Sunday, July 31, 2005

Esos locos bajitos II


Los niños son extraterrestres mientras lo son, niños, mientras viven en su planeta, en ese mundo habitado por fantasías, miedos y personajes que encarnan en la vida real el papel que cada niño les asigna. Lo sé porque yo también he sido niña. Hay niños que tienen cara de viejos, niños con cara diabólica y niños con rostro de marcianitos y ojos desorbitados que viven pendientes de cualquier acontecimiento que pueda despertar en ellos la sorpresa.
Son seres fascinantes a los que se les presta muy poca atención porque son muy bajitos, pero los en realidad son como diminutos conquistadores que descubren la tierra prometida en sus sueños a cada paso que dan y que moldean sus sentimientos a golpe de tropezones, de bofetadas, de dudas y de misterios. Como debe de ser, sin un guión de comportamiento, sin un molde prefabricado. La mirada de un niño recién nacido es algo alucinante. Sus ojitos redondos se encogen para llorar cada vez que una nueva sensación les asalta, ya sea el hambre, el miedo, la sed o el dolor.
Los planetas imaginarios infantiles son los verdaderos planetas imaginarios. Nada que ver con las verborreas de los adultos o de presuntos poetas que, a base de dar vueltas a las palabras, acaban olvidandon la intención que las motivaba, la esencia. A los niños, las esencias les importan un carajo. Todo en sus vidas es esencia y esencial y el resto, simplemente, no existe para ellos. Todo a lo que se enfrentan esconde secretos ocultos por desvelar que hacen de la realidad adulta un cosmos mucho más rico, que codician, en el que rebuscan y desordenan para hallar lo que otros escondieron bajo llave. A los niños no les gustan los tesoros ocultos ni los libros prohibidos ni los secretos de sus padres. O quizás sí. Son precisamente esas cosas las que despiertan su curiosidad más desesperada y les hace tramar todo tipo de fechorías para dejar desnuda la realidad más pura.
Los niños son los verdaderos sabios, los de la mirada limpia, los que deberían ir a las urnas y votar, los aptos para hablar en las tertulias de la radio y opinar cómo quieren que sea el mundo que sus antecesores les van a dejar en herencia. Ellos tienen la clave de las cosas importantes mientras a los adultos se nos olvidó por el camino que las cosas tenían una clave y un porqué. Precisamente, el niño escondido en cada adulto, al que tapamos la boca para poder crecer, es la víctima que sufre las desdichas de un mundo injusto y el que nos hace llorar cuando bajamos la guardia. Por eso, son los niños los que están en el anonimato y no tienen voz, porque dan miedo a los que se creen que desde su púlpito regalado por la edad se ve todo más claro cuando en realidad todo está más borroso.

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