Thursday, March 31, 2005

Por los pelos


Estoy harta de los pelos. De los pelos de las cejas, de los pelos de las piernas, de los pelos de las axilas, de los pelos de las ingles y de toda la raza peluda en general, ea. Si no sirven para nada, (los pelos) ¿por qué tienen que estar ahí? Y si están ahí para todos, ¿por qué tenemos que quitárnoslos sólo nosotras? Quien quiera que hizo el reparto de virtudes estéticas asignadas al hombre y a la mujer debería habernos dejado a nosotras con la gracia de estar bellas a pesar del vello.
Y es que, por mucho que algunas rebeldes neohippies se empeñen en demostrarse a sí mismas y al resto de la humanidad que son capaces de plantar cara al problema y pasar de la depilación, cual Fridas Kahlo contemporáneas, la fuerza de la costumbre y las dichosas convenciones sociales hacen que al resto nos siga pareciendo antihigiénico, molesto y sumamente desagradable a la vista pasear con una minifalda y las melenas al viento, las de las piernas me refiero.
Lo peor del caso es que, encima de que tenemos la obligación impuesta de acabar con el género peludo en nuestro cuerpo, la cosa nos duele. Y es que ellos siempre se acaban librando de alguna forma del dolor: del dolor de la regla, de los dolores de parto y del horror de la cera caliente arrancada a mano alzada de nuestros cuerpos humeantes. No hay derecho. La Madre Naturaleza nos tiene manía, y eso que se la supone femenina.
Y puestos a acabar con los pelos del cuerpo, la única concesión que se nos hace, encima tiene truco. Para estar monísimas de la muerte, se supone que tenemos que cuidar los únicos cabellos que se nos autorizan, que además deben ser cuanto más largos mejor, los de la cabeza. Pero para lucir hermosa cabellera, también hay que pasar por el calvario de la peluquería, donde vas a quitarte unos pelos (villabajo) y a arreglarte los otros (villarriba). El masaje capilar de precalentamiento es lo mejor de la visita, pero no hay alma que no sufra en silencio los tirones que implica lucir mechas, de los que hacen falta para alisar el cabello o de las horas de secador que hay que padecer bajo un bombo en forma de casco espacial si una quiere tenerlo moldeado. Te entran unas ganas horribles de raparte al cero. Ya ven, en mi caso, así me luce el pelo.

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