Son las cuatro menos cuarto (de la mañana), sábado noche y no tengo coche. No me atreví a sacarlo de casa. Todo el mundo sabe que no hay sitio donde aparcar en el centro y que si te arriesgas a dejar el carro donde no debes puedes acabar recogiendo el vehículo en el depósito municipal, con menos puntos del carnet de los que tenías al salir de casa y, a poco que te hagan soplar, con una sentencia para ingresar en prisión por tasa de alcohol excesiva. Cualquiera se arriesga, así que me entrego al transporte público, es decir, al taxi porque bus nocturno aquí no hay. Hace un frío que pela y a altas horas de la madrugada, como ser humano que soy, me muero por meterme en el sobre. Salgo de un pub y grito ¡¡¡taxi!!!, pero el taxi no para porque va lleno. Así pasan uno y hasta dos más. Alguien dice "llama a radiotaxi y llamo", pero comunica, comunica y comunica. Las piernas las tengo heladas, me lanzo calle abajo. Mis amigos me siguen. La calle está desierta y el termómetro marca bajo cero. Ni rastro de taxis y el teléfono sigue comunicando. Mi casa está a tres kilómetros y mi cuerpo empieza a entumecerse. Sigo andando. Me viene a la memoria un coche oficial, un chófer que recoge a un concejal, a una delegada, a un alto cargo cualquiera para traerlo y llevarlo de aquí para allá. En ese momento me doy cuenta de que no voy en coche porque justo los que tienen chófer, los que dirigen el cotarro en la ciudad, en las carreteras o en el país me aconsejan que coja el autobús, el taxi o la bicicleta. Los que idean nuevas multas sin ofrecer soluciones. Me rebelo entonces contra el sistema y del mismo coraje entro en calor. Mi casa cada vez está más cerca y yo ya voy casi corriendo. Al despertar, tengo unas agujetas de la muerte y mientras me estiro grito. ¡Yo también quiero chófeeeer!
Wednesday, May 28, 2008
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