Thursday, March 31, 2005

Vacaciones en septiembre


A mí no me gusta trabajar. Es una cosa que yo suelo repetir. En realidad, miento. Lo bueno de trabajar es que cada cierto tiempo te toca irte de vacaciones. Lo malo es que esos periodos llegan por turnos y siempre hay uno que se va antes que tú y se encarga de recordarte a cada instante lo bien que se está en la playa, lo bueno que sabe el tinto de verano cuando al día siguiente no hay que madrugar y la de conciertos, obras de teatro y espectáculos de todo tipo que tú te pierdes porque tu tiempo es limitado cuando el día se divide entre el curro y las sobras.
Por culpa de esos insensatos que se divierten poniéndote los dientes largos, en estos días previos a mis vacaciones sólo se me ocurre seguir los consejos de la bruja Lola y poner velas negras a diestro y siniestro. Es ahora cuando me alegro si me entero de que está lloviendo por la Costa del Sol, si se anuncian fuertes vientos de Levante en Cádiz y si alguien me comenta lo caros que están los vuelos al extranjero en los meses de julio y agosto.
Aunque me sienta miserable por mi envidia insana, he de confesar que mi estrés prevacacional se libera cada vez que pienso en las playas masificadas y los cuerpos pegajosos a pie de arena, las horas a bordo de coches destartalados que mis amigos los aventureros han de soportar y las clásicas torpezas de los despistados que siempre acuden en busca de marcha al lugar equivocado. Mi sonrisa más maléfica brota casi sin querer al otro lado del teléfono cada vez que, en un acto de masoquismo, llamo al que le tocó el turno de vacaciones anterior al mío y me cuenta algún imprevisto desafortunado. Por supuesto, no le deseo mal a nadie, no llega hasta ahí mi mal carácter. Sólo disfruto en el proceso de autoconvencimiento de que cuando yo me vaya de vacaciones el sol brillará radiante, los precios habrán bajado a la mitad, la costa tendrá un hueco para mi sombrilla y todos los que ahora me lapidan con sus historias sufrirán cuando yo les llame para decir que ellos ya están de vuelta al tajo. Es lo que tiene irse en septiembre. Ríes el último, pero cuando ríes, ríes más y mejor que nadie. Ja.

Orgasmatrón


A las mujeres no nos gusta el placer fácil. Al menos ésa es la conclusión que debe haber sacado el doctor norteamericano Stuart Meloy, que anda desesperado buscando voluntarias para que prueben su fabuloso orgasmatrón. Para una vez que un científico se afana en encontrar un artilugio que beneficie a las mujeres y nos haga la vida más amena, nosotras vamos y decimos que no queremos ni verlo. Bueno, lo de "nosotras" es mucho generalizar. A mí nadie me ha preguntado si quiero probar y creo que, en principio, estaría dispuesta.
No me convence mucho el tema de que haya que someterse a una intervención quirúrgica y lo de la anestesia tampoco es que me emocione, pero yo me sacrificaría, por el avance de la ciencia y porque en esta vida hay que probar cosas nuevas. Sería la envidia de "todas y todos", que diría Rosa Aguilar. Estoy convencida de que ellos tendrían incluso más envidia que ellas. Al fin y al cabo, las chicas siempre podrían probarlo si quisieran, pero ellos... ¡no!, y eso que se darían tortas por ser los primeros. Pero es que no hay orgasmatrón para los hombres, ¡aahhh se siente!. Además, si todas nos animáramos, los pobres tendrían que competir en su relación de pareja con un aparatito infalible poseedor del secreto y misterioso punto g femenino. Vamos, un ataque insoportable para el orgullo del macho man que acabaría además descubriendo a muchas frígidas que su frigidez era ficticia.
Lo que sí siembra dudas en mi mente es eso de que tu placer dependa de una especie de mando a distancia que cuando lo pulsas, te provoca un orgasmo fulminante. Imagino que si el mando se te pierde y cae en las manos equivocadas, tu vida puede convertirse en un infierno, placentero, pero infierno. Si hay mala idea, te pueden meter en un lío y provocarte un orgasmo en las situaciones más inoportunas: en una reunión de trabajo, en medio de una boda por la iglesia o en la mismísima consulta del ginecólogo. Habría que tenerlo como el cinturón de castidad, bajo llave.

La primavera ya está aquí



La primavera ha hecho acto de presencia. Bueno, eso dicen las fechas y los cambios de hora. Ésos que aún no alcanzo a entender, porque alargan los días ya largos del verano y acortan los ya cortos días del invierno. El caso es que la estación recién estrenada empezó a freírnos con un calor prematuro hace unas semanas para empaparnos otra vez días más tarde y, por último, devolvernos al sol radiante que sólo Dios sabe cuánto durará.
Señores y caballeros, digo, señoras y damas, ha llegado ese momento crítico del año en que está permitido llevar chaquetón de pelito y sandalias del dedo al aire sin que a uno le de ni frío ni calor. Estos días no hay que ser guiri para ponerse calcetines con las chanclas porque todo vale. Cada uno que improvise lo que pueda y se coloque lo primero que tiene a mano. Si agarra una bufanda mona, bienvenida sea para la brisa matutina, pero si encuentra unos shorts estilo tenista, tampoco pasa nada. Bien están con unas calcetas de rayas. Es el tiempo de los locos, que diría mi abuela.
A mí, más que al revoltijo de hormonas (que en mi caso está presente todos los días del año) la primavera me trae a la memoria los cambios de armario. Los cambios, no las salidas. Si cierro los ojos, puedo ver a una madre cualquiera de los años ochenta intentando encajar en una misma cómoda los jerseys de angora y las camisetitas de algodón de la nena, las botas Katiuska y las sabrinas, las faldas de patita de gallo y los pichis de franela con las minis fresquitas de tejido vaporoso de la otra nena. Son imágenes de la historia que están cargadas de significado. Significan que hay cosas que nunca cambian. Ahora, los armarios son más grandes aunque los pisos sean más chicos, pero la lucha por apretar cuantos más trapos mejor en un espacio mínimo sigue siendo el pan diario de las madres de hoy en día. También es época de caridad. De las donaciones y/o trueques obligados a amigas, primas, vecinas y hermanas de todos los restos de ropa que a una no le entran en el closet. Bueno, eso ya no se lleva tanto como antes. Ahora lo normal es soltar la bolsa en la caja de cartón que un señor o señora invisible coloca en el descansillo del bloque de cada cual. Y qué dolor da deshacerse de esos conjuntos descoloridos y que siempre le quedan tan bien a la que recibe la donación en cuestión. Y qué ganas de quitárselo y volverlo a meter en el armario, por si acaso... Pero, asimilémoslo, esa talla ya siempre será demasiado pequeña.

El tamaño ¿importa?

Que no se asuste nadie. No vengo a hablar del tamaño del miembro viril. Bueno, no sólo de él. Aunque, pensándolo bien, mejor será abordar este tema cuanto antes y seguir con el resto. El otro día escribí una columna describiendo al hombre ideal, hablaba del sentido del humor, de la comprensión y del cariño. Se lo pasé a unas amigas y me quitaron las ganas de publicarlo. Después de tres minutos de conversación, la conclusión fue que una de las piezas claves en una relación es que la pareja funcione bien en la cama, para lo cual el tamaño es tan importante como la imaginación o el don del movimiento rítmico sincronizado.
Y es que, haciendo repaso a las cosas de la vida, aquello de que lo bueno viene dado en frascos pequeños se aplica en muy pocas ocasiones. Y si no, hagamos memoria. Los hombres prefieren a mujeres con tetas cuanto más grandes mejor, con culo potente y que tengan ojos que destaquen junto a los labios carnosos.
Las mujeres todavía tomamos como referencia aquello que dicen de que en el hombre casi todo es proporcional. Pies y nariz pueden servir de referencia para calcular la medida de otras partes del cuerpo. Así que, si es narigón y calza un 46, la cosa a primera vista tiene posibilidades, aunque siempre haya sorpresas de última hora.
Lo de que el tamaño no importa es muy relativo. Decir que todo depende de ello sería como afirmar que la penetración lo es todo en el sexo, pero las que han padecido un micropene confiesan que la talla también tiene su importancia aunque no lo digan abiertamente al ser querido.
Y si pasamos a lo puramente material, ¿dónde está el gusto por lo pequeño? El coche, la televisión o el piso, si son grandes, mejor que mejor. Y si hablamos del bolso, ¿qué mujer se conforma con una carterita cuando puede llevar todo tipo de potingues en uno más holgado?
Hoy en día, el tamaño XL es pieza de cambio de valor incalculable por el que muchos se rigen a la hora de comprar un regalo o sopesar el cariño de un ser querido. A caballo regalado, no le mires el diente, pero si el jamón que da la empresa por Navidad es pequeño, parece que no tiene tanta gracia como si es uno de peso consistente. En definitiva y retocando el refrán, habría que decir que lo bueno, si grande, dos veces bueno.

Envidia cochina


Ya sé que las mujeres (y especialmente las feministas) me odiarán por esto pero reconozco que, a veces, tengo envidia de los hombres. Me encantaría vivir con la inconciencia nata que les caracteriza. Con esa simpleza que les hace pasar por alto detalles que a nosotras nos torturan (como limpiar, en caso de goteo y cerrar la tapadera del water cuando dan por concluida su faena en el cuarto de baño). Ellos son seres que viven preocupados por cuestiones más importantes, angustiados por temas de trascendencia mundial como los resultados de la liga de fútbol o la talla de sujetador de la vecina del quinto y es lógico y normal que olviden otras vanalidades que a las mujeres nos traen de cabeza.
Lo siento señoras, pero he de justificarlos también cuando nos llaman histéricas porque, cuando una vez al mes se entregan al esfuerzo inhumano de preparar un plato de gusto indefinido, a nosotras sólo se nos ocurre gritar destacando que la cocina ha quedado hecha un asco, en lugar de darles las gracias por su labor de cooperación en la casa.
Por otro lado, me parece soberanamente injusto reprocharles que dejen su ropa tirada por el suelo cuando salen de la bañera y no la recojan de inmediato, porque ellos también contribuyen a pagar la letra del piso y deberían tener el derecho a imponer alguna norma. Los hombres necesitan un tiempo para ejecutar las acciones que a nosotras nos parecen de imediato cumplimiento del que nunca pueden disponer por nuestra culpa.
Y, por último, no podemos olvidar que los hombres de hoy son sólo víctimas de una educación machista promovida por las madres del mundo y eso es algo que no pueden cambiar por mucho que su entendimiento racional les dicte lo contrario. Su mente les dice que sean pulcros y ordenados pero nadie nunca les dijo cómo serlo. ¡Pobrecillos! Ya dijo el filósofo que el hombre es un animal de costumbres --yo le corregiría, "de malas costumbres"--, y eso, mujeres, no se cambia a base de incomprensión sino de mucho amor y paciencia. Además, como dicen ellos, no todos son iguales.

Para compartir hay que sufrir


El otro día tuve una conversación de lo más divertida con una amiga mía. Resulta que ella y yo, por casualidades del destino, quizás, o porque hay proclamada escasez de especímenes masculinos disponibles, nos hemos encaprichado del mismo hombre. Digo encaprichado porque a ninguna le ha entrado enamoramiento o algo similar, con lo cual aún somos capaces de hablar del tema sin trifulcas.
En un gesto de amistad suprema, al descubrir que compartíamos el mismo capricho contestamos al unísono: "Entonces, para ti, tía". Pero como ninguna aceptaba la resignación de la otra, acordamos que si alguna conseguía algo con el susodicho, aquello no rompería nuestro vínculo amistoso, marcando así las reglas de un juego limpio que no sabemos muy bien adónde nos llevará.
La conversación no quedó ahí. Seguimos debatiendo quién tenía más posibilidades en el campo de juego e incluso intercambiamos consejos de cómo sacar mejor partido a nuestro potencial conquistador. Después de una laaaarga charla nos dimos cuenta de que el problema podría tener una fácil solución, compartir al individuo a partes iguales, como si de un pastelito de chocolate se tratara. Nosotras, en principio, nos mostramos de lo más tolerantes y, eliminando de antemano la hipótesis de que alguna quedara locamente enamorada del tipo (me faltan sinónimos para hablar de los hombres), nos autoconvencimos de que tal teoría era posible. Partiendo de aquí, pasamos a pensar en el otro, en lo que pensaría él de todo esto. "Seguro que está encantado, ¿qué hombre no querría tener a dos mujeres como nosotras para él?", nos contestamos casi a modo de coro. Ese día nos despedimos, seguras de nuestro pacto, pero a la mañana siguiente, tras consultar el tema con la almohada, caímos en la cuenta de que aquello era imposible. Seguro que él estaría encantado. Pero, ¿y nosotras? Con lo difícil que es en estos tiempos que un hombre te satisfaga, ¿dónde encontrar a uno que pueda con dos?. Así que ahí andamos, haciendo cásting de sementales.

Estoy de obra


Hace unos meses me até la soga al cuello y di el sí a una hipoteca para comprarme un piso, por llamarlo de alguna manera. En realidad, es un estudio diminuto donde queda prohibido que se te escape un minúsculo gas siquiera en el cuarto de baño cuando hay visita porque el espacio es único e indivisible y la intimidad es una utopía si hay más de una persona dentro. Por la misma regla de tres, las fiestas en mi casa tienen que ser chiquititas y silenciosas porque la calle entera rebota si yo pego un salto en el salón. Es todo lo que pude encontrar que se ajustara a mi presupuesto, pero no me quejo. Me voy acostumbrando a vivir en la casa de Pin y Pon. Lo que aún me rebela es mi ineptitud a la hora de controlar al personal encargado de las reformas y hacer que cumplan con su trabajo. Parece que cuanto más pequeño es el piso, mayores son los problemas de los albañiles a la hora de terminar la faena. Es como si todos los pisos del mundo tuvieran prioridad sólo por ser más grandes que el mío. Si tengo yo razón al decir que el tamaño importa.
Cuando cuento esto la gente cree que exagero pero créanme que le quito hierro a asunto. He esperado más de tres meses para ver el baño alicatado (tres metros cuadrados escasos) y eso que el albañil no era perfeccionista precisamente. La llave de paso del agua, por ejemplo, ha decidido colocarla en medio del salón en vez de en el cuarto de aseo, lugar lógico y natural de la misma, y después ha tratado de convencerme de que me será muy útil para colgar la talega del pan ¿?
Pero la cosa no acabó ahí. Cuando se fueron los albañiles, llegaron los del parquet, que me prometieron que en dos días se irían de mi casa. Bueno, pues va para tres semanas y el puzzle del suelo sigue incompleto. Mi madre está convencida de que me han echado un mal de ojo y está deseando que acaben todos para rociarme el suelo con agua de rosas y barrer la estancia con laurel, que dice ella, ahuyenta a los malos espíritus.
Desde luego, la cosa muy normal no es. Mis nervios están rozando la histeria y hasta le estoy cogiendo miedo al pintor, que todavía está por venir, por si se le ocurre hacerme un fresco en el techo o disimular la llave de paso con un mural picassiano. Sólo espero que este capítulo de Manos a la obra tenga un final feliz.

Crisis de hombres



España está en crisis. En crisis económica, en crisis de ideas y en crisis de hombres. Eso de la liberación de la mujer ha sido un timo. Los que de verdad se han liberado aquí han sido ellos y las que hemos salido perdiendo somos nosotras. Por fin han podido salir del armario todos los que estaban escondidos y los que no, han encontrado el terreno liso para campar a sus anchas entre mujeres ansiosas por hallar a su príncipe azul. Somos demasiadas mujeres para tan pocos hombres. Ellos saben que siempre hay un roto para un descosío. A nosotras, nos quedan sólo los descosíos.
Cada día envidio más a mi abuela cuando habla de que mi abuelo le hacía la corte y la perseguía para conquistarla. Suena todo tan tierno. ¿Dónde han dejado ellos ahora las ganas de mover un sólo dedo para complacer a una mujer? El romanticismo ha muerto y ya sólo nos queda convertirnos en devoradoras de hombres si queremos comernos un rosco, aunque al final puede que acabemos ayunando o nos pase como a Desi, la de GH, que nos tomen por unas pesadas y nos ganemos el odio de ellas y ellos.
En los años cincuenta, sesenta o setenta, las mujeres se hacían valer por medio del no sistemático. Conseguir darle la mano a una fémina o besarla en la mejilla era todo un hito. Las chicas sabían cuál era el camino para conseguir su objetivo, negarse a todo. Dos décadas más tarde la modernidad ha roto tanto los moldes que ahora todo entra en el mismo saco: amigos, novios o amantes. Mi generación es la gran sufridora de este mal. En todas las revistas nos venden lo ideal que es vivir sola y lo guay que es ser independiente. Y aunque tengan parte de razón, a la hora de la verdad, nadie quiere pasar sus días como la una. En definitiva, la cosa está fatal. Aunque haya excepciones, entre los homosexuales (a los que adoro pero no nos sacan de apuros), los casados (cuanto más lejos, mejor) y los que pasan de todo (a ellos, ni fu ni fa), poco queda para escoger, así que las opciones son escasas: quedarse con los divorciados (personal reciclable) o preparar un buen sillón, una televisión panorámica y un buen puñado de libros. La imaginación es la única arma para salir de esta crisis y confiar en que vendrán tiempos mejores. Esperemos que lleguen antes que las dentaduras postizas.

De mayor, que sea fontanero


No sé si algún día tendré un hijo o no. Al paso que voy, o lo tengo rapidito o, como dice mi abuela, se me va a pasar el arroz. Yo, de momento y mientras mi ginecólogo diga que hay posibilidades, no pierdo la esperanza en ofrecer al mundo mi descendencia.
Lo que sí tengo claro es que, al contrario que hicieron mis padres y todavía hacen hoy en día los padres jóvenes que conozco, no intentaré convencer a mis hijos para que desperdicien su tiempo y mi dinero en la Universidad. Si no me sale ningún empollón, los guiaré por el buen camino hacia oficios más recomendables como el de electricista o fontanero. No bromeo. Para mí, el trabajo es una forma de ganar dinero que, si tienes suerte, te reporta de vez en cuando alguna satisfacción. Pero, por encima de todo, es una forma de ganar el jornal que hace falta para vivir y punto. No nos engañemos, las satisfacciones te pueden llegar igualmente por otras vías y, normalmente, son más dulces si el bolsillo está lleno. Siento sonar tan materialista, pero no conozco a nadie que, después de ganar la lotería, haya seguido yendo al curro como de costumbre.
El caso es que el otro día tuvimos una urgencia en la comunidad de vecinos. Se fundieron los plomos y nos quedamos a oscuras en la escalera. Alguien llamó a un electricista y éste se presentó allí con una lista de precios que daba vértigo. A saber: 24 euros en transporte (que no sé yo si vendría desde Burgos porque con ese dineral voy y vuelvo yo a Sevilla dos veces), 50 euros por hora (el señor no empleó más de 30 minutos en el arreglo, pero la tarifa mínima incluye 60 y no hay más que hablar) y, por supuesto, 21 euros por la urgencia (que tiene guasa. Le llamaron a las 9.30 de la mañana y apareció a eso de las 12).
Si hago el cálculo, a poco que este hombre haga dos o tres servicios al día, triplica mi sueldo seguro. Un tío listo, se ahorró el dinero de la Universidad y ahora se culturiza leyendo todo lo que puede mientras a otros, cinco años hincando codos nos quitaron el tiempo y las ganas de seguir leyendo.

Un, dos, un, dos


Hacer ejercicio se ha convertido en el mejor sustituto del sexo. Descartado el chocolate por las calorías que contiene y puestos todos a perder kilos ¿qué mejor terapia de choque contra las épocas de escasez que unas horas de gimnasio? De todas es sabido que la mejor forma de adelgazar es darle a tu cuerpo alegría. Pero el ejercicio físico, si lo haces con ganas, te deja tan hecha polvo como si hubieras cabalgado durante horas a lomos del más fiero de los hombres. Aunque en este caso, Torrente diría menos mariconeo y a follar más.
En el fondo, gimnasia y sexo tienen mucho que ver. Por ejemplo, los dos se practican con poca ropa y producen líquidos corporales. El deporte, entendido como ocio, también es un juego de sí pero no, al que se renuncia si te duele la cabeza. Lo malo del gimnasio son los días en los que acabas tirando la toalla, porque allí nadie te empuja a que sigas. El ejercicio no es cosa de dos, aunque el sexo, a veces, tampoco. Además, ir al gimnasio sube la moral, quieras o no. La que más y la que menos, cuando acaba con los aparatos, el aerobic o el boxing, se mira al espejo y si no hay nadie alrededor se lanza el piropillo de rigor: ¡mira qué músculos!, ¡vaya culo!, ¡estás más buena que el pan!. Así salimos del gimnasio, pensando que somos Claudia Schiffer, sin complejos, con la cabeza muy alta y listas para sucumbir al primero que ofrezca una cerveza. Las agujetas ya llegarán a la mañana siguiente, pero en ese momento te sientes como la reina del mambo. Y eso que, visto fríamente, casi nadie resulta sexy en un gimnasio. A todos nos queda o demasiado ajustada la malla, o muy grande el pantalón o bastante catetos los calentadores a lo Eva Nasarre.
En todo esto, lo que más me llama la atención es la voluntad de la gente. Yo nunca duro más de un mes apuntada al gimnasio. Me ataca la pereza y me borro hasta que los remordimientos vuelven a lapidarme y me apunto otra vez, a regañadientes con la báscula. Pero ¿de dónde sacan las demás las horas para ir al gimnasio y atender al trabajo, el marido, los niños, lavar el coche y tender la ropa? Mucho ejercicio veo yo para lucir palmito, pero en la cama, con tanto esfuerzo, sólo pueden quedar ganas de dormir...

Amigo conductor


Yo no soy feminista, machista ni sexista, aunque firme esta columna y digan algunos lo que digan. Me dan repelús los --ismos en general. Soy persona antes que mujer y como tal, me contradigo en casi todo. Sin embargo, hay cosas de los hombres que verdaderamente claman al cielo. Una de ellas es ese inexplicable complejo de superioridad que a la mayoría del género masculino le entra cuando se pone delante de un volante. Y recalco lo de mayoría porque me consta que, gracias a Dios, hay muchos a los que nunca les he oído decir esa odiosa frase que reza: ¡mujer tenía que ser! Una sentencia tan condenadamente repulsiva como aquella otra que aún escucho a modo de broma incluso entre los sectores más civilizados en relación a los malos tratos: ¡algo habrá hecho!, a lo que sigue una risotada que viene a decir "que es brooooma". Pues, menuda broma. ¡El que acaba de decir algo digno de un bofetón eres tú y me aguanto!, me entran ganas de responder.
El caso es que esta mañana me ha sacado de quicio un jovencito de 50 años que, a bordo de su coche, intentaba pasar por encima del mío, sin intermitente y comentando a su señora esposa "¡Verás tú ésta!". Lo sé porque le leí los labios mientras invadía mi carril. Y es que ellos tienen derecho a incumplir toda norma protegidos por el halo de la sabiduría genética que proporcionan los años de conducción de sus antepasados, mientras las mujeres tienen que pedir permiso antes de entrar en una rotonda porque somos recién llegadas al mundo del motor. Hay que ver las cosas como son. La mayoría de las mujeres (sálvese quien pueda) no tenemos ni idea de cambiar una rueda, somos inútiles con las bujías o, como yo, nos enteramos después de dos años con coche que existe una pieza importante que se llama correa de distribución. Los hombres, o mejor, muchos hombres, saben de mecánica más que nosotras. (Lo cual tampoco es un mérito, teniendo en cuenta que nosotras estamos pegadas). Sin embargo, al volante, somos mejores, mucho mejores que ellos. Pero nunca lo reconocerán. Tampoco hace falta. Para eso están las aseguradoras, que nos prefieren a nosotras. Por algo será.

Yogurines


En los últimos años se ha desarrollado una nueva tipología de relación amorosa denominada el gusto por el yogurín. De toda la vida, se han conocido casos de hombres de avanzada edad enamorados de señoritas jóvenes y seductoras que correspondían a los encantos de su amado llamadas más que por una atracción puramente física y sexual (ya extinta en la mayoría de los casos), por cierto placer hallado en las posesiones del ser querido o quizás, por la sabiduría y la madurez que otorgan los años. Algunos de estos hombres han sido capaces incluso de engendrar hijos cuando su edad les hacía más aptos para ostentar la condición de abuelos que para la de padres.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la tortilla se ha dado también la vuelta hacia el lado de las mujeres entradas en años, que ahora pueden picotear de jóvenes mozos aunque ya no se hayen precisamente en la flor de la vida. Todavía existe un sector de población que cree que las mujeres no sirven para nada cuando dejan de ser fértiles, pero ésos se equivocan. La juventud contagiosa de los maromos que se les acercan hacen que la piel de las afortunadas damiselas recobren una lozanía y vitalidad que ni la mejor crema antiarrugas podría proporcionar. Todos tenemos en mente nombres como Sara Montiel o Marujita Díaz. Pero ellas no son las únicas sino las más famosas. Hay multitud de romances de mujeres y yogurines entre la gente 2normal1.
Estas relaciones contradicen la idea de que la mujer supera en madurez intelectual al hombre de su misma edad y la teoría de que un jovencito de 19 años pueda estar a la altura de una señora hecha y derecha, pero siempre hay excepciones que confirman la regla y relaciones fallidas las hay entre todos los grupos de edad...
La demostración más evidente de que los tiempos han cambiado y de que muchas barreras del machismo retrógrado van cayendo es precisamente la normalidad creciente con que se asume que la mamá divorciada de 47 años salga con el profesor de su niña, de 25, de la misma forma que el señor jubilado sale con su secretaria de 30. Como dice el saber popular, el amor no tiene edad y a nadie le amarga un yogur, siempre que no esté caducado.

Por los pelos


Estoy harta de los pelos. De los pelos de las cejas, de los pelos de las piernas, de los pelos de las axilas, de los pelos de las ingles y de toda la raza peluda en general, ea. Si no sirven para nada, (los pelos) ¿por qué tienen que estar ahí? Y si están ahí para todos, ¿por qué tenemos que quitárnoslos sólo nosotras? Quien quiera que hizo el reparto de virtudes estéticas asignadas al hombre y a la mujer debería habernos dejado a nosotras con la gracia de estar bellas a pesar del vello.
Y es que, por mucho que algunas rebeldes neohippies se empeñen en demostrarse a sí mismas y al resto de la humanidad que son capaces de plantar cara al problema y pasar de la depilación, cual Fridas Kahlo contemporáneas, la fuerza de la costumbre y las dichosas convenciones sociales hacen que al resto nos siga pareciendo antihigiénico, molesto y sumamente desagradable a la vista pasear con una minifalda y las melenas al viento, las de las piernas me refiero.
Lo peor del caso es que, encima de que tenemos la obligación impuesta de acabar con el género peludo en nuestro cuerpo, la cosa nos duele. Y es que ellos siempre se acaban librando de alguna forma del dolor: del dolor de la regla, de los dolores de parto y del horror de la cera caliente arrancada a mano alzada de nuestros cuerpos humeantes. No hay derecho. La Madre Naturaleza nos tiene manía, y eso que se la supone femenina.
Y puestos a acabar con los pelos del cuerpo, la única concesión que se nos hace, encima tiene truco. Para estar monísimas de la muerte, se supone que tenemos que cuidar los únicos cabellos que se nos autorizan, que además deben ser cuanto más largos mejor, los de la cabeza. Pero para lucir hermosa cabellera, también hay que pasar por el calvario de la peluquería, donde vas a quitarte unos pelos (villabajo) y a arreglarte los otros (villarriba). El masaje capilar de precalentamiento es lo mejor de la visita, pero no hay alma que no sufra en silencio los tirones que implica lucir mechas, de los que hacen falta para alisar el cabello o de las horas de secador que hay que padecer bajo un bombo en forma de casco espacial si una quiere tenerlo moldeado. Te entran unas ganas horribles de raparte al cero. Ya ven, en mi caso, así me luce el pelo.

Gay, bueno y qué


La exaltación de la condición homosexual empieza a resultar carca. Hace tiempo que me parece exagerada. Uno debería estar orgulloso de sí mismo por las cosas que hace o deja de hacer, por sus logros personales, no por ser gay, porque ser homosexual tiene tan escaso mérito como ser heterosexual, es decir, ninguno. Las mujeres hemos luchado y seguimos peleando contra muchos prejuicios machistas generalizados e hirientes y no por ello hemos desarrollado ningún complejo de superioridad. Que yo sepa, no existe el día del orgullo femenino. Como mucho, celebramos el día de la mujer trabajadora. Hay cierta diferencia.
Por eso, señores gays, ha llegado la hora de que salgan del armario sin armar tanto jaleo y sin convertir una condición genética en un gesto heroico. Estamos a las puertas del siglo XXI y para conseguir que la normalidad impere en el tratamiento de este tema es necesario que los propios homosexuales empiecen por ser naturales al respecto. Me parece bien que si a uno le preguntan si prefiere a hombres o a mujeres en la cama conteste sin complejos su opción sexual, si le apetece hacerlo, pero ¿a qué viene la declaración masiva en medios de comunicación de personajes famosos, políticos y famosillos salidos del trastero?, por no hablar de los bisexuales que supongo que salen del ¿altillo? No creo que sea de interés público si la persona que acompaña a los personajes públicos en el catre sea de sexo masculino o femenino. Cada cual, que duerma con quien le dé la gana.
Si nos ponemos así, pronto habrá que presentarse a los desconocidos diciendo: --Hola, soy Hetero. A lo que puede que uno con más luces conteste simplemente: --Yo Manuel, encantado.
Ser heterosexual está empezando a ser menos común que no serlo. Como decía el otro día un presentador de un show de máxima audiencia de cuyo nombre no quiero acordarme, la otra acera se ha convertido ya en toda una alameda. Pero proclamar a bombo y platillo en los medios que uno u otra es heterosexual sería tan absurdo como los excesos de algunos gays de última horneada que llevan la bandera del arco iris alzada como si pasear con la muñeca caída fuera medalla de guerra. Los extremos nunca fueron buenos.

La compresa top modern



El otro día, viendo en la tele la serie Cuéntame y escuchando hablar a la abuela Herminia sobre la modernidad, caí en la cuenta de la importancia de un invento tan revolucionario como la rueda o la fregona, la compresa top modern de hoy en día. La primera vez que me vino la regla mi madre me dio una especie de ladrillo blanco con tiras adhesivas de escasa adherencia con las que me recomendó adornar mis braguitas cada mes desde entonces en adelante. Mi conmoción fue mayúscula cuando tuve que echar a andar con semejante armatoste de escasa flexibilidad entre las piernas, que en épocas de anemia pasajera debía multiplicar por dos. A una le entraban unas ganas terribles de inyectarse estrógenos y convertirse en un hombre de pelo en pecho con tal de no soportar semejante suplicio. Mi madre me decía que en sus tiempos aún era peor, que se usaban toallitas al estilo pañal de bebé y aquello me hacía sentirme afortunada. Lo de usar el támpax era poco más que una experiencia religiosa y un desafío a la virginidad que a pocas se les ocurría plantearse. Aunque, la necesidad nos obligó a más de dos y de tres a probarlo a escondidas para poder disfrutar de las vacaciones en la playa. Refugiadas en los servicios de chiringuitos de turno las más avanzadas de la clase dieron cursillos repetidos a las más rezagadas sobre la mejor manera de colocarse el artefacto en cuestión sin equivocarse de orificio. Todo un arte. Mirando atrás la imagen parece sacada casi de la edad de piedra.
Hoy, lo de la regla es poco menos que una bendición divina según los anuncios. Pobres los hombres, que nunca han podido disfrutar de la maravillosa sensación de colocarse una minúscula compresa con alas colocada estratégicamente sobre un tanga, porque ellos nunca podrán volar.
Pobres los hombres que nunca podrán usar un diminuto salvaslip negro, conjuntado con ropa interior de encaje, porque ellos no sabrán lo que es el glamour.
Y pobres también los hombres porque nunca podrán colocarse un Támpax para descubrir que no duele, ni se nota, ni traspasa.
Lo del dolor de ovarios, la inflamación pectoral, la mala leche pre, post y during menstrual o el temor al embarazo no deseado también se lo ahorran pero eso son pequeños gajes del oficio de ser mujer, privilegio que todos ellos quisieran poder experimentar algún día. Y si no, que me expliquen porqué siempre se acaban poniendo tacones y falda cada vez que suena la palabra disfraz o carnaval.

A dieta



Mi madre se ha puesto a dieta. Se ha puesto ella y toda la familia, en consecuencia. Bueno, todas las hijas que todavía comemos habitualmente en casa. Yo me independicé pero soy una okupa a la hora del almuerzo. Cocinar para una persona da mal rollito.
A lo que voy. El toque de corneta anti-calorías ha sonado en mi domicilio materno y todas hemos sido abducidas por la tentación de perder unos kilos. El problema es que la dieta made in mi madre es muy peculiar. Está basada en el consumo masivo de productos des-, integrales, bio o light. Vale tomar leche desnatada, yogur desnatado, descafeinado, patatas deshidratadas, pan y galletas integrales y coca cola light. Un conjunto de guarreridas españolas con las que no te queda claro que vayas a rebajar peso pero como sube la cuenta del supermercado, te sugestiona pensar que si lo que tomas es mucho más caro, debe ser más sano y por lo tanto, adelgazante.
El problema de mi casa es la inconstancia. Nadie tiene la fuerza de voluntad para resistirse a un buen dulce y así pasa lo que pasa. Por mucha sacarina y leche desnatada que uno tome, si se moja una torta o un bollo como acompañamiento, la váscula no acaba de notar la diferencia. De esta forma, lo habitual es alternar una semana de penuria a base de filetitos de pollo y pescadita a la plancha en la que alguna que otra, si hay suerte, pierde unos centímetros de volumen, con otra semana de derroche y lujuria cucharetera, en la que circulan por la cocina todo tipo de manjares, cocidos, salsas, pasteles y chucherías varias. Es una técnica muy depurada desarrollada más que para perder peso, para mantenerse y seguir apreciando el placer de un buen chocolate con churros comparado con un biscotte integral reseco y una pieza de fruta (odio cuando los endocrinos llaman así a un plátano o un buen melocotón).
La creencia de que perder kilos es fácil viene de la televisión, donde las chicas más divinas dicen adelgazar bebiendo agua ligera, como si el agua del grifo estuviera hecha de jugo de chorizo, y los cuerpos Danone siempre se ajustan los pantalones más minúsculos después de zamparse un buen goyú bio (¿degradable?). Lo que no dejan claro es si además de agua y yogur, está permitido comer algo más.