
Estamos en guerra. Sálvese quien pueda. Donde está el cuerpo está el peligro. Aaaah. ¿Qué coño está pasando?Llevo un tiempo con la misma sensación que debía tener mi abuela cuando vivió sus días de Guerra Civil. Yo no oigo los bombardeos cada noche, pero oigo la amenaza constante en la tele, en la radio, en el periódico. "Vienen a por tiiii", sueño por las noches y me despierto pensando que algo anda mal, muy mal cuando un puñado de terroristas han puesto en pie de guerra a todos contra todos, a los malos contra los "presuntos" buenos, a los países contra sus súbditos y contra los súbditos de otros países, a mí contra mis vecinos a los que intuyo sospechosos, a mis vecinos contra mí que me ven como un peligro por andar siempre con una mochila a la espalda.Hubo un tiempo en que el terrorismo era local y el conflicto podría haberse comparado con una guerra civil. Ahora el fenómeno es una auténtica guerra mundial que no sabe de fronteras, donde el enemigo, dicen, tiene cara de moro pero no tiene nombres ni apellidos.Los países ricos, los mismos que desde la Guerra Fría hemos vivido al margen de las guerras porque durante unos años hacer la guerra era cosa de pobres, nos vemos de nuevo obligados a tomar las armas. Obligados porque la injusticia que hemos alimentado durante nuestros años de vacas gordas ha nutrido el fanatismo de los que viven oprimidos por la miseria. Contra el fanatismo de las almas suicidas no valen acuerdos de última hora ni apaños de remanguillé. Hemos dado alas a un monstruo que ahora se vuelve en nuestra contra y además, no podemos quejarnos porque cuando consumía las armas que nosotros le suministrábamos para atacar a los suyos no queríamos ver que algún día podía usar esas mismas armas contra nosotros, sus verdaderos enemigos.Ellos no tienen futuro y prefieren morir, llevándose a más de uno por delante a su paso.Otros tampoco tienen futuro y prefieren venir a vernos en pateras para mendigar que les demos auxilio, pero parece que lo lógico es quejarnos porque no sabemos qué hacer con ellos.En todas las guerras mueren inocentes, civiles, gente que no tiene culpa de nada. Pasó en Vietnam, pasó y sigue pasando en Irak o en Afganistán, paso en Iroshima, pasa en Angola y pasó en Nueva York, en Madrid, en Londres y en Egipto.Las guerras dejan muertos y los muertos inocentes son todos iguales aunque nos duelan más cuando tienen nombres que podemos pronunciar. No hay muertos de primera y de segunda. Da igual si el gatillo lo aprieta un terrorista o un policía de Scotland Yard que se equivocó buscando a los malos. La vida se ha convertido en un videojuego y yo quiero salir de esta pantalla.En medio de tanto horror, sólo queda rezar y esperar un milagro o que la muerte llame a la puerta y tengamos también que decir adiós. Si no lo hace un huracán causado por el calentamiento del planeta provocado por el hombre lo hará otro hombre con una bolsa asesina o un maltratador que nos machaque la cabeza con una escopeta vieja. ¿Cómo protegernos de nosotros mismos?
Suprimirlo Cancelar Cancelar
No comments:
Post a Comment