Tuesday, November 11, 2008

Viajar por dos duros

Murphy me trae por la calle de la amargura. El otro día, viendo las noticias en televisión, me entero de que las agencias de viaje han optado este verano por lanzar todo tipo de superofertones para rellenar como sea los huecos que la crisis ha dejado libres en los hoteles, los balnearios, los aviones, los restaurantes de lujo y hasta los chiringuitos de playa. Tras el suave mensaje de permítase un capricho, subyacía otro más rotundo: ¡No sea usted un pringao y gástese lo que no tiene en irse a la Conchinchina, aproveche la crisis para alardear de que usted sí que puede viajar, si no se va de vacaciones todo el mundo va a saber que está usted tieso, ignorante, échese la mochila al hombro y lárguese de una vez a vivir la vida que igual el año que viene está usted criando malvas! Vamos, algo lamentable. El único personaje o personaja que faltaba en aquella información era el señor o señorita dominicano o dominicana (uf, qué difícil y cansado resulta escribir en el ámbito o ámbita de lo ortográficamente dudoso o dudosa, pero políticamente correcto o correcta, yo paso) gritando eso de ¡olé, qué precios! Y es que con esto de vender como sea, las agencias se han vuelto locas y hay destinos para los que solo les falta ofrecer cheques en blanco a los que quieran viajar. Viendo tal desmadre, al final, me entró el coraje. Para un año que somos previsores y nos apuntamos a la venta anticipada con tal de que las vacaciones salgan más baratas, resulta que esta vez lo económico es esperar a última hora. Ay, Murphy, Murphy, ¡qué razón tenías! Esa noche, con el cabreo, acabé en La Corredera, olvidando mi ira al aire libre. Aquello estaba de bote en bote, no cabía ni un alfiler, así que me dije: España está en crisis, pero las crisis de ahora ya no son como las de antes. ¡Qué alivio!

Pasar de pantalla

El otro día leí una frase de Aldous Huxley que me tiene conmocionada. Era domingo, hacía calor. Me pilló en un día tonto, de esos en los que la marea existencial parece un tsunami y te agarras a un clavo ardiendo con tal de emparanoiarte con lo que sea. Decía tal que así: "¿Cómo saber si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta ". En ese caso, pensé, tendría razón de ser que viviéramos asediados por las enfermedades, el paro, la crisis, la pobreza y el hambre. Tanto sufrimiento no sería más que el peaje por alguna trastada anterior de la que solo nos liberaría la muerte. De hecho, sería lógico que no supiéramos nada de lo que viene después de ese trance porque, en caso de descubrirlo, nadie querría durar vivo ni tres telediarios. Tendrían sentido incluso las dimensiones tan inabarcables del universo. Mil infiernos y mil paraísos repartidos en un espacio infinito lleno de planetas. En medio de mis disquisiciones filosóficas de una profundidad tan profunda, alguien me sacó de mi ensimismamiento. "¡Estoy harto, quiero pasar de pantalla, no puedo más!". Era mi sobrino que, desesperado, tiraba al suelo la Nintendo. En ese mismo instante, la idea de Huxley, la teoría de Darwin y hasta la manzana de Adán y Eva me parecieron desfasadas en pleno siglo XXI. La clave era otra. Los seres humanos no somos más que los manejables personajes de un gran videojuego, lleno de buenos y malos predefinidos, en el que un dios, probablemente un niño de algún lejano planeta, nos ataca, nos mueve a su antojo, nos libera o nos hace sanar, pero, sobre todo, se afana por pasar de pantalla. Desde aquel fatídico domingo, no levanto cabeza. No sé qué hacer para distraer al maldito niño y que suelte de una vez la maquinita. A ver si nos deja vivir en paz.

Un concurso quiero

El otro día se confirmaron mis sospechas. No son imaginaciones mías, hay personas y caras que se repiten en los concursos de televisión. Me lo corroboró un amigo, que trabaja en la tele y además tiene una memoria fotográfica de elefante. Se trata de auténticos profesionales del casting y están por todas partes. Igual los ves una noche confesándose culpables ante preguntas del tipo "¿has dado alguna vez de comer excrementos a alguien de tu familia " o "¿te has hecho tocamientos en el probador de una tienda " en El juego de tu vida, que hacen gorgoritos en Factor X o buscan (supuestamente) pareja en Mujeres y hombres a la hora del café... Y si te descuidas, el mismo señor o señora se infiltra como personaje misterioso en Identity para asegurar que, en realidad, es un granjero/a que nunca ha salido de su pueblo y que ocupa su tiempo libre haciendo ganchillo y jugando a la petanca. De hecho, en internet hay páginas plagadas con nombres y apellidos de personas que dejan constancia hasta de su marca de desodorante mientras expresan su desesperada súplica para que los llamen de una cadena. "Me he tirado al hermano de mi novio y tengo un pasado de incesto familiar que estoy dispuesta a contar", leí el otro día a un potencial concursante de El juego de tu vida. Son auténticas hordas de frikis que, si no son raros, se lo hacen para poder llevarse la pasta calentita a casa. Al lado de estos personajes, los ratones coloraos que entrevista Jesús Quintero se quedan en gente corriente. Deben ser los efectos de la crisis. De la crisis y de que, nos guste o no, el trabajo puro y duro cada vez es menos popular, menos rentable y más improbable. Y si tus nietos no están orgullosos por lo que has hecho, no importa, porque ya se les pasará cuando los cubras de oro. Esto es vida.

Lujos en plena crisis

Esto de la crisis va a acabar con mi pelo, mi cara y mi look. Hace tanto que no renuevo mi fondo de armario... ¡Pero si estoy por raparme y comprarme un uniforme para ir al trabajo! La psicosis colectiva, lo confieso, se ha apoderado de mí. Sí, he sucumbido y ahora voy al súper con calculadora y hago toques con el móvil, cual colegiala, para que me vuelvan a llamar. Todo sea por ahorrar. Con lo que una ha sido... Con lo que yo he disfrutado tirando de visa... El otro día me descubrí a mí misma hablando con mi madre de la bolsa y se me pusieron los pelos de punta. La bolsa, esa cosa que nadie sabe explicar con palabras inteligibles y que hasta hace tres días era casi un expediente x para la gente de a pie, se ha convertido en tema de debate en las carnicerías. "Si sigue subiendo el euríbor, no sé qué vamos a hacer", escuché comentar a dos señoras en la cola del Todo casi 60. Por cierto, hay que ver lo socorridas que son estas tiendas en tiempos de crisis para superar el mono consumista. Vas allí, te compras un cortauñas rojo, un jarrón chino chulísimo, tres cajas de horquillas y una caja grande de cartón en la que no sabes qué vas a meter pero abulta tela y te vas a tu casa más a feliz que una perdiz. Y es que quien quiera que se haya propuesto asustarnos y que dejemos de gastar, lo está consiguiendo. Más de uno habrá sacado del banco sus ahorrillos (y digo ahorrillos porque los que tienen millones no creo que estén tan asustados) y los ha metido debajo del colchón. Como si estuvieran a salvo en caso de que se descuajaringue el sistema monetario. No es por romper la magia, pero si el sistema se va al garete, para mí que un puñado de euros, allá donde estén, serían calderilla. Así que no lo pienso más. Por si vienen tiempos peores, hoy mismo me voy a la pelu.

Pensar es bueno

Estoy en contra del aborto, el día del orgullo gay es un anacronismo, la custodia compartida es la mejor opción en caso de divorcio o soy mujer pero las feministas no me representan" son algunas de las opiniones que, en la España del siglo XXI, según nos han dicho, las mujeres modernas nunca debiéramos pronunciar. No sé quién se ha encargado de administrar en este país los principios que rigen el discurso de lo políticamente correcto, pero a mí hace tiempo que ese discurso me empezó a saturar, me aburre. No entiendo por qué es tan difícil de tolerar el pensamiento diferente, contrario, que no insultante, en una sociedad que hace bandera de la tolerancia, la diversidad y la libertad de expresión. Sobre todo, me pregunto porqué vale más fingir que uno es moderno de cara a la galería, aunque su comportamiento demuestre lo contrario, que expresarse de forma coherente. Pasó el otro día con el famoso libro de Pilar Urbano, en el que la Reina se despacha sin complejos sobre temas presuntamente escabrosos. Mil y un contertulios discutieron en televisión durante días la conveniencia de que Doña Sofía opinara de esto o de aquello, cuando lo que de verdad molestaba era que la opinión de la Monarca no era la políticamente correcta. Al margen de lo que diga la reina, cuya opinión me es indiferente, me rebeló la idea de que los españoles sigamos instalados en la dictadura de un pensamiento único, sea éste el que sea. Lástima que escuchar, discutir y pensar para llegar a conclusiones por uno mismo no esté de moda, que la educación en valores no fomente el razonamiento y que esa falsa idea de modernidad haya impuesto que la tolerancia solo consista en respetar al que piensa como yo. Lástima, en fin, que el pensamiento propio sea hoy día propiedad de otros.