Thursday, April 20, 2006

Una casa de locos



Hoy no es mi día. Bueno, digamos que no es mi noche. La cosa empezó bien esta mañana, con mucha euforia y buen humor, pero ha acabado como el rosario de la Aurora. La culpa la tiene la presión y el estrés que es muy malo para el talante. Y si no, que se lo digan a Rajoy que de eso sabe mucho. Me he ido del trabajo como alma que lleva el diablo, refunfuñando como una vaca y haciendo fu como el gato. Normal, el supertacañón de los supertacañones se ha propuesto que acabemos todos en un psiquiátrico y anda aprentando las tuercas a diestro y siniestro, con lo cual la gente está que trina y así no se puede trabajar. Cuando uno tiene la sensación de que nada de lo que hace está bien del todo porque hay un ojo escudriñando cada milímetro para buscarle el defecto te entra la paranoia. Si ya lo decía un sabio. Ojo ladrador, pega ca bocao... Con las ganas que tenía yo de que cambiaran al gran jefe y ahora viene un señor con lupa dispuesto a sacar el látigo. Y el caso es que yo hablo y siento de oídas porque a mí no se dirige para pedir explicaciones de mis actos laborales, atornilla a los que hay por encima y éstos a su vez descargan su nerviosismo con los de más abajo. Y así estamos todos, desquiciados como locos. Tiene guasa la cosa. Nunca llueve a gusto de todos. Siempre hay algo de lo que quejarse. ¿Existirá acaso la felicidad absoluta o, aunque sea temporal, con contrato de unos meses? Qué coraje. A este paso, yo creo que un día me da el volunto, agarro mi mochila y me vuelvo de camarera a Londres. Allí por lo menos cuando se me ahumaba el pescao, decía ahí os quedáis y vuelta a empezar en otro restauran. Lo importante en la vida, lo dicen los expertos en ocio, no es trabajarla sino vivirla así que... Que les den, que nos den y que nos guste. A las buenas noches.

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