Entrar en un hospital público español se ha convertido, con el paso de los años, en un viaje al pasado en la máquina del tiempo que equivale a un billete de avión al Tercer Mundo. Sales de un banco y entras en un centro hospitalario y te preguntas, ¿he cambiado de ciudad, de época o de planeta En una sociedad bautizada como del bienestar, llena de comodidades, de pequeños lujos que nos hacen la vida más fácil y encuadrada en pleno siglo XXI, no deja de sorprender que ponerse malo y recurrir a la sanidad pública, ésa que se paga con el sudor de todos los españoles a base de impuestos cada vez más altos, siga siendo un infierno insoportable al que se enfrentan cada día miles de personas necesitadas de alivio y no de problemas. En una ciudad pequeña como Córdoba, cuya población no llega a los 400.000 habitantes, parece inconcebible que para enfrentarse a una prueba rutinaria como un análisis de sangre haya que levantarse a las siete de la mañana para pillar un número y aguardar entre decenas de personas a que un señor vocee el tuyo. Eso por no hablar de las condiciones en que se encuentran los familiares de los pacientes, que además de tener que hacerse cargo del cuidado de sus enfermos, porque el personal no da para más, deben dormir, en el mejor de los casos, en sillones que parecen sacados de la serie Cuéntame. El bienestar brilla por su ausencia. Pero si la infraestructura sanitaria es deficiente, los servicios complementarios tampoco acompañan. Así, por poner un ejemplo, se da la paradoja de que un hospital del prestigio del Reina Sofía siga luciendo un párking que se inunda en época de lluvias, se atasca a diario y cuyo uso, para colmo, requiere pago previo. En fin, háganme caso y no enfermen, si no quieren ponerse malos.
Wednesday, May 28, 2008
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