
A mí no me gusta trabajar. Es una cosa que yo suelo repetir. En realidad, miento. Lo bueno de trabajar es que cada cierto tiempo te toca irte de vacaciones. Lo malo es que esos periodos llegan por turnos y siempre hay uno que se va antes que tú y se encarga de recordarte a cada instante lo bien que se está en la playa, lo bueno que sabe el tinto de verano cuando al día siguiente no hay que madrugar y la de conciertos, obras de teatro y espectáculos de todo tipo que tú te pierdes porque tu tiempo es limitado cuando el día se divide entre el curro y las sobras.
Por culpa de esos insensatos que se divierten poniéndote los dientes largos, en estos días previos a mis vacaciones sólo se me ocurre seguir los consejos de la bruja Lola y poner velas negras a diestro y siniestro. Es ahora cuando me alegro si me entero de que está lloviendo por la Costa del Sol, si se anuncian fuertes vientos de Levante en Cádiz y si alguien me comenta lo caros que están los vuelos al extranjero en los meses de julio y agosto.
Aunque me sienta miserable por mi envidia insana, he de confesar que mi estrés prevacacional se libera cada vez que pienso en las playas masificadas y los cuerpos pegajosos a pie de arena, las horas a bordo de coches destartalados que mis amigos los aventureros han de soportar y las clásicas torpezas de los despistados que siempre acuden en busca de marcha al lugar equivocado. Mi sonrisa más maléfica brota casi sin querer al otro lado del teléfono cada vez que, en un acto de masoquismo, llamo al que le tocó el turno de vacaciones anterior al mío y me cuenta algún imprevisto desafortunado. Por supuesto, no le deseo mal a nadie, no llega hasta ahí mi mal carácter. Sólo disfruto en el proceso de autoconvencimiento de que cuando yo me vaya de vacaciones el sol brillará radiante, los precios habrán bajado a la mitad, la costa tendrá un hueco para mi sombrilla y todos los que ahora me lapidan con sus historias sufrirán cuando yo les llame para decir que ellos ya están de vuelta al tajo. Es lo que tiene irse en septiembre. Ríes el último, pero cuando ríes, ríes más y mejor que nadie. Ja.
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