Existe un síndrome cada vez más extendido entre las parejas de hoy en día que, en muchos casos, acaba por convertirse en enfermedad y que, sin tratamiento, puede desembocar en fin irremediable de multitud de relaciones contemporáneas. Es algo a lo que yo llamo la epidemia de las mujeres-madre, cuyos síntomas se manifiestan de forma más evidente en el comportamiento de ellas, una vez dan el paso de conjugar el papel de esposa y el de madre del cónyuge. Hace treinta años, las mujeres, que habitualmente pasaban más tiempo con los hijos, eran las encargadas de su educación, de pedirles que recogieran el cuarto, que vieran menos la tele o estudiaran más. Por su parte, los hombres, que en su día fueron educados para ejercer como patriarcas, deben ahora compartir las tareas de casa, algo para lo que sus madres no le entregaron siquiera el manual básico de instrucciones. Así, la esposa de hoy, salvo excepciones, se ve obligada a reeducar a marchas forzadas al marido, quien, incluso cuando se entrega sin reparos a su misión de aprender las labores de un amo de casa, suele verse desbordado por las lagunas de su precaria formación. Además, como educar implica a veces regañar, muchas mujeres acaban transformándose en auténticas máquinas de reñir, en insoportables profesionales del reproche con quienes la convivencia se convierte en un suplicio. "¿Todavía no has tendido la ropa ", "la compra te tocaba a ti" o "¿cuándo piensas duchar a la niña ". Como amortiguador de esta realidad, solo caben dos opciones, contratar a un/a limpiador/a o poner en práctica aquello que dijo el poeta, "una pelusa, grande o chica, siempre puede esperar". Eso sí, preocupémonos todos de que los hombres del futuro traigan un manual bajo el brazo.
Wednesday, May 28, 2008
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