El otro día leí una frase de Aldous Huxley que me tiene conmocionada. Era domingo, hacía calor. Me pilló en un día tonto, de esos en los que la marea existencial parece un tsunami y te agarras a un clavo ardiendo con tal de emparanoiarte con lo que sea. Decía tal que así: "¿Cómo saber si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta ". En ese caso, pensé, tendría razón de ser que viviéramos asediados por las enfermedades, el paro, la crisis, la pobreza y el hambre. Tanto sufrimiento no sería más que el peaje por alguna trastada anterior de la que solo nos liberaría la muerte. De hecho, sería lógico que no supiéramos nada de lo que viene después de ese trance porque, en caso de descubrirlo, nadie querría durar vivo ni tres telediarios. Tendrían sentido incluso las dimensiones tan inabarcables del universo. Mil infiernos y mil paraísos repartidos en un espacio infinito lleno de planetas. En medio de mis disquisiciones filosóficas de una profundidad tan profunda, alguien me sacó de mi ensimismamiento. "¡Estoy harto, quiero pasar de pantalla, no puedo más!". Era mi sobrino que, desesperado, tiraba al suelo la Nintendo. En ese mismo instante, la idea de Huxley, la teoría de Darwin y hasta la manzana de Adán y Eva me parecieron desfasadas en pleno siglo XXI. La clave era otra. Los seres humanos no somos más que los manejables personajes de un gran videojuego, lleno de buenos y malos predefinidos, en el que un dios, probablemente un niño de algún lejano planeta, nos ataca, nos mueve a su antojo, nos libera o nos hace sanar, pero, sobre todo, se afana por pasar de pantalla. Desde aquel fatídico domingo, no levanto cabeza. No sé qué hacer para distraer al maldito niño y que suelte de una vez la maquinita. A ver si nos deja vivir en paz.
Tuesday, November 11, 2008
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