Friday, April 15, 2005

La verdad

Esta semana he aprendido una lección. La gente no quiere oír la verdad, sobre todo cuando la verdad no coincide con lo que uno espera. En realidad, esta idea la aprendí hace mucho tiempo, pero siempre se me olvida. Nunca he sido especialista en las mentiras, ni siquiera en las piadosas. Se me dan fatal. Me cambia la expresión, miro a la gente a los pies en lugar de a los ojos y me da la risita tonta delatora. Además, tengo la extraña sensación de que llevo escrito en la frente: mentirosa. Le pasa a mucha gente.
Yo he aprendido a callarme lo que sé que no debo decir. Me callo, me callo y me callo hasta que reviento y entonces me salen las palabras a borbotones y la cago, de una forma o de otra, siempre la cago. Tengo por costumbre escoger la forma incorrecta y el momento equivocado. Alguien debería dar un curso para los sinceros compulsivos sobre cómo dosificar las verdades para que no hagan pupita a los oídos ajenos. Porque, como diría mi madre, nadie quiere oír que le huelen los peos ni que sus hijos te parecen feos.
La indiferencia, la sorpresa o el dolor del que escucha una verdad inesperada suelen poner una tapadera sobre el sufrimiento del que la pronuncia, que pasa desapercibido y camuflado por el sentimiento de culpa que le sigue. Para evitar el maltrago, yo prefiero no estar presente en el momento clave para no ver la cara del que sufre el impacto.
Lo mío son las cartas y los emails de última generación. Tiro la piedra y echo a correr. Soy una cobarde, pero toda una campeona en esta modalidad de lanzamientos. Se me da mejor decir las cosas cuando no tienen sonido, como en el cine mudo, con subtítulos, por escrito. Debe ser deformación profesional. El caso es que siempre me acabo perdiendo esa primera cara de reacción que me gustaría ver por un agujerito. No tengo remedio. Pero tampoco hay que darle más vueltas al asunto. Como dijo una vez alguien, nada es verdad ni mentira. Todo depende del cristal con que se mira. Qué gran verdad.

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