Tengo la sensación de que las familias solo nos reunimos para comer. Como que si no hay un plato, un perol o una barbacoa de por medio, la cosa no tiene gracia. Prueba de ello son estas fiestas navideñas en las que el leit motive de miles de unidades familiares, estén o no unidas, es compartir una mesa bien cargada de langostinos, jamón y demás comistrales en un ejercicio de gula irrefrenable. Todavía me da fatiga recordar un día cualquiera de Navidad. 25 de diciembre fun, fun, fun. Diez, quince, veinte personas se enfrentan a una mesa para ponerse tibios de un surtido variado de suculentos platos navideños made in madre. Todavía quedan secuelas del festín del 24 en las caras de los comensales, pero nadie quiere renunciar a los manjares expuestos. Tras lo salado, llega el dulce, el flan de huevo, la tarta de queso y el café. Alguien reparte sobres de Almax entre los presentes. Acto seguido, una voz recuerda que aún está pendiente hacer la lista de la compra para la escapada de Fin de Año. Empieza el tropel. ¿Qué comemos el domingo Tripas y tapas. ¿Qué cenamos Pon salchichas y sopa. Apunta yogures, galletas, frutos secos, latas, langostinos y bebida, ¡con algo habrá que regar tanto sólido! En ese momento, suena el timbre. Llaman dos veces y no es el cartero. Es la vecina, que pregunta si alguien tiene un sobre de Almax para su marido, que se encuentra algo indispuesto desde la comilona de la Nochebuena. La epidemia del ansia se extiende en el vecindario, en la comunidad autónoma, en el país. En medio del jaleo, una niña pone la tele. Busca dibujos animados, pero se queda parada en el telediario. "Cada año, mueren de hambre 6 millones de niños". Vuelve la cara y pregunta. "¿Por qué se mueren de hambre esos niños, por qué ". Nadie contesta.
Wednesday, May 28, 2008
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