El otro día casi me muero del susto. Dormía yo tan profundamente como suelo cuando me despertaron unos cánticos que llegaban desde fuera de mi ventana. En ese estado indescriptible situado entre la vela y el sueño, creí que me había muerto y estaba presenciando las exequias de mi funeral. Voces que se me antojaron de ultratumba cantaban a viva voz aquello de "Dios te salve María, llena eres de gracia, el señor es contigo y bendita tú eres entre tooooodas las mujeres...". El vello de la espalda se me puso de punta y creo que, en el trance, llegué a ver a San Pedro haciéndome la señal de la cruz. Viéndome viva, pensé que había sufrido una regresión a la España profunda de los años cincuenta y también me asusté. Tardé unos minutos en recomponer mi mente, aturdida por el inesperado impacto auditivo e incapaz de salir del sopor, para procesar los datos de aquella canción que, sin duda, me resultaba familiar. Se me representó entonces una lejana mañana cuando, de niña, mi madre (nada beata, pero sí muy de hacer promesas) me despertó bien temprano para acompañarla al Rosario de la Aurora, al que asistí en compañía de decenas de personas. Ya no recuerdo cuántas calles recorrimos aquel amanecer cantando, cual ánimas benditas. Desde entonces, nunca más he vuelto a escuchar esa música en directo. No sé qué hubiera sido de mí si no llego a recordar aquel día o si mi madre no me hubiera llevado a uno de estos encuentros de pequeña. Supongo que ahora no lo estaría contando, víctima de una parada cardíaca. Morir por creerse muerta. Lo raro del caso es que una noche sí y otra no me despiertan de madrugada las voces, el griterío, los portazos de los coches o los tiestos de los vasos del bar de abajo. Y de eso ya ni me asusto.
Wednesday, May 28, 2008
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