Saturday, April 16, 2005

Marco


Los dibujos animados, como la realidad misma, nunca son lo que parecen sino mucho peor.
Hoy me he sorprendido revisando un capítulo de la serie Marco, aquélla con la que nos machacaron la vida a toda mi generación cuando éramos pequeños y me he dado cuenta de que la cosa está fatal. Nunca me había parado a pensar que Marco es un niño de cinco años, italiano, que se va de su casa por las buenas un día para buscar a su madre nada más y nada menos que a Argentina. El niño, en principio, no es un superpolíglota (que se sepa), pero se le ve constantemente dominar la situación en Buenos Aires y otros lugares criollos sin que la lengua suponga un problema. Una de dos, o en Argentina hablan todos italiano, o el niño lleva traductor o aquí hay gato encerrado.
Yo tengo un sobrino de cinco años y, la verdad, no me lo imagino tan suelto entre una tripulación de marineros de pelo en pecho con los que departe de tú a tú mientras se lavan la ropita sucia.
Para colmo de males, el viajecito no es una cosa de llegar y topar, qué va, se complica con todo tipo de adversidades que el pobre niño tiene que superar con una fuerza de voluntad digna, no ya de un adulto, sino de un dios hebreo. El caso es que el niño, que tiene dos cojones bien puestos, pasa de todos los obstáculos y sigue su camino, como si nada... Un niño de esa edad de los de hoy, como mínimo, necesitaría un comité de sabios psicólogos para superar el trauma. Si es por un cachete y se arma la de Dios, ¿cómo nadie se plantea que Marco es un inmigrante ilegal, menor, sin tutores y puteado a más no poder?
Su padre y su hermano mayor, que no se dignaron a emigrar para que la madre y el niño siguieran juntos, representan lo peor del machismo rancio italiano. Encima, dejan a Marco alegremente irse detrás de su progenitora emigrante mientras ellos dos viven la vida en Italia con el dinerito que la pobre mujer les manda desde el otro lado del mundo. La cosa tiene guasa.
Eso sí, el pobre mío no para de llorar allá por donde pasa. ¿No va a llorar el angelito? En el capítulo de hoy, se hacía pasar por otro niño para ayudar a morir a una mujer que partió, como su madre, en un barco y que delira en su lecho de muerte mientras le aprieta su manita.
El crío Marco este, bien podría ser candidato a Supermán de mayor porque no hay niño humano que resista una tortura semejante. Sin embargo, a pesar de todo el follón de fenómenos inverosímiles y absurdos que contiene el culebrón, a todos los que fuimos niños en los ochenta nos la vendieron y todavía hoy lo venden en televisión como una serie lastimosa, pero educativa, porque enseña a los pequeños a ser fuertes. ¡Manda huevos! Y perdón por la expresión.
El otro día, una asociación feminista reclamaba que Doraemon se retire de TV3 porque es sexista. ¿El gato? Yo me quedé con la boca desencajada cuando lo leí. ¿Cómo puede ser Novita sexista si es simplemente idiota? ¿Es esa serie un peligro para las mentes de los niños y Marco no? Para mí que alguien se está equivocando con el baremo. Tanto maltrato psicológico como tiene que sufrir el pobre italianito abandonado no puede ser bueno ni siquiera como ejemplo y machista la serie lo es con ganas. Y todo, para que al final encuentre a su madre y ahí se acabe la historia, que se te queda una cara de gilipollas...
Al lado de Marco, Shin Chan, por mucho culo que enseñe, es un niñatillo, marrano pero inofensivo, condenado al horario de la tarde-noche por obra y gracia de su gusto a bajarse el calzón. Lo dicho, la cosa está fatal.

Friday, April 15, 2005

La verdad

Esta semana he aprendido una lección. La gente no quiere oír la verdad, sobre todo cuando la verdad no coincide con lo que uno espera. En realidad, esta idea la aprendí hace mucho tiempo, pero siempre se me olvida. Nunca he sido especialista en las mentiras, ni siquiera en las piadosas. Se me dan fatal. Me cambia la expresión, miro a la gente a los pies en lugar de a los ojos y me da la risita tonta delatora. Además, tengo la extraña sensación de que llevo escrito en la frente: mentirosa. Le pasa a mucha gente.
Yo he aprendido a callarme lo que sé que no debo decir. Me callo, me callo y me callo hasta que reviento y entonces me salen las palabras a borbotones y la cago, de una forma o de otra, siempre la cago. Tengo por costumbre escoger la forma incorrecta y el momento equivocado. Alguien debería dar un curso para los sinceros compulsivos sobre cómo dosificar las verdades para que no hagan pupita a los oídos ajenos. Porque, como diría mi madre, nadie quiere oír que le huelen los peos ni que sus hijos te parecen feos.
La indiferencia, la sorpresa o el dolor del que escucha una verdad inesperada suelen poner una tapadera sobre el sufrimiento del que la pronuncia, que pasa desapercibido y camuflado por el sentimiento de culpa que le sigue. Para evitar el maltrago, yo prefiero no estar presente en el momento clave para no ver la cara del que sufre el impacto.
Lo mío son las cartas y los emails de última generación. Tiro la piedra y echo a correr. Soy una cobarde, pero toda una campeona en esta modalidad de lanzamientos. Se me da mejor decir las cosas cuando no tienen sonido, como en el cine mudo, con subtítulos, por escrito. Debe ser deformación profesional. El caso es que siempre me acabo perdiendo esa primera cara de reacción que me gustaría ver por un agujerito. No tengo remedio. Pero tampoco hay que darle más vueltas al asunto. Como dijo una vez alguien, nada es verdad ni mentira. Todo depende del cristal con que se mira. Qué gran verdad.

La feria de abril


El otro día me fui a Sevilla, a la feria de Abril, olee. Uy, no sé qué pasa que cuando uno dice Feria de Abril es como que te entran ganas de empezar a mover las manos, a bailar y a gritar ole y ole por todas partes. Ay, qué arte tiene Sevilla.
El caso es que me quedé patitiesa cuando, sentada en primera línea de caseta, me puse a contemplar los modelitos salerosos de las sevillanas de "a pie". Los hombres son un caso a parte, no hay forma humana de distinguirlos porque llevan todos puestos un atuendo idéntico. Traje oscuro, corbatita y camisita. Y de ahí no me saques que si no, parezco guiri o raro. Raro como aquel que se paseaba el miércoles por la portada con la pinga afuera en un gesto típicamente embrutecido de hombre pasado por el tamiz del alcohol. Ruborizada me quedé por la visión y aún no he conseguido que me bajen las chapetas.
Las mujeres sevillanas son mucho más arriesgadas a la hora de vestir, mucho más que los hombres y mucho más que las mujeres de otras provincias del mundo mundial. Las cosas como son. En mi tierra, por ejemplo, es más difícil ver modelitos como los que grabé en mi retina para nunca olvidar. Había trajes de gitana para todos los gustos. En medio de aquel maremagnum de volantes y lunares, yo, que me vestí para la ocasión y me suponía la mar de llamativa por mis lunares gigantes y mis mechas colorás en el pelo, pasaba totalmente desapercibida. Ahí estaban esas mujeres innovadoras con trajes cortos a la altura de la rodilla, recuperando modelos art-decó que alguna que otra confesó heredar de su progenitora. Oye, y les quedaban como anillo al dedo. Un poco de pinta de que el traje les había encogido sí que daban por lo de enseñar las rodillas, pero como la pasarela manda, las sevillanas fashion victim, se lo ponen y no hay más que hablar. Sin embargo, lo que más me impactó fueron los fajines. Una cosa espectacular. Esos cuerpos serranos, o superdelgados o superjamoneros, apretados en telas imposibles y, como colofón, un fajín a modo de nazareno perfectamente conjuntado en color y textura, pero al que todavía no he encontrado la utilidad ni sé muy bien qué pretende resaltar en los cuerpos de las modelos. Sevilla no deja de sorprenderme, he de reconocerlo. Después de esta feria, yo me siento cateta. Necesito como el comer un traje encogido y mi madre no se vestía de gitana cuando era joven. Ya no vuelvo al real hasta que se me olvide.

Natural



La vida es realmente muy dura. Hace unos días suplicaba a los Dioses del Olimpo para que me dejaran alejarme del mundanal ruido. Quería olvidarme del estrés y de la rutina del entorno civilizado y ahora, después de volver de tres días de acampada furtiva, doy gracias a los mismos dioses por permitir que exista el teléfono, el water, los ascensores, el enchufe antimosquitos y el aire acondicionado. No sé, la verdad es que no dejo de contradecirme, pero es que la vida tampoco deja de sorprenderme. Como les digo, he pasado tres días haciendo turismo salvaje por la costa, en plan natural, acampando aquí y allí, durmiendo bajo un manto de estrellas y he vuelto estresada sólo de pensar en lo mucho que dependo de la tecnología.
En primer lugar, a mí no me gusta andar. Soy de las que van en coche a la panadería y la búsqueda de playas vírgenes supone un trabajo de senderismo no apto para piernas de carácter, digamos, perro. A mí me gustan los ascensores, los telesféricos, los monopatines con motor, las escaleras mecánicas, todo lo que me lleve en volandas hasta mi destino. En segundo lugar, los mosquitos tienen debilidad por mi sangre. A juzgar por ello, si existieran los vampiros, mi sangre seguro que se vendería como delicatessem, así que dormir sin el Fogo al lado es un suplicio. Y luego está el tema de la nevera. Porque cuando uno se va a la aventura y en plan semicutre, siempre se le ocurre la idea de que el agua fresquita y el goyú del mediodía tienen que conservarse en alguna parte. Lo que nunca piensas es que la nevera no tiene piernas, es decir, hay que cargarla. Si vas en familia, tus padres se encargan del trance, pero si vas con amigos, el transporte de la nevera no es un tema para el que salgan voluntarios. Todo el mundo desaparece cuando hay que enfrentarse a una playa llena de gente, con arena ardiendo bajo tus pies y un objeto peso pesado que parece ser el centro de atención de todos los que toman el sol relajados. Te entra un complejo de maru... En fin, que si me dan a escoger entre un hotel de lujo y el manto de estrellas, igual me voy de visita al planetario.

Micropisos



Con esto de los micropisos que propone el Gobierno debe pasar como con los micropenes, que te acabas acostumbrando cuando no te queda más remedio, pero nunca dejas de soñar con tener uno más grande. Lo que más trabajo cuesta imaginar es el tema de que los pisos supongan compartir el baño con los vecinos. No sé, con lo difícil que se le hace a la gente dar el paso e independizarse, debe ser jodido que cuando por fin lo consigues tengas que compartir el vasito del cepillo de dientes con el presidente de tu comunidad, por poner el mejor de los casos.
Eso, por no hablar de la claustrofobia que debe provocar vivir en 25 metros cuadrados, por muy altos que sean los techos del recinto. Lo sé porque mi piso mide 40 metros y soy incapaz de imaginar que alguien logre incrustar una cocina, un saloncito y una habitación en menos espacio del que dispongo yo. Claro que el mío sí que tiene cuarto de baño, pero no, no mide 20 metros cuadrados, así que algo se me escapa.
En mis muy superiores dimensiones habitables a las propuestas por el Gobierno todavía no he sido capaz de encajar una cama de matrimonio y, miren que he hecho cábalas sobre el tema, así que no quiero ni pensar el tamaño del catre de los micropisos gubernamentales.
Lo que está claro es que te limpias el piso en un pis pas. Algo ventajoso tenía que tener, a parte del precio, que quiero suponer será muy muy barato. Alguno habrá que comprará los pisitos a pares para tirar tabiques y poder hacer obra en sus super 50 metros.
Con lo difícil que es para los jóvenes españoles lanzarse al abismo de la independencia, la única alternativa que se le ocurre a los lumbreras del Urbanismo nacional es guardarlos en cajitas de cerillas. Así se evita la posibilidad de que monten fiestas porque no caben más de tres en cada piso. Me temo que el pato lo acabarán pagando los padres, que no se van a librar de los niños grandes ni con agua caliente.

Jefes


Tengo un amigo que siempre dice que de mayor quiere ser jefe. Yo antes, de pequeña, más que jefe, pensaba que a mí en la vida me gustaría llegar a ser alguien, pero ahora me da un poco igual, no sé, me he vuelto conformista. Aunque eso de ser jefe tiene sus inconvenientes, no crean. Debe ser muy aburrido cobrar un dineral por no hacer nada, y andar disimulando todo el tiempo que uno hace algo y, lo peor, aguantar encima que todos tus subordinados de pacotilla te miren de reojillo, ¡envidiosos!.
Eso sí, a mí lo que, de verdad, de verdad, me da morbo de ocupar un alto cargo es que nadie me pueda llevar la contraria. Que hace un día soleado y tú lo ves gris, oye, pues dices que está lloviendo a cántaros y nadie te rechista. O casi nadie. Siempre hay un pamplinas de turno que se cree en la misión de aclarar la verdad en estos casos. ¿Qué necesidad tendrá el tío de decir que es mentira lo que el jefe ha dicho? ¡No te enteras, que es el jefeeeeee! Es ganas de meterse donde no lo llaman a uno. Distinto es que el jefe diga que sabe hacer puenting y se quiera tirar, seguro que el listillo ése no le lleva la contraria entonces. Y hasta lo anima.
Desde luego, a mí, si me ofrecen un puesto de jefa quiero ser de las de toma pan y moja, de ésas que tienen gente a su cargo y todo, y sin nadie por encima, con podeeer, mucho podeeeer. Menuda jefa iba a ser yo. Me iban a crecer las cejas hasta la coronilla de tanto fruncir el entrecejo y, si me apuras, hasta me fabricaría un cartelito con un NO muy grande para sacarlo cada vez que alguien viniera a mi despacho, para dejar claro desde primera hora que conmigo no se juega. Además, pediría que me colocaran en la puerta un letrero bien grande que dijera que soy jefa. Para que nadie lo pudiera poner en duda. Porque siempre hay por ahí alguno que dices que eres jefe y como no lo vea escrito en algún sitio, oye, se cree que te estás dando aires. Como si a ti te hiciera falta... Y es que hay que aguantar mucho siendo jefe, yo lo sé. Mucha incomprensión y mucha intolerancia de ¡mentecatos ignorantes! En fin, esto sólo la gente con aspiraciones lo sabemos.

¿Me corto las venas o...?

Este año ya me han puesto siete multas. Sí, leen bien, siete. Esto es verídico. Es el precio que tenemos que pagar los culillos de mal asiento que nos movemos en coche por esta bendita ciudad y que, encima, vivimos en una zona que es patrimonio de toda la humanidad. Somos muchos humanos y no hay aparcamientos para todos. Lógico.
Hace tres semanas me llegó la primera notificación de denuncia. Había contactado yo, muy previsora, con una abogada amiga de un amigo que te quita las multas sin pedir dinero a cambio y la llamé ese día, pero tuve la mala suerte de que la mujer, embarazada desde hacía meses, se encontraba de parto y yo no quise ni pude interrumpir.
Decidí entonces leer yo misma la letra pequeña y descubrí que tenía 10 días para pagar la pena con el 50% de descuento. El tiempo corría en mi contra. Había estado una semana de vacaciones y para cuando conocí la noticia, sólo me quedaban 45 horas para acudir al banco. Eran las 11 de un martes cualquiera y gracias a un milagro divino, no tenía que trabajar por la mañana. Me fui de cabeza al banco y un señor de ceño fruncido me mandó al Ayuntamiento porque ¡horror!, necesitaba un recibo para pagar. Cogí el coche y me planté en Capitulares. A esa hora, se pueden imaginar cómo estaba el patio para aparcar.
Después de cuatro vueltas al Consistorio, metí al Alvarito (mi coche) en el primer hueco que vi libre y salí corriendo como alma que lleva el diablo. Una vez en el edificio, una señora con cara de pocos amigos me dio un numerito para esperar una colita que sólo duró 40 minutitos. Conseguido el papelito, salí a toda velocidad de aquel céntrico lugar con el deseo de pagar mi multa en cualquier oficina bancaria alejada del mundanal bullicio. Pero mi buena racha no acabó ahí. Al volver a mi coche, Alvarito estaba adornado por un papel rosa en la solapa colocado por un simpático agente. La explicación de los hechos sólo me libró de la grúa que venía en camino porque el hueco que milagrosamente hallé vacío minutos antes, en medio de la desesperación, no era otro que un aparcamiento reservado a minusválidos. Así que ahora ya tengo 8 multas. ¿Cómo lo ven?

Me duele

Hace una semana, un compañero llegó al trabajo tras sufrir una rotura fibrilar. Fue la consecuencia directa de un partidillo de fútbol de ésos en los que los aficionados al deporte nacional se entregan como si estuvieran jugando en el Santiago Bernabeu, aunque no sean capaces de dar tres carreras sin acabar con algo roto y la lengua fuera de órbita. Se sentó en su silla y ahí empezó su letanía de lamentos. Fueron ocho horas de lloriqueo seco y quejas constantes que me hicieron recapacitar sobre el escaso nivel de tolerancia al dolor que posee el sexo masculino.
Después de recriminarle su actitud quejosa, mi compañero se excusó diciendo que su llanto velado era una muestra indiscutible de la sensibilidad de los hombres, que muchas también ponemos en duda. Suplicaba que alguien le diera un masaje, bueno, que alguna mujer le masajeara el muslo en cuestión, sin ofrecer nada a cambio. Incapaz de renunciar a su autocompasión, encogía las cejas como muestra de su padecimiento insoportable. Bien sabe Dios que tanto no podía dolerle. A su lado, un padre de familia que pasa la cuarentena hacía pucheritos por un resfriado pasajero y, como culmen del surrealismo, apareció un tercero al que el oído izquierdo no lo dejaba concentrarse.
Todos los hombres, a lo largo y ancho del planeta Tierra, se han quejado durante su existencia de la actitud de las mujeres cuando están en los días conflictivos del mes, sin caer en la cuenta del sufrimiento periódico al que nos vemos sometidas, sólo por haber nacido venusianas. Más de una fémina ha deseado para sus adentros traspasar el dolor por un instante a su señor jefe, a su maridito o a cualquiera que le haya echado en cara su mal genio mensual. ¿Acaso preferirían vernos llorar a lágrima viva como nos pide el cuerpo por culpa del altibajo hormonal? Es fácil reaccionar con indiferencia cuando le toca sufrir a la de al lado pero bien que disfrutan ellos quejándose aunque sólo sea por arrancarse el padrastro que les colgaba del dedo meñique. Ahora entiendo que la Madre Naturaleza, con sabio criterio, asignara a la mujer la función reproductora porque no habría en el mundo ser capaz de soportar los lamentos de un hombre a punto de dar a luz.

Mujeres machistas


Tengo una amiga que tiene una madre que siempre me dice que escriba una columna sobre un tema algo escabroso. Llevo tiempo dándole vueltas y hoy me he decidido a coger el toro por los cuernos. El asunto en cuestión es el machismo femenino, no sé si creciente, pero verdaderamente insultante.
Cierto sector de la población que luce ovarios en lugar de pene tiene como costumbre enjuiciar a sus colegas cuando el comportamiento de éstas no se ajusta a sus deseos o enseñanzas parroquiales. Desde tiempos remotos, los hombres han dividido a las mujeres en santas y ligeras de cascos. Es una terminología todavía en uso que viene a separar a las señoras decentes, regidas en su vida por la moral imperante, de las que hacen uso de su libertad sin remilgos. Muchas de las decentes, a quien nadie pide explicaciones por su honorable vida, se creen en la obligación de llevar al resto por el buen camino, convencidas de que están en posesión de la verdad.
Ese tipo de mujeres, de todas las edades ¡ojo!, que difícilmente se encontrarían a las seis de la mañana en la puerta de una discoteca si no es para tomar nota de lo que hacen otras, son las que echan de Gran Hermano a las pilinguis de turno por hacer uso de su sexualidad o las que critican por lo bajuni a la vecina divorciada que se atreve a echarse un novio más joven que ella.
En mi opinión, esas ganas de etiquetar al personal tienen la raíz en una mentalidad claramente machista, quizás defendida por los hombres del sector más conservador, pero aceptada por ese sector femenino como parte de su condición sumisa. También es posible que el origen del problema esté en la envidia de las que quieren y no pueden, perfectamente comprensible, aunque sumamente criticable.
La liberación de la mujer, lejos de consistir en ir a trabajar o en dejar a los hijos con una niñera, se basa en la superación de una larga lista de prejuicios infundados. El día en que una mujer activa sexualmente pueda serlo sin tapujos, el mundo estará evolucionando, pero nada cambiará si nosotras no damos el primer paso.

Vértigo

El otro día fui de boda y en un alarde de insensatez, se me ocurrió lucir palmito y colocarme unas botas de tacón alto, de ésas que una vez puestas te provocan mareos de vértigo, cual alpinista al borde del Everest.
Al cabo de un rato subida en la cumbre de mis particulares montículos empecé a echar de menos las zapatillas de paño, las botas de montaña y, en su defecto, un sofá bien grande con un reposapiés y un masaje en los pinrreles. Miraba a mi alrededor buscando un poco de empatía pero no hayé más que incomprensión. Los hombres no entendían por qué no bailaba si aún sonaba la música, y las mujeres, tan doloridas como yo, fingían pasar por alto su ardor de pies. Y es que ese dolor hay que sufrirlo en silencio.
A las mujeres de hoy en día no nos han formado para estos menesteres. Debería haber cursillos a bordo de tacones de aguja del tipo Cómo sobrevivir a una calle de adoquines o Cómo andar en línea recta sin parecer la hermana tonta de Lina Morgan. Porque nadie nace sabiendo andar en esos zapatos, eso no se transmite genéticamente de madres a hijas. Para dominar la técnica se requiere práctica y mucho valor.
Las horas pasaron y, sentada en mi rincón, divisé a la novia, con unos confortables zapatos planos que la muy ladina había cambiado hacía rato por sus zapatitos de Cenicienta. En aquel momento, mi sensatez se fue al traste y me arranqué las botas de un tirón. Sonaba en aquel momento la canción de Camilo Sesto (¡Ya no puedo más!).
Era hora de acabar con aquella farsa. En homenaje a mis queridas extremidades inferiores pensé que bien podía saltar descalza y mancharme los pies de ceniza y ron. La liberación se hizo realidad y en unos minutos, cundió el ejemplo. Pronto fuimos más en la pista con los pies desnudos. Sin más tortura, saltamos a nuestras anchas mientras el alcohol se encargó de que la mayoría de invitados no se diera cuenta de aquel momento de gloria colectiva. Después de la euforia llegó la timidez y volvimos a colocarnos el calzado. Aquel día aprendimos el significado de un viejo refrán: "Dime sobre qué andas y te diré lo que padeces".

Manitas-manazas


Igual que hay coches utilitarios, existe un modelo de hombre utilitario. Se trata de todo aquel señor capaz de solucionar cualquier potencial problema de una casa, vehículo o electrodoméstico. Poner a un manitas en tu vida es algo así como comprar un multiusos, un método rápido y eficaz de ahorrar dinero. Se diferencia claramente del hombre manazas porque este último es especialista en destruir todo aquello que toca. Ellos son como el caballo de Atila. Por donde pasan, no vuelve a crecer la hierba.
MacGuiver es el más claro ejemplo televisivo del hombre manitas, siempre dispuesto a colgar un cuadro o arreglar un televisor con tan sólo un imperdible. Ellos están listos en todo momento para ayudar y además, saben cómo hacerlo. Tienen iniciativa, seguridad y dominan la situación. Sus manos funcionan a velocidad de vértigo, lo que indica que son conscientes de las aplicaciones que pueden tener las extremidades superiores en otros campos de la vida.
Los manazas están representados en la caja tonta por Mr. Bean y, la verdad, están en franca desventaja. Aunque tengan voluntad, suelen andar escasos de maña. Para diferenciar a unos y otros sólo hay que darles un cassete sin pilas para obtener de vuelta el mismo con batería del manitas (tipo a) o los trozos inconexos del artilugio en cuestión, si se trata de un manazas (tipo b).
Normalmente, los dos especímenes son detectables desde la más tierna infancia. Los del tipo a conservan los juguetes intactos de su primer día de Reyes hasta pasados los cuarenta. Los del tipo b, jugarán cada siete de enero con los restos del cochecito teledirigido de cuyo mando a distancia habrán desaparecido todas las piezas.
Si una mujer topa con un manitas, debe saber cuidarlo y potenciar sus cualidades manuales. Si se cruza con un manazas, sólo cabe armarse de valor, paciencia e ingenio. Las mujeres también pueden ser manitas o manazas. Sólo hay que confiar en que dos del tipo b no lleguen nunca a encontrarse. El caos podría adueñarse de la situación y los daños colaterales alcanzar un valor incalculable.

Tus perfúmenes

Yo nunca he sido una adicta al perfume. Todo lo contrario, siempre me ha resultado verdaderamente insoportable entrar en un autobús y que la señora o el señor de turno te abofeteen con su particular macrodosis de aromaterapia. En las mañanas de invierno, cuando sales a la calle recién desayunada y te subes al transporte público, no es de recibo que alguien te imponga de una forma tan aplastante su gusto por el derroche oloroso. Si tienes suerte y la fragancia que te toca es suave, es posible que sobrevivas al trayecto hasta tu casa, pero si el compañero decidió embadurnarse con un aftershave que bien parece un matarratas, apaga y vámonos. Eres capaz de adelantarte siete paradas con tal de respirar un poco de humo de los coches. Aunque, rara vez sea posible eliminar el perfume mañanero de tu nariz ni reprimir la cara de asco.
El olor corporal de un cuerpo recién salido de la ducha siempre me ha resultado más sexy y seductor que cualquiera de los modernos perfúmenes de una intensidad, a veces insultante, para el olfato de un mortal. Y no acabo de entender por qué ese gusto generalizado por maquillar los aromas más naturales, que identificarían a cada persona si no se camuflaran, para sustituirlos por una fragancia homogénea y compartida con miles de ciudadanos más.
Lo peor del caso es que para muchos aplicar el perfume no es el punto final a un proceso de higiene previo sino la más drástica de las soluciones para un problema de peste crónica. No hay nada peor que te toque al lado una mofeta humana pero si la mofeta se echa colonia.... Sólo puedo decir que hay olores que matan.
En fin, a pesar de todo, he de confesar que soy fumadora ocasional y mientras lo sea, viviré con el estigma del olor a tabaco impreso en mi ropa y aunque sólo sea por justificarme, diré que ésa es una cruz de la que no se libran en los tiempos que corren ni aquéllos que nunca probaron un cigarro. Pero insisto, la solución al mal olor está en el agua y el jabón, nunca ha de buscarse en el perfume.

Friday, April 08, 2005

El amor

El amor es una página en blanco sobre la que alguien escribe versos cada día con tinta invisible. El amor es el arte de saber avanzar sin caer, como el funambulismo. El amor es poder pegarte un pedo sin temor a romper la magia con el otro. El amor es despertar cada mañana con ganas de seguir viviendo. El amor es mirar a un bizco y pensar que tiene una mirada interesante, a un cojo y asumir que tiene un caminar rumboso o despertar junto a un loco y saber que delira porque sólo tú tienes la llave de sus sueños. El amor es una cosa rara, un misterio que nunca conseguiré entender, un babeo estúpido que reseca la boca. El amor es un bajarse las bragas y dejarse llevar por lo que venga o arrancarse el pantalón para dar rienda suelta a la fantasía. El amor es un tema peliagudo, en el que el vello pincha más de lo normal en el corazón del otro. El amor es una tragedia llena de abracadabras, de balcones por los que la gente se arroja al mar y de vampiros que chupan la sangre y lo que haga falta con tal de tomar la dosis diaria de cariño. El amor me pone nerviosa y me agita las entrañas, me hace cagar a todas horas y olvidarme de que ya es la hora de comer. El amor es un fracaso constante que no te lleva a ninguna parte y una marabunda de termitas que te van comiendo a trozos los intestinos más delgados. El amor es una putada y una bendición, pura contradicción. El amor es para los que no consiguen entenderlo. Los que quieren planearlo se quedan siempre esperando en la puerta. Todos lo andan buscando y sólo algunos lo encuentran. O puede que haya amor para todo el mundo. No lo sé. El amor siempre me ha dado miedo. Demasiado amor me da dolor de cabeza y me quita el sueño. No sé qué es peor. Vivir sin amor o amar sin vivir. Si alguien lo sabe, que me lo explique.

Sunday, April 03, 2005

Enganchados a la red


Hace ya más de un año, me inscribí en una página web de contactos. Estaba escribiendo artículos sobre los hombres y las mujeres y quise probar una nueva técnica de ligue contemporáneo para hablar de ella. Al principio, me limité a ser una voyeur del personal, sin implicarme en el tema. Quería captar la esencia de las relaciones basadas en la red cibernética, pero como observadora era un poco difícil pringarse de verdad. Como mucho, lanzaba algún beso virtual de vez en cuando. Un día, después de meses de ir y venir, colgué mi perfil en la paginita, match.com y esperé a ver qué pasaba. Para empezar, sólo puse el texto. Más tarde, al ver que no surtía efecto, colgué mi foto también. Me hice una especial para este fin, con mirada sugerente y gesto pícaro y eso sí que funcionó. Empezaron a lloverme mensajes de toda España y parte del extranjero. Yo estaba flipada por el aluvión. La mayoría de los que contactaban eran chicos con perfil atractivo que no adjuntaban foto. Decidí responder a algunos para entrar en la dinámica y el resultado no pudo ser más nefasto. La ingente cantidad de mensajes, no exagero, me hacía confundir a unos y a otros, confusión justificada en parte porque no era posible poner cara a los susodichos y recordar nombres nunca fue mi fuerte, y más de uno me mandó mensajes de rencor incipiente o despecho por mis contactos erróneos o por mi falta de respuesta. La experiencia rozó la esquizofrenia, llegué a asustarme del lío en el que me estaba metiendo y decidí parar. Mi cara estaba expuesta en una página y yo desconocía con quién estaba hablando en esos mensajes. A veces mentía, a veces decía la verdad, a veces bromeaba, pero cómo alguien que no me conoce podría diferenciar cuándo hacía cada cosa. Y hay tanto loco suelto por el mundo. Eliminé mi perfil, borré mi foto y me di de baja en la web en cuestión. Sin embargo, todavía hoy match. com sigue mandándome mensajes a mi e-mail con asunto "hombres que responden a tu perfil elegido". Desengancharse de estas páginas es casi tan difícil como borrarse de las compañías de teléfono que ofrecen superconexiones a precio de ganga. Lo mejor es no probar, así la nicotina del contacto internauta nunca llegará a entrar en tu cuerpo y no hará falta desintoxicarse.

Friday, April 01, 2005

Pobre santidad


El Papa tiene un pie en aquí y el otro bajo tierra. Bueno yo diría que aquí ya le queda poco menos que un dedo, pero el mundo entero parece estar mirando para otro lado. No lo digo porque el tema no esté teniendo cobertura en los medios de comunicación. Desde hace semanas, es imposible meterse a mediodía la cuchara en la boca sin que el estómago te dé un respingo al ver la carita de pena y ese gesto tembloroso del sumo pontífice que, mientras se ahoga, se agarra a micrófonos y manos que le salen al paso desde lugares recónditos, que le sujetan para que el santo padre no se dé de bruces contra el balcón de su alcoba. Es precisamente por ese esfuerzo del Vaticano y de los cristianos en general que hacen como si aquí no pasara nada que los rescoldos de mi pasado católico y apostólico llevan días agitados y me suplican que haga algo para que dejen al pobre Papa en paz. Presuntos fieles de Dios rezan para..., para... qué? ¿Para que se cure milagrosamente, para que siga viviendo en su agonía o para que se muera ya y deje de sufrir de una vez? Quisiera pensar que oran al cielo para esto último, pero presiento que todos ruegan al señor para que lo mantenga vivo, como sea, a toda costa, en un ejercicio de egoísmo puro y duro que yo diría que se acerca mucho a lo que se define como pecado capital en las leyes de la Santa Madre Iglesia. Intuyo que esas súplicas denotan una falta de fe general que afecta incluso a los grandes prelados. Porque, digo yo, si el Papa va a ir al cielo, ¿para qué insistir tanto en que siga entre nosotros? Hombre, y si algún católico se plantea que el mismísimo Papa no va al cielo, que venga Dios y me lo explique. Luego está la cosa del sufrimiento gratuito, una experiencia que cualquier ser humano debería estar en su derecho de ahorrarse llegado el momento. Claro que esto es en la teoría laica de los agnósticos o ateo practicantes. ¿Qué hacer con un Papa moribundo que sufre en silencio su decadencia física cuando lleva toda una vida haciendo apología contra la eutanasia y mientras sus devotos seguidores hacen campaña en contra de esta práctica mientras él agoniza? Supongo que a nadie se le ocurrirá, en caso de entrar en coma irreversible, desenchufar al santo padre. ¿O sí? Presiento que el verdadero final de la vida del papa polaco quedará en el petit comité de sus buitres carroñeros. Yo, como a todo el que tiene la muerte tan cerca, sólo puedo desearle que descanse en paz.

PDTA: Un amigo me recriminaba ayer la ligereza de mi lenguaje al hablar del Papa. Me pregunto si el problema es la ligereza al hablar de la muerte, de alguien que va a morir pronto o si mi ligereza es más abominable por tratarse del Papa y no de otro ser humano cualquiera.
Hoy hablaba con un compañero que me dijo que Juan Pablo II ha hecho mucho daño al mundo y, en concreto, a la Iglesia Católica, y es cierto. Su cerrazón en muchos aspectos ha sepultado al cristianismo hasta límites insospechados y lo ha alejado de la sociedad, de los jóvenes y de la realidad misma. Quede claro, en cualquier caso, que La menda lerenda respeta al Papa tanto como a cualquier otra persona (exactamente igual que a cualquier otra persona) y, ahora que conozco la noticia de su muerte, reitero mi deseo de que descanse en paz. Lo que me parecería hipócrita sería negar la evidencia de que ni el pensamiento ni la obra del sumo pontífice me acercan a él como persona ni le hacen especialmente objeto de mi devoción. Yo tengo mis propios dioses y la mayoría no han sido nombrados por ningún grupo de curas que, ni de lejos, encarnan lo que yo, como ex creyente, tengo entendido como bondad y mucho menos representan a Jesucristo, al que a pesar de mi falta de fe, sigo admirando.