
A las mujeres no nos gusta el placer fácil. Al menos ésa es la conclusión que debe haber sacado el doctor norteamericano Stuart Meloy, que anda desesperado buscando voluntarias para que prueben su fabuloso orgasmatrón. Para una vez que un científico se afana en encontrar un artilugio que beneficie a las mujeres y nos haga la vida más amena, nosotras vamos y decimos que no queremos ni verlo. Bueno, lo de "nosotras" es mucho generalizar. A mí nadie me ha preguntado si quiero probar y creo que, en principio, estaría dispuesta.
No me convence mucho el tema de que haya que someterse a una intervención quirúrgica y lo de la anestesia tampoco es que me emocione, pero yo me sacrificaría, por el avance de la ciencia y porque en esta vida hay que probar cosas nuevas. Sería la envidia de "todas y todos", que diría Rosa Aguilar. Estoy convencida de que ellos tendrían incluso más envidia que ellas. Al fin y al cabo, las chicas siempre podrían probarlo si quisieran, pero ellos... ¡no!, y eso que se darían tortas por ser los primeros. Pero es que no hay orgasmatrón para los hombres, ¡aahhh se siente!. Además, si todas nos animáramos, los pobres tendrían que competir en su relación de pareja con un aparatito infalible poseedor del secreto y misterioso punto g femenino. Vamos, un ataque insoportable para el orgullo del macho man que acabaría además descubriendo a muchas frígidas que su frigidez era ficticia.
Lo que sí siembra dudas en mi mente es eso de que tu placer dependa de una especie de mando a distancia que cuando lo pulsas, te provoca un orgasmo fulminante. Imagino que si el mando se te pierde y cae en las manos equivocadas, tu vida puede convertirse en un infierno, placentero, pero infierno. Si hay mala idea, te pueden meter en un lío y provocarte un orgasmo en las situaciones más inoportunas: en una reunión de trabajo, en medio de una boda por la iglesia o en la mismísima consulta del ginecólogo. Habría que tenerlo como el cinturón de castidad, bajo llave.
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