
La primavera ha hecho acto de presencia. Bueno, eso dicen las fechas y los cambios de hora. Ésos que aún no alcanzo a entender, porque alargan los días ya largos del verano y acortan los ya cortos días del invierno. El caso es que la estación recién estrenada empezó a freírnos con un calor prematuro hace unas semanas para empaparnos otra vez días más tarde y, por último, devolvernos al sol radiante que sólo Dios sabe cuánto durará.
Señores y caballeros, digo, señoras y damas, ha llegado ese momento crítico del año en que está permitido llevar chaquetón de pelito y sandalias del dedo al aire sin que a uno le de ni frío ni calor. Estos días no hay que ser guiri para ponerse calcetines con las chanclas porque todo vale. Cada uno que improvise lo que pueda y se coloque lo primero que tiene a mano. Si agarra una bufanda mona, bienvenida sea para la brisa matutina, pero si encuentra unos shorts estilo tenista, tampoco pasa nada. Bien están con unas calcetas de rayas. Es el tiempo de los locos, que diría mi abuela.
A mí, más que al revoltijo de hormonas (que en mi caso está presente todos los días del año) la primavera me trae a la memoria los cambios de armario. Los cambios, no las salidas. Si cierro los ojos, puedo ver a una madre cualquiera de los años ochenta intentando encajar en una misma cómoda los jerseys de angora y las camisetitas de algodón de la nena, las botas Katiuska y las sabrinas, las faldas de patita de gallo y los pichis de franela con las minis fresquitas de tejido vaporoso de la otra nena. Son imágenes de la historia que están cargadas de significado. Significan que hay cosas que nunca cambian. Ahora, los armarios son más grandes aunque los pisos sean más chicos, pero la lucha por apretar cuantos más trapos mejor en un espacio mínimo sigue siendo el pan diario de las madres de hoy en día. También es época de caridad. De las donaciones y/o trueques obligados a amigas, primas, vecinas y hermanas de todos los restos de ropa que a una no le entran en el closet. Bueno, eso ya no se lleva tanto como antes. Ahora lo normal es soltar la bolsa en la caja de cartón que un señor o señora invisible coloca en el descansillo del bloque de cada cual. Y qué dolor da deshacerse de esos conjuntos descoloridos y que siempre le quedan tan bien a la que recibe la donación en cuestión. Y qué ganas de quitárselo y volverlo a meter en el armario, por si acaso... Pero, asimilémoslo, esa talla ya siempre será demasiado pequeña.
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