Dice mi médico que estoy "gordita". "Tiene un poco de sobrepeso, no está usted obesa, pero debería perder unos kilos" --dijo exactamente el muy insensato. ¿A quién se le ocurre soltar semejante ordinariez sin que nadie le haya preguntando al respecto El caso es que mi médico tiene razón, me sobran algunos kilos, qué le vamos a hacer. Y conste que la culpa no es mía. La felicidad es lo que tiene, que da mucha hambre. Y para una vez que soy feliz en la vida y, para más inri, encuentro a un hombre al que le gusto a pesar de no tener una 38, tiene que venir un médico a llamarme gorda. Tiene guasa. Una, que lleva toda la vida a dieta. Si yo no he estado flaca en mi vida, no lo voy a estar ahora. Todavía me acuerdo de mi época de colegiala cuando el mayor de mis problemas era decidir entre hacer caso a mi madre (que siempre pensó que los niños gordos eran los más sanos) y comer todo lo que me apeteciera, o cortarme con los bocatas de salchichón y las tortas de aceite para ver si mi silueta se estilizaba como la de una Barbie. Siempre ganaba el bocadillo, basta con hacer un recorrido por el álbum de fotos campestres familiar. Después, yo sola me consolaba: "No estoy gorda, es que soy muy grande y me pesan mucho los huesos". El que no se consuela es porque no quiere. Lo peor del caso es que, desde que el señor de la bata blanca me dijo que adelgazara, no paro de contar mis ganas de perder peso a las amigas, que parecen haberse puesto de acuerdo para hacer alarde de sinceridad, calladas como estaban las muy pécoras hasta ahora, para confesar que sí, "ahora que lo dices, te sobran unos kilillos". Entre tanta presión, he decidido pasar de todos y comer lo que me apetezca. Total, ya me agobiaré yo sola cuando llegue el verano.
Wednesday, May 28, 2008
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