Thursday, March 31, 2005

Gay, bueno y qué


La exaltación de la condición homosexual empieza a resultar carca. Hace tiempo que me parece exagerada. Uno debería estar orgulloso de sí mismo por las cosas que hace o deja de hacer, por sus logros personales, no por ser gay, porque ser homosexual tiene tan escaso mérito como ser heterosexual, es decir, ninguno. Las mujeres hemos luchado y seguimos peleando contra muchos prejuicios machistas generalizados e hirientes y no por ello hemos desarrollado ningún complejo de superioridad. Que yo sepa, no existe el día del orgullo femenino. Como mucho, celebramos el día de la mujer trabajadora. Hay cierta diferencia.
Por eso, señores gays, ha llegado la hora de que salgan del armario sin armar tanto jaleo y sin convertir una condición genética en un gesto heroico. Estamos a las puertas del siglo XXI y para conseguir que la normalidad impere en el tratamiento de este tema es necesario que los propios homosexuales empiecen por ser naturales al respecto. Me parece bien que si a uno le preguntan si prefiere a hombres o a mujeres en la cama conteste sin complejos su opción sexual, si le apetece hacerlo, pero ¿a qué viene la declaración masiva en medios de comunicación de personajes famosos, políticos y famosillos salidos del trastero?, por no hablar de los bisexuales que supongo que salen del ¿altillo? No creo que sea de interés público si la persona que acompaña a los personajes públicos en el catre sea de sexo masculino o femenino. Cada cual, que duerma con quien le dé la gana.
Si nos ponemos así, pronto habrá que presentarse a los desconocidos diciendo: --Hola, soy Hetero. A lo que puede que uno con más luces conteste simplemente: --Yo Manuel, encantado.
Ser heterosexual está empezando a ser menos común que no serlo. Como decía el otro día un presentador de un show de máxima audiencia de cuyo nombre no quiero acordarme, la otra acera se ha convertido ya en toda una alameda. Pero proclamar a bombo y platillo en los medios que uno u otra es heterosexual sería tan absurdo como los excesos de algunos gays de última horneada que llevan la bandera del arco iris alzada como si pasear con la muñeca caída fuera medalla de guerra. Los extremos nunca fueron buenos.

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