Me he mudado. Acabé por irme de La Judería, agobiada del estrés de vivir en una zona tan super-super-protegida que es imposible aparcar tu coche a menos de 7 kilómetros de la puerta de casa. Ahora vivo en otro barrio y tengo cochera. Eso no me exime, claro está, de pagar multas por párking azul ni de que la grúa se lleve mi coche cuando le viene en gana. Sin ir más lejos, ayer lo retiré del depósito porque estoy fichada por la Policía. Tengo un pasado oscuro que sale en el ordenador chivato de los agentes cada vez que pasan por mi matrícula. Son cosas con las que los reincidentes de la zona azul tenemos que vivir. A lo que iba. Ahora tengo cochera, pero aparco en la calle. Resulta que, viviendo en una zona de esas que llaman pijas (la zona, no yo, que soy más de barrio que el autobús 16), vivo atemorizada por unos vándalos juveniles que le han cogido manía a mi Arturito (mi coche). Lo mismo me arrancan un limpiaparabrisas que cogen una llave cualquiera y me arañan el coche de cabo a rabo. Una (yo) que ha vivido siempre en zona polinganera se sorprende de que estas cosas pasen en áreas no periféricas. En mi barrio de toda la vida me robaban la radio o abrían el coche para intentar un alucinaje. Había un objetivo más allá de dar por allá donde la espalda toma otro nombre. Aquí no. Los vecinos sospechan (al parecer, no soy la única afectada) que los culpables son chavales, jóvenes, vecinos quizás aburridos de no hacer nada y que buscan nuevos retos. Supongo que se levantarán por la mañana pensando: "De reto, hoy no sé si rajar una rueda o aplastar un retrovisor". Y yo me pregunto si no sería mejor que el policía que toma nota de mis multas se diera una vuelta por mi cochera, aunque sea para jugar a los policías con los chavales.
Wednesday, May 28, 2008
La tortilla del revés
Antes de verlo en los medios, ya había oído hablar de varios casos cercanos. Pensé que eran excepciones. Ahora sé que la cosa está peor de lo que imaginaba. Y es que parte de las adolescentes españolas parecen haber entendido mal aquello de "las chicas son guerreras" y han decidido copiar los patrones del machismo más repugnante para convertirse en hostigadoras de sus compañeros a base de palos, un fenómeno incipiente y parece que creciente. Tan triste como conocer que un nuevo caso de violencia doméstica engorda las listas de mujeres víctimas de malos tratos, es comprobar que, justo cuando el Gobierno aprueba una ley para la igualdad, haya chicas de hoy y mujeres del futuro que dan la vuelta a la tortilla para aplicar los discursos hembristas de la peor manera que cabía esperar. Ante tal panorama, que puede que celebren ciertos sectores de la sociedad que apuestan por machacar al género masculino per se, la realidad es que hay padres y madres de hijos jóvenes que están viendo peligrar en las aulas la integridad de los suyos sin ley alguna que los asista. Y es que el sistema judicial ha optado, obligado por los acontecimientos, por defender a la mujer, sea cual sea su actitud, y abolir la presunción de inocencia masculina, obviando que la violencia no es exclusiva de un sexo. Esto que solo se justificaría en base a la reducción visible de muertes por violencia doméstica, está aniquilando el concepto de igualdad sin reducir las cifras de víctimas. Así, el sistema se resquebraja porque, cobarde, ha optado por el discurso políticamente correcto sin encarar de frente el de la igualdad, que no es otro que el que defiende que hombres y mujeres, siendo diferentes, debemos ser idénticos en derechos. Para lo bueno y para lo malo.
Ancianos recién nacidos
Los gajes de la vida y del trabajo me han llevado últimamente a conocer a personas muy muy mayores, auténticos monumentos vivos que esconden historias infinitas detrás de ojos de mirada perdida, de sonrisas desdentadas pero sin complejos, de huesos y músculos cansados. En el contacto con estos ancianos, la mayoría de espíritu más joven que el de ellos mismos durante su juventud, se ha dejado ver la esencia de la longevidad, algo que yo andaba buscando desde hacía tiempo. Y es que, observando el rastro de cientos de arrugas, me he dado cuenta de que la vejez es un momento mágico al que siempre se llega desnudo, tal cual se nace. He descubierto que, al cumplir muchos años, los seres humanos acabamos por renacer, volviendo a lo básico, al cariño como necesidad primaria. Anciano y bebé me parecen ahora almas gemelas que resisten, marcados por la dependencia y enganchados a quienes dedican su tiempo a alimentarlos, a asearlos o a velar su sueño. Puede que eso explique que abuelos y nietos se entiendan tan bien, tanto mejor cuanto mayor sea el uno y más pequeño el otro. En ambos umbrales, solo importa lo importante, se desvanecen así las preocupaciones absurdas de la juventud o de la madurez, cuando los intereses profesionales, el dinero o los amores tortuosos son prioridad. Llegado a cierto punto, la memoria de los ancianos parece vaciarse de recuerdos para llenarse de "los recuerdos", de la misma manera que la de un niño es un cajón vacío que solo se abre a los momentos imborrables. Y es que, queramos o no, la vida nos devuelve al punto de partida justo al llegar al final. Para empezar de cero. Como Antonia, que a sus 105 años, ha vuelto a gritar entre sueños "mamá". Aunque quien corra a verla sea su hija.
Llámenme hereje
Hay imágenes que valen más que mil palabras. No sé quién se inventó esa frase, pero me viene como anillo al dedo para hablar del Rocío, esa fiesta que cada año vivo, perpleja, por televisión y que imprime en mis retinas postales dignas de estudio. No me explico cómo es posible que haya asociaciones que se quejan del uso irracional de cabras, osos o animales varios en fiestas populares de aquí y allá y nadie abra el pico para denunciar lo que pasa en el Rocío. Se me pone el vello de punta solo de recordar a todos esos niños, muchos de ellos bebés, volando de mano en mano cada vez que los romeros (dispuestos a esgalasarse unos a otros) saltan la reja para sacar a la Virgen, más que a hombros, a tirones. Y luego llamamos fanáticos a otros..., que son fanáticos, pero ¿y esto qué En cualquier caso, lo peor de todo, teniendo en cuenta el cariz religioso que se supone al Rocío, es que, en lugar de potenciar el fervor y la fe de los que van por devoción, sea un escaparate del poderío económico que se exhibe en el camino, donde parece que solo tienen acceso las grandes fortunas o los que ahorran todo el año para ir en esas carretas de lujo, armados hasta los dientes con jamones de pata negra, tinajas de vino y potenciadores de la fiesta de cuyo nombre no quiero acordarme (me río yo de los excesos del botellón). Y nadie hace nada. Como dice mi amiga Juana, es normal que el Rocío sea objetivo número uno de la prensa rosa. Al fin y al cabo, famosos y famosillos acuden al camino, como abejas a la miel, para ponerse hasta las trancas y de paso aumentar su cotización. Y vamos que si la aumentan. Porque el Rocío está en alza y la religión no. Lo que no sabemos es si a la Iglesia le interesa el jolgorio y por eso calla y otorga, o si alguien acabará tomando cartas en el asunto.
Que no llegamos
Llevo un mes y medio recibiendo cartas de todo tipo de bancos que me ofrecen préstamos a precio de ganga. Cada vez que abro un sobre y veo "¡Tiene usted hasta 12.000 euros en media hora!" corro a una papelera, rompo el papel y lo tiro al fondo de la basura para evitar cualquier tentación, sobre todo teniendo en cuenta que se acercan las vacaciones. Yo no sé qué pasa en este siglo XXI que si, en verano, no viajas a más de 500 kilómetros de distancia, todo el mundo cree que tus vacaciones han sido un chasco. ¡Hasta tú mismo lo crees! Como alternativa digna a cruzar el Atlántico, solo vale pasar un mes en un apartamento a pie de playa a cambio de un mínimo de 2.500 euros por dos habitaciones. (Para eso, viajo). Qué digo yo, ¿dónde ha quedado aquella vieja costumbre de antaño de coger el coche el sábado casi de madrugada, con la nevera y los bocatas, y volver el sábado por la noche con la espalda achicharrada por el sol, y derrotada toda la familia por el efecto de las olas para reposar el domingo, sentados juntos en el suelo frente al ventilador con el cuerpo embadurnado en apestoso after sun ¡Qué daño han hecho la UE, las tarjetas de crédito y los pagos a plazo a este país! (antes obrero, ahora sibarita). El problema es que tan mal visto está quedarse el verano en casa que mucha gente se entrampa hasta las cejas para pasar el verano en Cancún o en Las Galápago. Ya ni los niños se conforman con ir a Fuengirola. Y los padres, que no se enteran de que no es bueno dar a los niños todo lo que piden, se esfuerzan para evitarles el gran trauma de no haber visto, pongamos por caso, las pirámides de Egipto antes de cumplir los 7. ¿Estamos locos El caso es que viajar está muy bien, pero si no se puede, no se puede y punto. Que luego viene septiembre, la vuelta al cole... y no llegamos.
Like a 'Rolling Stones'
El otro día estuve en Barcelona presenciando el concierto de una banda mítica del rock and roll de todos los tiempos, los Rolling Stones, verdaderos supervivientes de las modas perecederas que han conseguido enganchar a generaciones de padres, hijos y abuelos con un solo nexo común, la música. Entre el público, no solo había representantes de todas las edades posibles, sino que todos los presentes estaban entregados con la misma intensidad al arrebato que aquellos músicos de raza mostraron en el escenario. Todavía veo a ese Mick Jagger, a sus casi setenta años, dar botes y correr durante dos horas y media sin perder el aliento ni dejar el micrófono un segundo. Una, que nunca ha sido mitómana ni fan de ningún grupo más allá de mi Manolo García y que asistió al concierto, más que por iniciativa propia, por el ímpetu arrollador de una víctima de la gira fallida del año pasado que me acompañaba (en realidad, lo acompañaba yo a él), acabé seducida por el espectáculo y abducida, al modo extraterrestre, por el sonido en directo de aquellos auténticos monstruos del rock. Al llegar a Córdoba, un moderno seguidor del pop electrónico, de esos que miran por encima del hombro a todo aquel a quien no se le erice el cabello escuchando el rollo new age, nos preguntaba por el concierto de los abuelos con cierto aire de menosprecio. "A saber lo que se habrán metido por el cuerpo esos dinosaurios para aguantar". Como absoluta inculta musical confesa, no pude menos que alegrarme al comprobar que no soy la única inculta en estos temas. Me acordé entonces de un niño de cuatro años cuya canción favorita es aquella de Satisfaction y decidí que, puestos a elegir, de mayor no quiero ser modernita sino like a Rolling Stones.
Concentración
Ha sido entrar el calor y la redacción de este periódico está que echa humo. Cuando no llega alguien que pone El Fary con las botitas del toro a toda pastilla para disfrute del personal, va otro y enseña las fotos más ardientes de los San Fermines en corrillos de a siete o inicia una conversación de ésas sui generis en las que todo el mundo quiere participar. Ayer fue el turno del vello. Sí, el pelo del cuerpo (también llamado). Una incauta, hastiada por la calor, dijo aquello de "a este paso vamos a tener que venir en biquini", y de esta manera sirvió el plato en bandeja. Del biquini se pasó al triquini, de ahí al top less, al pepe less y, finalmente, al peliagudo tema de la depilación. Un compañero, muy gráfico en sus opiniones y conocido porque se autoproclama rompecorazones, empezó a hablar de sus gustos púbicos. "No soporto la depilación total, me parece de mal gusto, prefiero la masa arbórea". De ahí, entre pitos y flautas, pasó a hablar de su cuerpo serrano. "El otro día me di cuenta de que tengo algo así como un gato echado en mi espalda y nunca lo había notado". Entre las mujeres presentes, brotó la indignación. "Toda una vida depilándonos y este señor se puede permitir el lujo de ser una alfombra humana y no darse ni cuenta, qué envidia...". A pesar de estos pensamientos, nadie fue capaz de expresar su envidia, por remota que fuera, hacia un hombre cuya espalda es como la del hombre lobo. Lo que sí surgió fue una recomendación con su pelín de mala leche. "Ve a depilarte y verás qué bien". En ese momento, el gran jefe hizo acto de presencia y se acabó la conversación. En fin, que menos mal que ya mismo llegan las vacaciones y el reposo porque, con tanta calor, no hay manera de concentrarse... ¿Qué es lo que estaba diciendo?
A papá Juan
Desde que murió, hace ya veinte días, ando dándole vueltas a las palabras con las que despedir a Juan Vacas y siempre acabo rindiéndome al recuerdo callado... Lo conocí cuando ya había cambiado su cámara de fotos por un pincel. Con su despierta mano izquierda y una inmensa paleta de color, se afanaba en retratar la realidad de una forma hasta entonces desconocida para él, a través de la pintura. Su hija Marina le sirvió de guía espiritual en ese último paseo por el arte. Dibujaba despacio, con el mismo empeño con que aprendió a arreglar televisiones o a manejar el objetivo de sus cámaras réflex. Lo conocí también siendo abuelo por encima de todas las cosas. En mi memoria, siempre será papá Juan, rodeado de nietos e hijos, a los que apretaba la mano para decirles "estoy aquí", a los que hablaba sin palabras, con sus ojillos vivarachos, tierno y tímido. Llegué la última a la familia y él me tendió la mano para hacerme sentir bien. Me alegraba verle reír, tan serio como él era, y en su 84 cumpleaños, ya enfermo, le regalé un pajarito enjaulado que, al menor alboroto, empezaba a cantar como si de un jilguero de verdad se tratara. Él me regaló a cambio una de sus sonrisas. A veces, cuando llegaba a casa, sonaba el teléfono y una voz entrecortada me decía: "¿Ya estáis en casa ¿Y Juanito ... Ea, pues buenas noches". A pesar de su genio, de su sobriedad, destacaba en él su espíritu limpio, ése que inspira a los grandes. Agradecido, franco y modesto, podía presumir de tener virtudes de las que escasean en el mundo de hoy en día. Me recibió como a una hija y yo, que hace años perdí a mi padre, aprendí a llamarlo papá Juan. Por eso y porque aún no te has ido, hoy solo se me ocurre mandarte un beso. Confío en que tú me estarás sonriendo.
Un día en el hospital
Entrar en un hospital público español se ha convertido, con el paso de los años, en un viaje al pasado en la máquina del tiempo que equivale a un billete de avión al Tercer Mundo. Sales de un banco y entras en un centro hospitalario y te preguntas, ¿he cambiado de ciudad, de época o de planeta En una sociedad bautizada como del bienestar, llena de comodidades, de pequeños lujos que nos hacen la vida más fácil y encuadrada en pleno siglo XXI, no deja de sorprender que ponerse malo y recurrir a la sanidad pública, ésa que se paga con el sudor de todos los españoles a base de impuestos cada vez más altos, siga siendo un infierno insoportable al que se enfrentan cada día miles de personas necesitadas de alivio y no de problemas. En una ciudad pequeña como Córdoba, cuya población no llega a los 400.000 habitantes, parece inconcebible que para enfrentarse a una prueba rutinaria como un análisis de sangre haya que levantarse a las siete de la mañana para pillar un número y aguardar entre decenas de personas a que un señor vocee el tuyo. Eso por no hablar de las condiciones en que se encuentran los familiares de los pacientes, que además de tener que hacerse cargo del cuidado de sus enfermos, porque el personal no da para más, deben dormir, en el mejor de los casos, en sillones que parecen sacados de la serie Cuéntame. El bienestar brilla por su ausencia. Pero si la infraestructura sanitaria es deficiente, los servicios complementarios tampoco acompañan. Así, por poner un ejemplo, se da la paradoja de que un hospital del prestigio del Reina Sofía siga luciendo un párking que se inunda en época de lluvias, se atasca a diario y cuyo uso, para colmo, requiere pago previo. En fin, háganme caso y no enfermen, si no quieren ponerse malos.
Pensamientos únicos
España ha perdido los matices. Al menos, en lo que a pensamiento y política se refiere. Basta con colarse en cualquier foro de internet, con ver el telediario, hasta charlar con los amigos sobre algún tema que tenga cierta implicación socio-política para descubrir que los términos medios no existen. En este mundo lleno de banderas en pro del mestizaje, de la interculturalidad y de la tolerancia solo cabe decantarse en dos sentidos. O eres progre o eres facha. A quién votas, si es que votas, es lo de menos. Total, "todos los partidos hacen lo mismo..." Así, no vale ser un poquito de esto y otro poco de aquello. Nadie parece estar preparado para asumir que la personalidad compleja del ser humano permite que uno sea muy avanzado en unas cosas y muy poco en otras. Para ser progre, basta con poner a parir a los empresarios, al sistema educativo o a la Iglesia, decir que te gusta mucho ir de fiesta, que crees en el amor libre, defiendes a los inmigrantes o eres feminista. Por supuesto, no es necesario respaldar las declaraciones con actuaciones concretas porque nadie hace lo que dice. Para ser facha, la clave está en decir que crees en Dios (si vas a misa es peor), tener un boli del PP (aunque solo lo uses para escribir), vestir de chaqueta o ser contrario al botellón, criticar a los inmigrantes, a las feministas o defender el libre mercado. No se contempla ser homosexual, pero católico y contrario al aborto; o ejemplo de compromiso social y sindicalista, pero ni feminista ni machista y miembro de la liga anti alcohol y porros. En este mundo etiquetado, pedir eso, por lo visto, es pedir demasiado, como pedir demasiado es reclamar un partido de centro o un pensamiento mixto. Algo que nos saque de este largo y aburrido partido de ping pong.
Un mal día
Hoy he vuelto a trabajar después de un mes de baja y ya estoy de mala leche (perdón por la expresión). Con las ganas que tenía de volver al curro. Es broma, quién quiere trabajar pudiendo estar en casa, aunque también es verdad que quién quiere estar enfermo por muy cómodo que sea el sofá. El caso es que, al llegar a la redacción me he enterado de que este año no hay cena de Navidad, me he indignado al recordar en rueda de prensa que, aunque los centros comerciales se abarrotan en el día del señor, 14.000 cordobeses viven con menos de 400 euros, he leído en el periódico una oda a la princesa Letizia que me ha levantado el estómago y me han clavado 500 eurazos por un termo eléctrico. Y eso, por no dar más detalles. Hay días que es mejor no levantarse aunque estés de alta. La cuestión es que, al ponerme a escribir, me he dicho que lo mejor era abstraerme en un tema irrelevante. Pongamos por caso, la lotería, esa ilusión liberadora con la que soñamos todos en estas fechas. Y me ha surgido la gran pregunta: ¿Qué haría yo si me tocara, un decir, un millón de euros Y la inevitable respuesta: dejar de trabajar, comprar siete pisos y vivir de las rentas. En ningún momento he pensado en seguir con mi trabajo y donar el dinero a los que de verdad lo necesitan. Y eso que ahora que no tengo grandes excedentes despotrico tanto de quienes tienen pasta gansa y no la comparten. Me apuesto un brazo a que, salvo santos, ustedes contestarían lo mismo a la pregunta del millón. El género humano está plagado de mala gente, miserables egoístas que venderíamos nuestra alma por un boleto premiado de la ONCE. Menos mal que iba a hablar de algo liviano. En fin, ya lo dice el refrán: cuando estás de mala leche, todo sabe a agrio. Un mal día lo tiene cualquiera.
Un chófer quiero
Son las cuatro menos cuarto (de la mañana), sábado noche y no tengo coche. No me atreví a sacarlo de casa. Todo el mundo sabe que no hay sitio donde aparcar en el centro y que si te arriesgas a dejar el carro donde no debes puedes acabar recogiendo el vehículo en el depósito municipal, con menos puntos del carnet de los que tenías al salir de casa y, a poco que te hagan soplar, con una sentencia para ingresar en prisión por tasa de alcohol excesiva. Cualquiera se arriesga, así que me entrego al transporte público, es decir, al taxi porque bus nocturno aquí no hay. Hace un frío que pela y a altas horas de la madrugada, como ser humano que soy, me muero por meterme en el sobre. Salgo de un pub y grito ¡¡¡taxi!!!, pero el taxi no para porque va lleno. Así pasan uno y hasta dos más. Alguien dice "llama a radiotaxi y llamo", pero comunica, comunica y comunica. Las piernas las tengo heladas, me lanzo calle abajo. Mis amigos me siguen. La calle está desierta y el termómetro marca bajo cero. Ni rastro de taxis y el teléfono sigue comunicando. Mi casa está a tres kilómetros y mi cuerpo empieza a entumecerse. Sigo andando. Me viene a la memoria un coche oficial, un chófer que recoge a un concejal, a una delegada, a un alto cargo cualquiera para traerlo y llevarlo de aquí para allá. En ese momento me doy cuenta de que no voy en coche porque justo los que tienen chófer, los que dirigen el cotarro en la ciudad, en las carreteras o en el país me aconsejan que coja el autobús, el taxi o la bicicleta. Los que idean nuevas multas sin ofrecer soluciones. Me rebelo entonces contra el sistema y del mismo coraje entro en calor. Mi casa cada vez está más cerca y yo ya voy casi corriendo. Al despertar, tengo unas agujetas de la muerte y mientras me estiro grito. ¡Yo también quiero chófeeeer!
Dame un sobre de Almax
Tengo la sensación de que las familias solo nos reunimos para comer. Como que si no hay un plato, un perol o una barbacoa de por medio, la cosa no tiene gracia. Prueba de ello son estas fiestas navideñas en las que el leit motive de miles de unidades familiares, estén o no unidas, es compartir una mesa bien cargada de langostinos, jamón y demás comistrales en un ejercicio de gula irrefrenable. Todavía me da fatiga recordar un día cualquiera de Navidad. 25 de diciembre fun, fun, fun. Diez, quince, veinte personas se enfrentan a una mesa para ponerse tibios de un surtido variado de suculentos platos navideños made in madre. Todavía quedan secuelas del festín del 24 en las caras de los comensales, pero nadie quiere renunciar a los manjares expuestos. Tras lo salado, llega el dulce, el flan de huevo, la tarta de queso y el café. Alguien reparte sobres de Almax entre los presentes. Acto seguido, una voz recuerda que aún está pendiente hacer la lista de la compra para la escapada de Fin de Año. Empieza el tropel. ¿Qué comemos el domingo Tripas y tapas. ¿Qué cenamos Pon salchichas y sopa. Apunta yogures, galletas, frutos secos, latas, langostinos y bebida, ¡con algo habrá que regar tanto sólido! En ese momento, suena el timbre. Llaman dos veces y no es el cartero. Es la vecina, que pregunta si alguien tiene un sobre de Almax para su marido, que se encuentra algo indispuesto desde la comilona de la Nochebuena. La epidemia del ansia se extiende en el vecindario, en la comunidad autónoma, en el país. En medio del jaleo, una niña pone la tele. Busca dibujos animados, pero se queda parada en el telediario. "Cada año, mueren de hambre 6 millones de niños". Vuelve la cara y pregunta. "¿Por qué se mueren de hambre esos niños, por qué ". Nadie contesta.
Las dietas son para el verano
Dice mi médico que estoy "gordita". "Tiene un poco de sobrepeso, no está usted obesa, pero debería perder unos kilos" --dijo exactamente el muy insensato. ¿A quién se le ocurre soltar semejante ordinariez sin que nadie le haya preguntando al respecto El caso es que mi médico tiene razón, me sobran algunos kilos, qué le vamos a hacer. Y conste que la culpa no es mía. La felicidad es lo que tiene, que da mucha hambre. Y para una vez que soy feliz en la vida y, para más inri, encuentro a un hombre al que le gusto a pesar de no tener una 38, tiene que venir un médico a llamarme gorda. Tiene guasa. Una, que lleva toda la vida a dieta. Si yo no he estado flaca en mi vida, no lo voy a estar ahora. Todavía me acuerdo de mi época de colegiala cuando el mayor de mis problemas era decidir entre hacer caso a mi madre (que siempre pensó que los niños gordos eran los más sanos) y comer todo lo que me apeteciera, o cortarme con los bocatas de salchichón y las tortas de aceite para ver si mi silueta se estilizaba como la de una Barbie. Siempre ganaba el bocadillo, basta con hacer un recorrido por el álbum de fotos campestres familiar. Después, yo sola me consolaba: "No estoy gorda, es que soy muy grande y me pesan mucho los huesos". El que no se consuela es porque no quiere. Lo peor del caso es que, desde que el señor de la bata blanca me dijo que adelgazara, no paro de contar mis ganas de perder peso a las amigas, que parecen haberse puesto de acuerdo para hacer alarde de sinceridad, calladas como estaban las muy pécoras hasta ahora, para confesar que sí, "ahora que lo dices, te sobran unos kilillos". Entre tanta presión, he decidido pasar de todos y comer lo que me apetezca. Total, ya me agobiaré yo sola cuando llegue el verano.
Formas de ser mujer
Hace tiempo que observo los movimientos de las miembras de la Plataforma de Apoyo al Lobby Europeo de Mujeres. Intento averiguar el motivo por el cual, siendo yo mujer, soy incapaz de identificarme con su discurso. Ayer, durante un acto de la plataforma, lo descubrí. Me di cuenta de que hoy en día existen mil formas de defender la igualdad de oportunidades y de ser mujer que chocan de frente con los postulados de este órgano, a mi modo de ver, más interesado en el conflicto que en su resolución. Superada la generación de aquéllas que lucharon por la defensa de los derechos de las mujeres cuando éstos eran solo una ilusión y con un marco jurídico actual que reconoce (con más o menos reparos) que unos y otras somos iguales, ha llegado el momento de asumir que la sociedad "ha cambiado" y apostar por que hombres y mujeres sepamos "compartir" responsabilidades. Mientras tanto, desde este foro, que llega al extremo de promover que términos neutros como líder o joven cambien por lídera o jóvena, se insiste en dar fórmulas sobre lo que significa ser mujer y en perpetuar la idea de que hombres y mujeres somos mundos opuestos. Nada más lejos de la realidad. En el camino hacia la igualdad queda mucho por hacer, pero el trabajo de reflexión pendiente no es solo del bando masculino, que también. Aquellas cuya bandera no es más que el resentimiento, el complejo o el cabreo sistemático hacia el otro sexo, ni aportan lucidez a la cuestión, ni pueden representar a las mujeres en su conjunto. El problema, quizás, está en que las que han hecho de la lucha contra el machismo una forma de vida aún no han asumido que la igualdad, aquello con lo que soñaron, no es solo un ideal sino un futuro posible. Aunque eso, claro, acabe por pasarles factura.
Sobredosis
Ayer me fui a la peluquería. Necesitaba un remanso de paz en el que olvidar que estamos en campaña electoral y hablar de cosas más interesantes como el último hit en maquillaje para novias (por lo visto, se lleva el sombreado en negro, que da más profundidad a los ojos) o la ruptura sentimental de alguna famosa. Todo con tal de evadirme de la realidad. Y es que, después de cuatro años de precampaña, este esprint final se está haciendo muy cuesta arriba. Eso de poner la tele y encontrarte con que han quitado tu serie favorita para colocar un debate entre candidatos, o peor, el comentario del debate, del predebate y del postdebate, no hay quien lo aguante. Tanto hablar de crispación ha hecho que nos crispemos hasta en casa a la hora de comer. "Papá, pásame el pan", dice el hijo, al que el padre contesta: "Te lo doy si me dices a quién vas a votar". Ésa es otra. El voto ha dejado de ser secreto y todo el mundo quiere saber de qué color es el tuyo para echártelo en cara. "¿No me digas que votas a IU Pero si ésos están acabados, tío", escuché ayer en el autobús a dos colegas universitarios mientras dos señoras debatían sobre el look del presidente: "Yo no sé a quién votar, pero a Zapatero no porque esas cejas puntiagudas que tiene me ponen nerviosa", decía una mientras una chavalita, horas más tarde, en la cola del videoclub, confesaba a un amigo: "Como se entere mi padre de que voy a votar al PP, me mata". Y es que esto último está a la orden del día. Cantidad de jóvenes han decidido mostrar su rebeldía castigando a los padres con el voto contrario al que ellos quisieran, es decir, de padres progres están saliendo hijos peperos y viceversa, aunque más por confrontación generacional que por convicción política... Pero ¿qué hago , si yo no quería hablar de las elecciones...
Reflexión femenina
El sábado fue el Día de la Mujer Trabajadora y día de reflexión, todo en uno, y a mí me dio por reflexionar sobre las trabajadoras de mi género. El viernes fui a una rueda de prensa sobre este tema en un sindicato. Sindicalistas y periodistas allí presentes éramos todas mujeres, algo, por otra parte, bastante habitual. Cuando acabó la cosa oficial, nos enfrascamos en una conversación sobre la conciliación de la vida familiar y laboral, preguntándonos todas por qué resulta tan difícil para las empresas tomar medidas de este tipo que, además de hacer a sus empleados más felices, aumentarían el rendimiento. La inevitable conclusión es que los puestos de organización de las empresas están, mayoritariamente, ocupados por hombres, justo los que menos idea tienen de organizar. Ya sea por tradición histórica o por pura necesidad estratégica, han sido las mujeres (valgan aquí todas las excepciones posibles) las expertas en sacar tiempo de donde no lo hay para hacer mil y una cosas en el menor tiempo posible y, por tanto, somos nosotras y no ellos quienes poseemos las herramientas más afiladas cuando se trata de exprimir el reloj y sacar el máximo partido a las 24 horas del día. No hay más que dejar a un hombre al cargo de una casa para comprobar que para hacer las mismas tareas que hace una mujer a diario, y por mucha voluntad que pongan, ellos suelen emplear el doble de tiempo. Hasta la fecha, ellos no han desarrollado la visión práctica de conjunto que a nosotras nos sobra, ésa que les hace sentir desbordados cuando se les plantea un listado de lo que se supone que tienen que hacer. Si extrapolamos esta idea a la organización de una empresa, el caso es el mismo. La conciliación familiar y laboral requiere una visión global de necesidades para la cual las mujeres están mucho más capacitadas. Lástima que las empresas pasen por alto las potencialidades de sus empleados.
Preguntas difíciles
Ver el Telediario en los tiempos que corren con un niño pequeño al lado te pone a veces en situaciones la mar de comprometidas. Me pasó el otro día. Estábamos comiendo a eso del mediodía en familia cuando mi Juanmita, que a sus cuatro años es muy observador y siempre anda sacando conclusiones sobre el mundo que le rodea, escuchó que un hombre iba a traer al mundo un niño. Se quedó estupefacto y me preguntó: "Araceli, ¿un hombre va a tener un hijo , lo han dicho en la tele". Se refería al caso de la mujer transexual que, tras hormonarse para convertirse en varón, ha decidido embarazarse y paliar así los problemas de fertilidad de su pareja, una mujer, supongo que heterosexual aunque tampoco descarto que sea lesbiana. Bueno, mejor no entrar en honduras. Su padre y yo nos quedamos mirando intentando encontrar las palabras con las que traducir realidad tan compleja a un niño. "Es un hombre, pero también es una mujer", se me ocurrió decir. "¿Cómo va a ser un hombre y una mujer , eso no puede ser", insistió. "Verás, es que era una mujer y ahora es un hombre", intenté aclarar, acorralada entre el sentido común aplastante de la criatura y la rareza del tema que se trataba. La jugada era difícil, no solo había oído la noticia sino que había visto la foto del hombre y su tripita. Cada vez más tensos, recurrimos a la técnica del vuelva usted mañana. "Verás, cariño, es una cosa un poco complicada y difícil de entender, así que lo mejor será explicártelo cuando seas un poco más mayor". Aquello no le convenció mucho, pero decidió aplazar el interrogatorio. Ahora, en previsión de nuevas ofensivas, yo me pregunto ¿cómo explicar a un niño algo contrario al dictado de la Naturaleza para que lo asuma con naturalidad. Ahora comemos con la radio.
¿Alquilas o enriqueces?
Qué manía tiene todo el mundo con el piso en propiedad. ¡Con los precios astronómicos que se gasta el sector inmobiliario! Me faltan dedos en las manos para contar el número de amigas que han tenido que esperar durante años para, antes de casarse (ésa es otra, y lo digo desde el respeto, la costumbre del bodorrio, con el escaso índice de éxito que tiene el matrimonio), firmar el contrato que les ligará al banco casi de por vida (y digo casi porque supongo que habrá alguno que se jubile con la deuda saldada). Y eso, a pesar de lo bien que se vive de alquiler. Que se te rompe un grifo, llamas al casero y él lo arregla y lo paga. Que vives en San Agustín, en el Zoco o en Las Tendillas, me da igual, y te toca un vecino pelmazo, buscas otro piso y te cambias de comunidad. Que te quedas en el paro y la cuota mensual te queda grande, pues te buscas otro más barato y en paz. Y si el piso está amueblado, se ahorra uno comprar electrodomésticos, la mesa de camilla y hasta la obrita de rigor en el cuarto de baño. Bueno, tampoco es todo tan fácil y tan ideal, pero comparado con lo otro... sí. Me sorprende que, con lo caras que están las hipotecas, nadie quiera renunciar a tener una. Yo es que no lo entiendo. Debe ser que la gente no se para a pensar, con la euforia del casamiento, en que si uno se casa y se arrepiente, tiene la opción de recurrir al divorcio express y separarse en menos que canta un gallo, pero que separarse de la hipoteca es más difícil. Y es que, por mucho que duela reconocerlo, el lazo de unión con el banco es igual o más indeleble que el de pareja. En el resto de Europa, eso no pasa. Nadie tiene interés en comprarse un piso. Total, para que lo disfruten luego los descendientes... Y eso, si no nos meten antes en una residencia. Anda ya.
Mujeres madre
Existe un síndrome cada vez más extendido entre las parejas de hoy en día que, en muchos casos, acaba por convertirse en enfermedad y que, sin tratamiento, puede desembocar en fin irremediable de multitud de relaciones contemporáneas. Es algo a lo que yo llamo la epidemia de las mujeres-madre, cuyos síntomas se manifiestan de forma más evidente en el comportamiento de ellas, una vez dan el paso de conjugar el papel de esposa y el de madre del cónyuge. Hace treinta años, las mujeres, que habitualmente pasaban más tiempo con los hijos, eran las encargadas de su educación, de pedirles que recogieran el cuarto, que vieran menos la tele o estudiaran más. Por su parte, los hombres, que en su día fueron educados para ejercer como patriarcas, deben ahora compartir las tareas de casa, algo para lo que sus madres no le entregaron siquiera el manual básico de instrucciones. Así, la esposa de hoy, salvo excepciones, se ve obligada a reeducar a marchas forzadas al marido, quien, incluso cuando se entrega sin reparos a su misión de aprender las labores de un amo de casa, suele verse desbordado por las lagunas de su precaria formación. Además, como educar implica a veces regañar, muchas mujeres acaban transformándose en auténticas máquinas de reñir, en insoportables profesionales del reproche con quienes la convivencia se convierte en un suplicio. "¿Todavía no has tendido la ropa ", "la compra te tocaba a ti" o "¿cuándo piensas duchar a la niña ". Como amortiguador de esta realidad, solo caben dos opciones, contratar a un/a limpiador/a o poner en práctica aquello que dijo el poeta, "una pelusa, grande o chica, siempre puede esperar". Eso sí, preocupémonos todos de que los hombres del futuro traigan un manual bajo el brazo.
Enfermos de atar
No sé qué le pasa a los americanos, supongo que están muy enfermos, pero sabiendo que todo lo malo acaba viajando a este lado del charco, no está de más que nos vacunemos los unos a los otros, no vaya a ser que el mundo entero acabe sucumbiendo al virus del cinismo americanoide sin darnos cuenta. Lo leí ayer en el periódico mientras en el telediario de la mañana recomendaban a la audiencia seguir los pasos de una familia española adicta a las compras, que acababa de viajar a Nueva York para gastar en ropa y otros artículos más de 8.000 euros y ahorrar así unas perras gracias a la baja cotización del dólar. "Me he comprado este ordenador por 1.800 dólares, fíjate, y en España vale 1.600 euros, ¿a que mola " (¿ ). Los sabios encargados de revisar la decencia de lo que se emite en la santa televisión de los santos Estados Unidos de América (ya los quisiera para sí la televisión de El Vaticano) al parecer se han escandalizado al ver que en una serie se mostraba el culo de una señora. Y conste que la visión no era obscena porque el culo fuera feo, gordo o demasiado flaco, sino porque un culo, a ojos de estos señores, es "un aparato sexual" o "excretor" y eso en una tele no está bonito que salga. Yo me meo de risa. Los mismos supertacañones que dan el visto bueno a la emisión indiscriminada de imágenes de horror de la guerra de Irak, del hambre en el Tercer Mundo o que hacen la vista gorda a las cifras de muchos ceros de dólares que mueve la gran industria norteamericana del cine porno se llevan las manos a la cabeza porque verle el culo a una mujer adulta les parece inmoral. "¡Todavía no nos hemos repuesto del susto de verle una teta a Janet Jackson!", dicen que dijo uno de los moralistas de la tele norteamericana. Y se quedan tan panchos.
Un susto al alba
El otro día casi me muero del susto. Dormía yo tan profundamente como suelo cuando me despertaron unos cánticos que llegaban desde fuera de mi ventana. En ese estado indescriptible situado entre la vela y el sueño, creí que me había muerto y estaba presenciando las exequias de mi funeral. Voces que se me antojaron de ultratumba cantaban a viva voz aquello de "Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo y bendita tú eres entre tooooodas las mujeres...". El vello de la espalda se me puso de punta y creo que, en el trance, llegué a ver a San Pedro haciéndome la señal de la cruz. Viéndome viva, pensé que había sufrido una regresión a la España profunda de los años cincuenta y también me asusté. Tardé unos minutos en recomponer mi mente, aturdida por el inesperado impacto auditivo e incapaz de salir del sopor, para procesar los datos de aquella canción que, sin duda, me resultaba familiar. Se me representó entonces una lejana mañana cuando, de niña, mi madre (nada beata, pero sí muy de hacer promesas) me despertó bien temprano para acompañarla al Rosario de la Aurora, al que asistí en compañía de decenas de personas. Ya no recuerdo cuántas calles recorrimos aquel amanecer cantando, cual ánimas benditas. Desde entonces, nunca más he vuelto a escuchar esa música en directo. No sé qué hubiera sido de mí si no llego a recordar aquel día o si mi madre no me hubiera llevado a uno de estos encuentros de pequeña. Supongo que ahora no lo estaría contando, víctima de una parada cardíaca. Morir por creerse muerta. Lo raro del caso es que una noche sí y otra no me despiertan de madrugada las voces, el griterío, los portazos de los coches o los tiestos de los vasos del bar de abajo. Y de eso ya ni me asusto.
Ya no puedo más
Ay, qué sueño. La política no me deja dormir. Estoy que no quepo en mí misma de la sorpresa. Cada vez que un grupo político municipal anuncia un nombre para su lista me quedo con la boca abierta y tengo la quijada que se me va a salir de su sitio. Mi primer momento de estupor se produjo cuando me enteré de que Rafael Blanco iba a ser candidato a alcalde de Córdoba. "Pobre hombre", pensé, "con lo bien que estaba él en Madrid y lo devuelven a la política de pico y pala..." Luego me acostumbré a verlo en todas partes (y, cuando digo en todas partes, digo en todas partes) y ya se me hace difícil imaginar un acto cualquiera en el que ese hombre, como diría mi abuela, de calzón caído (no estaría mal que se pasara al pantalón de sastre) no esté presente.
Luego me enteré de que Ana Morales , esa concejala conocida en los mercados porque cada vez que habla sube el pan, volviera a ocupar puesto. Supongo que lo hizo tan mal que la han castigado repitiendo curso. Tampoco me dejó indiferente que José Joaquín Cuadra , el presidente de los taxistas, ni corto ni perezoso, se lanzara a la arena política, como si apatrullar a diario la ciudad no fuera ya un plato fuerte en sí mismo. Cuando ya creía estar curada de espanto, el comisario de la Policía Nacional, ese hombre de tono amable que en su día ostentara el premio Azahar por su intachable relación con los medios, va y abandona la porra para ocupar cargo en el partido más popular de la ciudad. Eso por no nombrar a Madruga y su estilo de márketing. "A quien Madruga..." ¡Qué potencial!
Entre tanto divertimento precampaña, estoy que no veo. Cada vez que cierro los ojos me visualizo ante las urnas intentando elegir papeleta y me da el insomnio. ¿Los podré votar a todos?
Luego me enteré de que Ana Morales , esa concejala conocida en los mercados porque cada vez que habla sube el pan, volviera a ocupar puesto. Supongo que lo hizo tan mal que la han castigado repitiendo curso. Tampoco me dejó indiferente que José Joaquín Cuadra , el presidente de los taxistas, ni corto ni perezoso, se lanzara a la arena política, como si apatrullar a diario la ciudad no fuera ya un plato fuerte en sí mismo. Cuando ya creía estar curada de espanto, el comisario de la Policía Nacional, ese hombre de tono amable que en su día ostentara el premio Azahar por su intachable relación con los medios, va y abandona la porra para ocupar cargo en el partido más popular de la ciudad. Eso por no nombrar a Madruga y su estilo de márketing. "A quien Madruga..." ¡Qué potencial!
Entre tanto divertimento precampaña, estoy que no veo. Cada vez que cierro los ojos me visualizo ante las urnas intentando elegir papeleta y me da el insomnio. ¿Los podré votar a todos?
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