Friday, April 15, 2005

La feria de abril


El otro día me fui a Sevilla, a la feria de Abril, olee. Uy, no sé qué pasa que cuando uno dice Feria de Abril es como que te entran ganas de empezar a mover las manos, a bailar y a gritar ole y ole por todas partes. Ay, qué arte tiene Sevilla.
El caso es que me quedé patitiesa cuando, sentada en primera línea de caseta, me puse a contemplar los modelitos salerosos de las sevillanas de "a pie". Los hombres son un caso a parte, no hay forma humana de distinguirlos porque llevan todos puestos un atuendo idéntico. Traje oscuro, corbatita y camisita. Y de ahí no me saques que si no, parezco guiri o raro. Raro como aquel que se paseaba el miércoles por la portada con la pinga afuera en un gesto típicamente embrutecido de hombre pasado por el tamiz del alcohol. Ruborizada me quedé por la visión y aún no he conseguido que me bajen las chapetas.
Las mujeres sevillanas son mucho más arriesgadas a la hora de vestir, mucho más que los hombres y mucho más que las mujeres de otras provincias del mundo mundial. Las cosas como son. En mi tierra, por ejemplo, es más difícil ver modelitos como los que grabé en mi retina para nunca olvidar. Había trajes de gitana para todos los gustos. En medio de aquel maremagnum de volantes y lunares, yo, que me vestí para la ocasión y me suponía la mar de llamativa por mis lunares gigantes y mis mechas colorás en el pelo, pasaba totalmente desapercibida. Ahí estaban esas mujeres innovadoras con trajes cortos a la altura de la rodilla, recuperando modelos art-decó que alguna que otra confesó heredar de su progenitora. Oye, y les quedaban como anillo al dedo. Un poco de pinta de que el traje les había encogido sí que daban por lo de enseñar las rodillas, pero como la pasarela manda, las sevillanas fashion victim, se lo ponen y no hay más que hablar. Sin embargo, lo que más me impactó fueron los fajines. Una cosa espectacular. Esos cuerpos serranos, o superdelgados o superjamoneros, apretados en telas imposibles y, como colofón, un fajín a modo de nazareno perfectamente conjuntado en color y textura, pero al que todavía no he encontrado la utilidad ni sé muy bien qué pretende resaltar en los cuerpos de las modelos. Sevilla no deja de sorprenderme, he de reconocerlo. Después de esta feria, yo me siento cateta. Necesito como el comer un traje encogido y mi madre no se vestía de gitana cuando era joven. Ya no vuelvo al real hasta que se me olvide.

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