Hace una semana, un compañero llegó al trabajo tras sufrir una rotura fibrilar. Fue la consecuencia directa de un partidillo de fútbol de ésos en los que los aficionados al deporte nacional se entregan como si estuvieran jugando en el Santiago Bernabeu, aunque no sean capaces de dar tres carreras sin acabar con algo roto y la lengua fuera de órbita. Se sentó en su silla y ahí empezó su letanía de lamentos. Fueron ocho horas de lloriqueo seco y quejas constantes que me hicieron recapacitar sobre el escaso nivel de tolerancia al dolor que posee el sexo masculino.
Después de recriminarle su actitud quejosa, mi compañero se excusó diciendo que su llanto velado era una muestra indiscutible de la sensibilidad de los hombres, que muchas también ponemos en duda. Suplicaba que alguien le diera un masaje, bueno, que alguna mujer le masajeara el muslo en cuestión, sin ofrecer nada a cambio. Incapaz de renunciar a su autocompasión, encogía las cejas como muestra de su padecimiento insoportable. Bien sabe Dios que tanto no podía dolerle. A su lado, un padre de familia que pasa la cuarentena hacía pucheritos por un resfriado pasajero y, como culmen del surrealismo, apareció un tercero al que el oído izquierdo no lo dejaba concentrarse.
Todos los hombres, a lo largo y ancho del planeta Tierra, se han quejado durante su existencia de la actitud de las mujeres cuando están en los días conflictivos del mes, sin caer en la cuenta del sufrimiento periódico al que nos vemos sometidas, sólo por haber nacido venusianas. Más de una fémina ha deseado para sus adentros traspasar el dolor por un instante a su señor jefe, a su maridito o a cualquiera que le haya echado en cara su mal genio mensual. ¿Acaso preferirían vernos llorar a lágrima viva como nos pide el cuerpo por culpa del altibajo hormonal? Es fácil reaccionar con indiferencia cuando le toca sufrir a la de al lado pero bien que disfrutan ellos quejándose aunque sólo sea por arrancarse el padrastro que les colgaba del dedo meñique. Ahora entiendo que la Madre Naturaleza, con sabio criterio, asignara a la mujer la función reproductora porque no habría en el mundo ser capaz de soportar los lamentos de un hombre a punto de dar a luz.
Friday, April 15, 2005
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