
Por fin ha resucitado Cristo. Ay, qué ganita tenía ya de que acabara la semana más santa del año. Ésa que obliga a todos a ser buena gente y prodigarse en el arte del comer pipas como los monos y dejarlo todo hecho una mierda, la semana que arranca a los corazones exaltados gritos a partes iguales en las procesiones de cristos y vírgenes y en las de coches atascados que no pueden andar ni patrás ni palante. Tenía ya ganas de poder llegar a mi hogar, en pleno casco histórico sin que las ruedas me chirríen por el contacto de los neumáticos con la cera reseca sobre los adoquines y sin que un millón de chinos y americanos rojos como tomates me miren con mala cara por atravesar con mi coche la calle que bordea a la mezquita, la misma que me lleva a mi casa. Debo ser la única que odia las tradiciones locales tanto como las respeta y también la única que firmaría por una semana de teletrabajo en estas fechas para no tener que salir a la calle. En cualquier caso, la Semana Santa ya no es lo que era. Prueba de ello es que los costaleros ya no gastan alpargatas sino modernas Converse, la gente ya no aguanta de pie a que llegue el paso sino que se sienta en pequeñas sillas plegables y las bandas de música prefieren tocar cuando entran las vírgenes el Soy Cordobés. Lo más triste del caso son los cientos de niños pequeños, devotos por herencia familiar a la tradición semanasantera, que han tomado todo lo malo de sus progenitores en esta pía tarea, y se han olvidado de las buenas costumbres que sustentan la cosa santa. Para los pequeños cofrades, prima hacer la bola de cera lo más gorda posible, aunque para ello tengan que pisotear a nazarenos, penitentes y público en general. Son capaces de recitar de memoria el librito más beato de las librerías pero su memoria es tan fugaz como las vacaciones y al acabar las fiestas ya no saben en qué calle andan. Llevan una mochila al hombro llena de bocadillos con los que aguantar el tirón santero, pero cuando acaban de zamparse el bollo y la coca cola se les olvida ir en busca de la papelera y lo dejan de tapadillo en el primer macetero que encuentran a su paso. La culpa no es de ellos, monstruos de una civilización maleducada, sino de los padres, que enseñan la forma, pero no el fondo de las cosas. En fin, un año más acabó mi cruz. Qué alivio Dios mío.
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