasta estanque con nenúfares, vivíamos María José y yo, que ejercíamos de madres de la gran familia; Pedro y Martín, una pareja gay que ejercían como padre e hijo pequeño del gremio; estaba José David, el hombre obsesionado por la vida en pareja; Edu, un onubense buena gente rey del despiste; vivían también a ratos dos amigas de Pedro; Quique; Isra, el contacto de la Teri también conocido como rey pasmado y Nora, amiga de Quique y enemiga de todos los demás. Éstos son los nombres que me vienen a la cabeza al pensar en aquella casa, pero el paisaje estaba compuesto por muchos más personajes como el holandés, María la que se llevó las fotos y nunca más se supo o Alberto y Roberto que coincidieron en el tiempo con la aparición repentina de Silvia, la de Madrid.
La Teri, como no podía ser menos, apareció acompañada de otra persona, Bea. En Londres, nadie llegaba a una casa "okupa", aunque no fuera okupa como en este caso, sin traer a alguien más. Es como una tradición que abre las relaciones interpersonales en forma de una gran cadena. El caso es que un día llamó desde España y anunció que venía a Londres a vivir y que su amigo Isra le había dicho que podía quedarse en nuestra casa. Pedro contestó al teléfono y, al colgar, sólo pudo decir. ¡Esta tía es una histérica, yo no la quiero aquí!. Hablaba el sumum de la tranquilidad, don Pedro, ese adorable niño cuarentón, calvo, guapísimo y enamorado de las latas de Stella. Pedro estaba (no sé si sigue estando porque hace tiempo que le perdí de vista) loco, terriblemente loco, pero nos daba igual. En aquella casa de Ivydale road todo el mundo estaba loco. Como no podía ser menos, Teri y Pedro acabaron siendo una pareja que igual se querían que se odiaban a muerte. A la energía desbordante de la Teri la contrarrestaba su compañera, Bea, una chica dulce y silenciosa que hablaba poco pero comunicaba mucho. Silvia era la bullanguera, la petarda, la que tenía que ordenar, organizar, animar, festejar todo. La Teri es un poco como yo, pero cada una en su estilo. Es del tipo mandón dulce y le encanta ser el centro de atención. Es una tía adorable, una secretaria con deformación profesional que siempre que viajas te organiza la llegada de tu vuelo, la salida de tu AVE o la entrada de tu coche en el garage correspondiente. Ella es la más resuelta y la más eficiente. Si necesitara una secretaria, seguro que apostaría por la Teri. Nunca se le escapa un detalle. El caso es que un día apareció en Londres con su maletón y Bea, nuestra amiga Beatriz que, por cierto, se casa muy pronto, y se instaló en nuestras vidas y en nuestros corazoncitos.
Hace tiempo que casi todos dejamos la ciudad del Big Ben y volvimos cada mochuelo a nuestro olivo. El único que resistió a la vorágine del regreso fue Martín, que vive enamorado de un nuevo amor, Steve el galés, en una nueva Londres orientada hacia el sur. Nuestro grupo siempre fue del sur, de la parte menos noble pero más divertida de Londres. El sur siempre es lo mejor, en todas partes del mundo, en las ciudades, en los pueblos. O puede que lo diga yo porque soy del sur de España y viví siempre en el Sector Sur de mi ciudad. La Teri, como digo, sucumbió a la ola del retorno y abandonó el país cuando se cansó de hacer camas en Onealdwych hotel. De allí salió a la vez Bea. Dejaron las dos un buen día la casa de Nunhead y se la pasaron en herencia a la por entonces todavía bien avenida parejita gay de la que ya he hablado. Allí quedaron los recuerdos de muchas noches en vela, bebiendo vino tinto y cervezas, de fiestas y resacas, de besos robados y de besos presentidos. En Nunhead quedaron muchas cosas, pero sobre todo, quedó la huella de los españoles de la órbita de Ivydale road, quedó el buen rollo impreso en nuestras memorias y quedó una amistad indeleble.
Hace dos semanas, volví a Londres después de dos años de ausencia y, por azar, acabé en el cine de Peckham, el barrio contiguo a Nunhead. Esta vez fui en autobús y tardé más de hora y media en llegar desde el centro de la ciudad. Digamos que tomé el bus que más vuelta da antes de llegar a su destino, lo que me permitió recordar sitios ya olvidados como Elephant and Castle o los letreros de Southwark. En ese cine maloliente y caluroso vi Kinky Boots. La recomiendo. La película, el barrio y Londres me recordaron a la Teri y a sus chillidos matutinos y sus risas de por la tarde. La Teri es mucha Teri y, como a ella le gusta que se lo recuerden, hoy he decidido escribirle una página a ella, una especie de homenaje extraño.
A veces, me da melancolía no vivir en la ciudad encantada del Metro en rojo y azul, la ciudad de los zorros y los cuervos, la de los anocheceres tempranos y los amaneceres fríos. Londres me gustó desde el primer día que la vi, hace de eso ya más de catorce años, cuando la visité antes de empezar en la Universidad para hacer un curso. Me encandilaron sus cabinas rojas y sus autobuses de dos plantas y, sobre todo, me enganché del paisaje multicolor de la gente que la habita. Además, los hombres de Londres son tan guapos...
Pero ahora prefiero soñarla y recordarla que vivirla. Ya no soporto vivir bajo tierra tantas horas al día ni aguantar eternamente que un rayo de sol se pose sobre mi piel. Sólo de pensar que tengo que quedarme allí me entra la claustrofobia. Mi vida ya no está allí, pero aún así, la echo de menos y a ratos, cierro los ojos y me veo perfectamente integrada entre los personajes de Camden Town, de la Picadilly line o de Covent Garden. Como diría Humphrey Bogart e Ingrid Bergman: Siempre nos quedará Londres ¿o decían otra cosa?

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