
El otro día, un amigo me contó alarmado que había leído en no sé qué revista que cada vez era más frecuente en las consultas de los psicólogos chicas de entre 17 y 20 años en busca de ayuda porque están hartas de sexo y que se enfrentan, a tan corta edad, al hastío y a la necesidad de huir de una parte tan sana y placentera para el ser humano como es la sexualidad. Igual de mala es la sequía que las lluvias torrenciales incontroladas, pensé. En mi época, mucho más avanzada que la de generaciones anteriores, el despertar del sexo empezaba justamente a la edad a que estas niñas dicen haberlo vivido ya todo. Recuerdo perfectamente que mi primera regla hizo acto de presencia cuando tenía 13 años y me pilló aún jugando con muñecas y mi primer beso llegó casi con la misma edad a la que estas niñas probablemente experimentaron su primer orgasmo. Al decir esto me siento un poco como mi abuela, que no lograba entenderme a mí cuando era pequeña, porque intentaba comparar toda mi vida con la suya y había años luz de diferencia. Puede que mi impresión en este tema sea única y exclusivamente el resultado de un choque generacional lógico que me desborda por las pocas ganas que tengo de hacerme mayor, pero sospecho a la vez que si la experimentación sexual se hace cada vez más prematura es posible que llegue el día en que los niños no tengan la oportunidad de disfrutar su infancia. Me explico. Tengo la sensación de que los niños de hoy tienen tantas ganas de hacerse mayores como los mayores de mantenernos jóvenes. Nadie les debe haber dicho que ser adulto es más una fuente de problemas y responsabilidades que un regalo que te hace libre. Más al contrario, la libertad absoluta se disfruta cuando uno está al margen de prejuicios y vive su edad dorada de la ingenuidad. Ojalá, sin resultar carcas o represores, los adultos de hoy en día fuéramos capaces de hacer ver a los jóvenes del futuro que ser niño es un lujo, que para el sexo siempre hay tiempo y que una vez te haces mayor, nunca más te está permitido volver a ser niño. Lo que yo daría...
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