Sunday, July 31, 2005

Esos otros locos encogidos


Desde hace algunas semanas participo en una tertulia radiofónica con un puñado de amigos. Es de lo más divertido levantarte por la mañana y todavía con la almohada marcada en la cara, acudir a una charla sobre no sabes muy bien qué temas con la intención manifiesta de soltar por tu boca todo lo que se te ocurra. A mí me resulta muy curiosa esta práctica porque la cosa consiste en charlar con tus colegas sobre las cosas que hablas a diario, pero con gente anónima escuchando sin opción a participar, hecho que, a pesar del micrófono y los casquitos, se te acaba olvidando. En verdad, yo no venía a hablar de esto y como siempre, me voy por las ramas. Lo de la radio venía a cuento de que en una de las últimas reuniones nos dio por imaginar cómo sería la sociedad española dentro de 50 años. En pleno siglo XXI, en el que la juventud es un valor y donde la Tercera Edad parece no encontrar su hueco, nosotros imaginamos un futuro no demasiado halagüeño. La baja tasa de natalidad actual nos hizo pensar que muy pocos jóvenes nos acompañarán en el duro trance de la vejez y, para más inri, esa pobre juventud tendrá que cargar con la tarea de pagar las pensiones a los que ni siquiera se atrevieron a procrear. Las cosas parecen no tener solución cuando todavía están lejos, aunque mi madre siempre dice eso de que Mañana Dios dará, que falta hace y gracias a esa frase tan socorrida la esperanza no se va por el sumidero ni siquiera cuando las perspectivas son tan deprimentes. Si hay suerte, muchos inmigrantes que ahora se parten la cara por llegar a nuestro país, los mismos que ahora deportamos en masa, y sus hijos, llenarán los colegios y ocuparán puestos de trabajo en una sociedad quizás un poco más igualitaria y más justa, o quizás más xenófoba y retrógrada, pero más multicolor. Con suerte, la tasa de natalidad subirá poco a poco. Y con suerte, nosotros estaremos ahí para verlo, ya sea con o sin pensión.

Atención a las hormigas



Esta mañana, sentada en el retrete, vi pasar velocísima a una hormiga sobre mi alfombrilla del baño y la pisé. Al minuto, me arrepentí. Pensé, pobrecilla, si no me ha hecho nada y es tan pequeña. De la pena pasé al odio hacia mi persona. Eres una asesina, has matado a un ser vivo por impulso, sin pensar, mala mujer, pedazo de trozo, asquerosa. En fin, que me eché una bronca en un momento...
Fueron minutos de angustia que me envolvieron en una paranoia de rencor hacia mí misma a la que estoy muy acostumbrada. Digamos que me como la cabeza con casi cualquier cosa. Luego seguí pensando en aquella hormiga que murió a mis pies y me dije: quizás le has hecho un favor. Nadie sabe adónde van las hormigas cuando han muerto. Para mí que no suben al cielo como, dicen, vamos los humanos cuando estiramos la pata.
¿Qué sentido puede tener pasar una corta y entregada vida al trabajo en un diminuto cuerpo de hormiga, expuesta a tantos peligros y amenazas si no es un mero trámite hacia un mundo mejor, hacia una conciencia más amplia, hacia un yo que no sea hormiguero?, continuó mi reflexión.
Debe haber un cementerio de hormigas si hay uno de elefantes y debe haber un más allá también para ellas, que tanto padecen para llevarse una miga de pan a la boca. Entonces, me alegré. Ahora estoy segura de que la hormiga a la que asesiné esta mañana ha pasado a mejor vida, o al menos, como en los videojuegos, ha pasado a la pantalla siguiente y vive en el cuerpo de alguna otra especie superior. Se ha reencarnado, seguro. Lo que no sé es si ahora será escarabajo pelotero o abeja reina. Mira que si se ha saltado algún escalón y de insecto ha pasado directamente al estatus de anfibio, pez o ratón... ¿No será la hormiga el perro ése que me está sacando los dientes? Ah, ay, que me voy, que la hormiga era rencorosa y el perro éste cabrón me quiere morder.

Esos locos bajitos III


Me asombra la facilidad que tienen las nuevas generaciones para familiarizarse con todo tipo de aparatos y tecnologías varias. Aquello que la mayoría de los hoy adultos aprendimos en cursos intensivos de informática, ellos parecen conocerlo casi desde que ven la luz asomados por el seno materno. Para mí que ahora los niños vienen de fábrica con un nuevo microchip compatible con todas las máquinas que a nosotros, los prehistóricos, nos faltaba y antes casi de aprender a hablar, conocen los misterios de cada botón que les rodea. No se les escapa ni uno. La evolución genética debe tener algo que ver en todo esto. El otro día, por ejemplo, estaba yo hablando con mi madre por teléfono mientras ella hacía de canguro con mi sobrina de tres años. Intentaba apagar el vídeo y llevaba un buen rato dándole a todas las teclas, pero no conseguía dar con la correcta y acabó llamándome a mí para aclarar la cuestión. Mientras mi madre me explicaba el problema, la niña, que la observaba atentamente desde el principio de la odisea se acercó a mi madre y le dijo: "abelita, ahí no é, ahí se regomina, e ete botón". Desde el otro lado de la línea telefónica, oí a mi madre seguir las instrucciones mientras se reía de la forma de hablar de doña sabelotodo y el vídeo, efectivamente, se apagó. Supongo que la niña no entendía las risas de mi madre y se preguntaba cómo dos adultas eran incapaces de hacer algo tan sencillo. Hacía tiempo que intuía que los niños de hoy tienen muy poco que ver con los niños de hace veinte años. No hay más que ver la cara que ponen cuando les sugieres que dejen la Play Station y se vengan contigo a echar una partida de parchís o a jugar a la goma. Sólo de la mirada que te echan, te das cuenta de que hay un abismo entre ellos y tú. Para acortar distancias, he intentado con todas mis fuerzas contagiarme del entusiasmo que ellos ponen en sus nuevos juegos, pero no lo consigo. En mi subconsciente persiste la idea de que un ordenador es un enemigo en potencia que te la jugará a la primera de cambio. Ahora entiendo lo del relevo generacional. ¡Qué horror! Creo que me estoy haciendo mayor.

Esos locos bajitos II


Los niños son extraterrestres mientras lo son, niños, mientras viven en su planeta, en ese mundo habitado por fantasías, miedos y personajes que encarnan en la vida real el papel que cada niño les asigna. Lo sé porque yo también he sido niña. Hay niños que tienen cara de viejos, niños con cara diabólica y niños con rostro de marcianitos y ojos desorbitados que viven pendientes de cualquier acontecimiento que pueda despertar en ellos la sorpresa.
Son seres fascinantes a los que se les presta muy poca atención porque son muy bajitos, pero los en realidad son como diminutos conquistadores que descubren la tierra prometida en sus sueños a cada paso que dan y que moldean sus sentimientos a golpe de tropezones, de bofetadas, de dudas y de misterios. Como debe de ser, sin un guión de comportamiento, sin un molde prefabricado. La mirada de un niño recién nacido es algo alucinante. Sus ojitos redondos se encogen para llorar cada vez que una nueva sensación les asalta, ya sea el hambre, el miedo, la sed o el dolor.
Los planetas imaginarios infantiles son los verdaderos planetas imaginarios. Nada que ver con las verborreas de los adultos o de presuntos poetas que, a base de dar vueltas a las palabras, acaban olvidandon la intención que las motivaba, la esencia. A los niños, las esencias les importan un carajo. Todo en sus vidas es esencia y esencial y el resto, simplemente, no existe para ellos. Todo a lo que se enfrentan esconde secretos ocultos por desvelar que hacen de la realidad adulta un cosmos mucho más rico, que codician, en el que rebuscan y desordenan para hallar lo que otros escondieron bajo llave. A los niños no les gustan los tesoros ocultos ni los libros prohibidos ni los secretos de sus padres. O quizás sí. Son precisamente esas cosas las que despiertan su curiosidad más desesperada y les hace tramar todo tipo de fechorías para dejar desnuda la realidad más pura.
Los niños son los verdaderos sabios, los de la mirada limpia, los que deberían ir a las urnas y votar, los aptos para hablar en las tertulias de la radio y opinar cómo quieren que sea el mundo que sus antecesores les van a dejar en herencia. Ellos tienen la clave de las cosas importantes mientras a los adultos se nos olvidó por el camino que las cosas tenían una clave y un porqué. Precisamente, el niño escondido en cada adulto, al que tapamos la boca para poder crecer, es la víctima que sufre las desdichas de un mundo injusto y el que nos hace llorar cuando bajamos la guardia. Por eso, son los niños los que están en el anonimato y no tienen voz, porque dan miedo a los que se creen que desde su púlpito regalado por la edad se ve todo más claro cuando en realidad todo está más borroso.

Esos locos bajitos I


El otro día, un amigo me contó alarmado que había leído en no sé qué revista que cada vez era más frecuente en las consultas de los psicólogos chicas de entre 17 y 20 años en busca de ayuda porque están hartas de sexo y que se enfrentan, a tan corta edad, al hastío y a la necesidad de huir de una parte tan sana y placentera para el ser humano como es la sexualidad. Igual de mala es la sequía que las lluvias torrenciales incontroladas, pensé. En mi época, mucho más avanzada que la de generaciones anteriores, el despertar del sexo empezaba justamente a la edad a que estas niñas dicen haberlo vivido ya todo. Recuerdo perfectamente que mi primera regla hizo acto de presencia cuando tenía 13 años y me pilló aún jugando con muñecas y mi primer beso llegó casi con la misma edad a la que estas niñas probablemente experimentaron su primer orgasmo. Al decir esto me siento un poco como mi abuela, que no lograba entenderme a mí cuando era pequeña, porque intentaba comparar toda mi vida con la suya y había años luz de diferencia. Puede que mi impresión en este tema sea única y exclusivamente el resultado de un choque generacional lógico que me desborda por las pocas ganas que tengo de hacerme mayor, pero sospecho a la vez que si la experimentación sexual se hace cada vez más prematura es posible que llegue el día en que los niños no tengan la oportunidad de disfrutar su infancia. Me explico. Tengo la sensación de que los niños de hoy tienen tantas ganas de hacerse mayores como los mayores de mantenernos jóvenes. Nadie les debe haber dicho que ser adulto es más una fuente de problemas y responsabilidades que un regalo que te hace libre. Más al contrario, la libertad absoluta se disfruta cuando uno está al margen de prejuicios y vive su edad dorada de la ingenuidad. Ojalá, sin resultar carcas o represores, los adultos de hoy en día fuéramos capaces de hacer ver a los jóvenes del futuro que ser niño es un lujo, que para el sexo siempre hay tiempo y que una vez te haces mayor, nunca más te está permitido volver a ser niño. Lo que yo daría...

La mierda



Hace tiempo que tengo ganas de hablar de lo escatológico, del morbo de algunas palabras. Es un tema que me llama mucho la atención. Es asombroso lo difícil que puede ser para muchas personas hablar en público de algo tan natural como puede ser la mierda, un término que ofrece gran resistencia a ser escrito en mayúsculas sin provocar cierta sensación indecorosa. Sin embargo, es una palabra que recoge la Real Academia y, digo yo, que si no mancha las páginas de un diccionario tampoco ha de manchar las de un diario. Utilizar esta palabra por escrito produce la misma vergüenza que nos da a las mujeres decir que vamos a cagar, es decir, que vamos al baño o a hacer caca. Se me olvidaba que es de mala educación que una mujer cague. Nosotras sólo vamos al water (no vale especificar intenciones), son los hombres los que pueden cagar a gusto y además confesarlo sin sonrojo. Alguna vez, en medio de una reunión formal con desconocidos he tenido fuertes tentaciones de levantarme y anunciar con sonrisa inocente que voy "a mear" sólo para comprobar la reacción de los compañeros, pero me han faltado las fuerzas para tal osadía. Los principios inculcados por la familia son más poderosos de lo que creemos, tan poderosos como contradictorios. No hay cosa que me dé más rabia que ver cómo los padres más modernos ríen cuando entre las primeras palabras del hijo de 3 años está algún taco malsonante del tipo coño o gilipollas, pero ese mismo niño recibe un tortazo cuando se le ocurre pronunciar la misma palabra en edad adolescente. ¿Acaso eso es coherencia? A parte de eso, a las mujeres nos encanta hablar de la mierda. De la mierda de trabajo que tenemos, de la mierda de novio, de la mierda que tiene la casa... Pero ¿cuántas veces hemos tenido que aguantar un pedo o un erupto con tal de no dar mala impresión a nuestra pareja mientras ellos se expanden a sus anchas? Tanto pudor lingüístico acaba por convertirse en continencia doméstica. Necesitaría más papel para quedarme a gusto pero como esta columna ya empieza a oler, yo me lavo las manos. Sólo digo que ya está bien: o todos moros, o todos cristianos.

Thursday, July 28, 2005

En pie de guerra


Estamos en guerra. Sálvese quien pueda. Donde está el cuerpo está el peligro. Aaaah. ¿Qué coño está pasando?Llevo un tiempo con la misma sensación que debía tener mi abuela cuando vivió sus días de Guerra Civil. Yo no oigo los bombardeos cada noche, pero oigo la amenaza constante en la tele, en la radio, en el periódico. "Vienen a por tiiii", sueño por las noches y me despierto pensando que algo anda mal, muy mal cuando un puñado de terroristas han puesto en pie de guerra a todos contra todos, a los malos contra los "presuntos" buenos, a los países contra sus súbditos y contra los súbditos de otros países, a mí contra mis vecinos a los que intuyo sospechosos, a mis vecinos contra mí que me ven como un peligro por andar siempre con una mochila a la espalda.Hubo un tiempo en que el terrorismo era local y el conflicto podría haberse comparado con una guerra civil. Ahora el fenómeno es una auténtica guerra mundial que no sabe de fronteras, donde el enemigo, dicen, tiene cara de moro pero no tiene nombres ni apellidos.Los países ricos, los mismos que desde la Guerra Fría hemos vivido al margen de las guerras porque durante unos años hacer la guerra era cosa de pobres, nos vemos de nuevo obligados a tomar las armas. Obligados porque la injusticia que hemos alimentado durante nuestros años de vacas gordas ha nutrido el fanatismo de los que viven oprimidos por la miseria. Contra el fanatismo de las almas suicidas no valen acuerdos de última hora ni apaños de remanguillé. Hemos dado alas a un monstruo que ahora se vuelve en nuestra contra y además, no podemos quejarnos porque cuando consumía las armas que nosotros le suministrábamos para atacar a los suyos no queríamos ver que algún día podía usar esas mismas armas contra nosotros, sus verdaderos enemigos.Ellos no tienen futuro y prefieren morir, llevándose a más de uno por delante a su paso.Otros tampoco tienen futuro y prefieren venir a vernos en pateras para mendigar que les demos auxilio, pero parece que lo lógico es quejarnos porque no sabemos qué hacer con ellos.En todas las guerras mueren inocentes, civiles, gente que no tiene culpa de nada. Pasó en Vietnam, pasó y sigue pasando en Irak o en Afganistán, paso en Iroshima, pasa en Angola y pasó en Nueva York, en Madrid, en Londres y en Egipto.Las guerras dejan muertos y los muertos inocentes son todos iguales aunque nos duelan más cuando tienen nombres que podemos pronunciar. No hay muertos de primera y de segunda. Da igual si el gatillo lo aprieta un terrorista o un policía de Scotland Yard que se equivocó buscando a los malos. La vida se ha convertido en un videojuego y yo quiero salir de esta pantalla.En medio de tanto horror, sólo queda rezar y esperar un milagro o que la muerte llame a la puerta y tengamos también que decir adiós. Si no lo hace un huracán causado por el calentamiento del planeta provocado por el hombre lo hará otro hombre con una bolsa asesina o un maltratador que nos machaque la cabeza con una escopeta vieja. ¿Cómo protegernos de nosotros mismos?
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Sunday, July 24, 2005

Hablar por hablar


Estoy harta de hablar por hablar. Tengo complejo de loro. El otro día leí en un artículo de Buenafuente, ese milagro televisivo cuya ausencia sufro cada día en silencio, como los hemorroides, que en el mundo en el que vivimos nadie escucha a nadie. Y es verdad, coño. ¿Cuántas veces no nos pasa que estamos ahí, en medio de una conversación supuestamente personal y muy interesante, con alguien en frente soltando la retahíla y tú mientras estás pensando lo que vas a soltar en cuanto que acabe lo que está diciendo? Millones de veces, seamos sinceros. Es más, no recuerdo en este momento cuándo fue la última vez que "escuché" a alguien lo bastante atenta como para poder repetir lo que me decía al minuto siguiente. Qué pena. Somos una pandilla de egocéntricos incorregibles. Y digo somos porque aunque yo sea la única que reconozca que pienso en otras cosas mientras me hablan, he comprobado que es algo muy común. Desde que leí lo del Buenafuen, a veces tiendo trampas a mis interlocutores. Me pongo a hablar y a hablar y de buenas a primeras, zas, me paro un poco y les pregunto. A ver, qué estaba yo diciendo ahora mismo. Muy pocos han podido superar la prueba y salir airosos. La mayoría pueden decir el tema: estabas hablando de fulano o de mengano, o estabas hablando de la calor o de la facultad. Sí, sí, pero qué, qué exactamente. ¿Lo sabes? Pues dilo. No me estás escuchando. En fin, es como que hago pagar el pato a otros por mi propio egocentrismo. Este mundo está mal, muy mal, señores. Lo sé porque vivo en él. Hoy estoy con la regla. Si alguien quiere escuchar mis lamentos, que lo diga. Pero que sea para escucharlos. Si no, prefiero seguir divagando sobre un papel. Bueno, mejor me callo. Si es que no paro de hablar. Tengo complejo de loro. ¿Lo había dicho ya?