Friday, April 01, 2005

Pobre santidad


El Papa tiene un pie en aquí y el otro bajo tierra. Bueno yo diría que aquí ya le queda poco menos que un dedo, pero el mundo entero parece estar mirando para otro lado. No lo digo porque el tema no esté teniendo cobertura en los medios de comunicación. Desde hace semanas, es imposible meterse a mediodía la cuchara en la boca sin que el estómago te dé un respingo al ver la carita de pena y ese gesto tembloroso del sumo pontífice que, mientras se ahoga, se agarra a micrófonos y manos que le salen al paso desde lugares recónditos, que le sujetan para que el santo padre no se dé de bruces contra el balcón de su alcoba. Es precisamente por ese esfuerzo del Vaticano y de los cristianos en general que hacen como si aquí no pasara nada que los rescoldos de mi pasado católico y apostólico llevan días agitados y me suplican que haga algo para que dejen al pobre Papa en paz. Presuntos fieles de Dios rezan para..., para... qué? ¿Para que se cure milagrosamente, para que siga viviendo en su agonía o para que se muera ya y deje de sufrir de una vez? Quisiera pensar que oran al cielo para esto último, pero presiento que todos ruegan al señor para que lo mantenga vivo, como sea, a toda costa, en un ejercicio de egoísmo puro y duro que yo diría que se acerca mucho a lo que se define como pecado capital en las leyes de la Santa Madre Iglesia. Intuyo que esas súplicas denotan una falta de fe general que afecta incluso a los grandes prelados. Porque, digo yo, si el Papa va a ir al cielo, ¿para qué insistir tanto en que siga entre nosotros? Hombre, y si algún católico se plantea que el mismísimo Papa no va al cielo, que venga Dios y me lo explique. Luego está la cosa del sufrimiento gratuito, una experiencia que cualquier ser humano debería estar en su derecho de ahorrarse llegado el momento. Claro que esto es en la teoría laica de los agnósticos o ateo practicantes. ¿Qué hacer con un Papa moribundo que sufre en silencio su decadencia física cuando lleva toda una vida haciendo apología contra la eutanasia y mientras sus devotos seguidores hacen campaña en contra de esta práctica mientras él agoniza? Supongo que a nadie se le ocurrirá, en caso de entrar en coma irreversible, desenchufar al santo padre. ¿O sí? Presiento que el verdadero final de la vida del papa polaco quedará en el petit comité de sus buitres carroñeros. Yo, como a todo el que tiene la muerte tan cerca, sólo puedo desearle que descanse en paz.

PDTA: Un amigo me recriminaba ayer la ligereza de mi lenguaje al hablar del Papa. Me pregunto si el problema es la ligereza al hablar de la muerte, de alguien que va a morir pronto o si mi ligereza es más abominable por tratarse del Papa y no de otro ser humano cualquiera.
Hoy hablaba con un compañero que me dijo que Juan Pablo II ha hecho mucho daño al mundo y, en concreto, a la Iglesia Católica, y es cierto. Su cerrazón en muchos aspectos ha sepultado al cristianismo hasta límites insospechados y lo ha alejado de la sociedad, de los jóvenes y de la realidad misma. Quede claro, en cualquier caso, que La menda lerenda respeta al Papa tanto como a cualquier otra persona (exactamente igual que a cualquier otra persona) y, ahora que conozco la noticia de su muerte, reitero mi deseo de que descanse en paz. Lo que me parecería hipócrita sería negar la evidencia de que ni el pensamiento ni la obra del sumo pontífice me acercan a él como persona ni le hacen especialmente objeto de mi devoción. Yo tengo mis propios dioses y la mayoría no han sido nombrados por ningún grupo de curas que, ni de lejos, encarnan lo que yo, como ex creyente, tengo entendido como bondad y mucho menos representan a Jesucristo, al que a pesar de mi falta de fe, sigo admirando.

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