
Desde hace algunas semanas participo en una tertulia radiofónica con un puñado de amigos. Es de lo más divertido levantarte por la mañana y todavía con la almohada marcada en la cara, acudir a una charla sobre no sabes muy bien qué temas con la intención manifiesta de soltar por tu boca todo lo que se te ocurra. A mí me resulta muy curiosa esta práctica porque la cosa consiste en charlar con tus colegas sobre las cosas que hablas a diario, pero con gente anónima escuchando sin opción a participar, hecho que, a pesar del micrófono y los casquitos, se te acaba olvidando. En verdad, yo no venía a hablar de esto y como siempre, me voy por las ramas. Lo de la radio venía a cuento de que en una de las últimas reuniones nos dio por imaginar cómo sería la sociedad española dentro de 50 años. En pleno siglo XXI, en el que la juventud es un valor y donde la Tercera Edad parece no encontrar su hueco, nosotros imaginamos un futuro no demasiado halagüeño. La baja tasa de natalidad actual nos hizo pensar que muy pocos jóvenes nos acompañarán en el duro trance de la vejez y, para más inri, esa pobre juventud tendrá que cargar con la tarea de pagar las pensiones a los que ni siquiera se atrevieron a procrear. Las cosas parecen no tener solución cuando todavía están lejos, aunque mi madre siempre dice eso de que Mañana Dios dará, que falta hace y gracias a esa frase tan socorrida la esperanza no se va por el sumidero ni siquiera cuando las perspectivas son tan deprimentes. Si hay suerte, muchos inmigrantes que ahora se parten la cara por llegar a nuestro país, los mismos que ahora deportamos en masa, y sus hijos, llenarán los colegios y ocuparán puestos de trabajo en una sociedad quizás un poco más igualitaria y más justa, o quizás más xenófoba y retrógrada, pero más multicolor. Con suerte, la tasa de natalidad subirá poco a poco. Y con suerte, nosotros estaremos ahí para verlo, ya sea con o sin pensión.






