
Me acabo de enterar de que tengo una fan. Juro y perjuro que no está comprada. Dice ser mi fan y yo no he tenido nada que ver, se le ha ocurrido a ella solita, para que vean que la gente se engancha a cualquier cosa, por absurda que pueda parecer. Yo también soy fan de ella, de mi Marguita, la loca de las peinetas que en silencio entra en mi página web y ahora, por primera vez, me ha dejado un mensaje. Qué ilusión. Yo que pensaba que escribía para mí misma y que todas mis palabras se ahogaban en el anonimato más absoluto.
Pero yo a Marga me da que la conozco. Si no me equivoco, Marga es es... es... mi amiga Marga, la recién casada que recién ha llegado de su segunda luna de miel, de Argentina, con su marido, el Nasho, ése que tan mal me caía antes y tan bien me cae ahora. Y es que el Nachete ha resultado ser un pedazo de pan y no un mendrugo como yo pensé al principio. Sí, lo reconozco, tengo muchos prejuicios y me encanta poner etiquetas antes de conocer a la gente. Sobre todo, etiquetas malas. Me gusta crearme enemigos ficticios y mis verdaderas amigas lo saben, saben que soy inofensiva pero tengo esa mala uva al principio. Yo con la gente nueva soy como el vino, o me convierto en Rioja del gueno gueno o me agrio y me hago vinagre. Necesito tomarme mi tiempo para que lo bueno que hay dentro de mí salga por sí solo. Luego soy bastante entrañable, cuando se me conoce, a pesar del pronto bruto que a veces se me escapa. ¿Verdad Marga?
Marga me entiende porque ella es tauro, como yo, y sabe que mi cabezonería es más grande que yo misma. A veces, cuando me equivoco, me da vergüenza reconocerlo y refunfuño mucho, pero si la cosa me importa de veras, siempre me puede mi Pepito grillo particular y rectifico. Eso me pasó con el esposo de Marga, don Ignacio.
Es más, ahora ya no puedo pensar en mi amiga Marga sin pensar a la vez en el Nachete al lado. Es como si tuvieran adhesivos colocados y vinieran de golpe uno con el otro cuando tiro de ellos en mi memoria. Qué cosa tan curiosa. Quién le iba a decir a Marga hace unos años, cuando las dos nos lamentábamos a dúo de lo idiotas que son los tíos y lo mal que nos lo hacen pasar, de lo tontos que son y lo poco que se merecen que suframos tanto por ellos, que acabaría tan felizmente casada con todo un señor dentista con el que siempre anda mostrando sus dientes (quiero decir sonriendo, para los torpes que no entiendan las metáforas) y por el que se le cae la babilla.
Ojalá pudiera decir lo mismo de todas mis amigas. Ojalá todas fueran tan felices como la florecilla de Marga. Y ojalá acabemos todas teniendo la misma suerte que mi amiga Margarita. Yo no pierdo la esperanza. Si la Leti está con el príncipe y mi Marga con un dentista, seguro que debe quedar un modelo de pasarela o un marajá árabe para mí. Tampoco pido tanto, un cuerpo serrano que me quite el sentío y un corazón como un camión. Pero a lo que iba. Buenos días Marga y gracias por venir a verme. Un día de éstos, voy a tener que hablar un poco de ti...
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