Tuesday, November 01, 2005

Un eufemismo para cada ocasión


Me di cuenta cuando un gamberro empujó a una chica en el metro de Madrid y tuvieron que amputarle una pierna. La joven pasó a ser calificada por los medios "discapacitada" del tirón en lugar de obtener el tradicinal título de coja. Los eufemismos en este país están a la orden del día, son como una especie de plaga que lo impregna todo de mala manera y a mí me dan un poquito de corage, sí señor. Yo es que soy así de rara.
Sombra aquí y sombra allá, maquíllate, maquíllate, maquilla ya tu realidad...
Hace tiempo que en España no existen ciegos porque ahora los que no ven son invidentes, no hay cojos, paralíticos o mancos sino discapacitados, ni bizcos o tuertos sino deficientes visuales. Ahora los enanos son bajitos, los viejos son la tercera edad y los feos gente poco agraciada. Los defectos tradicionales han dejado de existir gracias al maravilloso mundo del camuflaje verbal a gran escala y algunos ingenuos deben andar por ahí pensando que a fuerza de no nombrarlos han desparecido eso, los cojos, los mancos y los ciegos.
Lo impresionante del tema es que, mientras en los medios de comunicación, todo el mundo se afana en inventar términos a cuál más complejo o surrealista para denominar realidades que no cambian por tener un nombre distinto (un muerto en una guerra siempre será un muerto aunque la prensa lo llame caído en misión patriótica o pálido objetivo de una mina antipersona), nadie se preocupa de borrar las verdaderas palabras malsonantes que no son las que nombran realidades sino las que las interpretan.
A la par que han desaparecido los cojos, se han multiplicado los gilipollas, las putas, los cabrones, los maricones y los coños, cipotes o cojones que acampan a su antojo en nuestros oídos sin grandes sonrojos. Digamos que nos hemos acostumbrado a lo que en mi tiempo eran "palabrotas" de ésas que te costaban una señora "hostia" (permítanme la licencia literaria) con nada más surrurarla. Recuerdo yo que cuando quería llamar a mi hermana algo más fuerte que tonta (imbécil, no vayan a pensar), me acercaba mucho a su oreja para que nadie oyera lo que iba a decir y soltaba mi insulto prohibido como quien lanza una bomba. Luego tu hermana se chivaba a tu madre de lo que habías dicho y aquello solía acabar como el rosario de la Aurora. ¡Qué tiempos, se te ponía la cara o el culo más rojo que un plato de salmorejo! Sólo de pensarlo, me entran unas ganas locas de crear una liga reivindicativa en pro del cachete justificado: por pura nostalgia más que nada. Y por hastío de ver cómo sufren ahora esos padres hijos de la democracia, tan condescendientes, que viven con la dictadura y el chantaje emocional de sus propios hijos, a los que sólo les falta nacer con una mini Constitución infantil de sus derechos bajo el brazo. Pero sin obligaciones, que eso no mola, tío.
Ahora nadie se escandaliza al ver a los grandes hermanos de turno o los locutores de la realidad más rosada, por no hablar de políticos de alta alcurnia, insultar a bocajarro o soltar el taco de rigor delante de una cámara y hasta con micrófono en mano (todavía resuena en mi memoria el ¡Andrea, coño, cómete el pollo! de Belén Esteban o el ¡Manda huevos! de Federico Trillo). Es como que hace gracia incluso, como que la gente es más mona o entrañable cuanto peor hable. Pero ¡eso sí! que a nadie se le ocurra decir que ha visto a un cojo, por muy pata chula que ande o tuerto, aunque le falte un ojo. Preferimos el insulto a la verdad. No se puede ser más patético. Yo lo siento por los niños, que a fuerza de ver la hipocresía general, acabarán creyendo que puta es un nombre de pila, capullo un color de piel y un ataúd una cama muy dura donde uno se echa a dormir la siesta más grande de su vida. Angelitos. Con lo monos que son de pequeños.

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