Hay imágenes que valen más que mil palabras. No sé quién se inventó esa frase, pero me viene como anillo al dedo para hablar del Rocío, esa fiesta que cada año vivo, perpleja, por televisión y que imprime en mis retinas postales dignas de estudio. No me explico cómo es posible que haya asociaciones que se quejan del uso irracional de cabras, osos o animales varios en fiestas populares de aquí y allá y nadie abra el pico para denunciar lo que pasa en el Rocío. Se me pone el vello de punta solo de recordar a todos esos niños, muchos de ellos bebés, volando de mano en mano cada vez que los romeros (dispuestos a esgalasarse unos a otros) saltan la reja para sacar a la Virgen, más que a hombros, a tirones. Y luego llamamos fanáticos a otros..., que son fanáticos, pero ¿y esto qué En cualquier caso, lo peor de todo, teniendo en cuenta el cariz religioso que se supone al Rocío, es que, en lugar de potenciar el fervor y la fe de los que van por devoción, sea un escaparate del poderío económico que se exhibe en el camino, donde parece que solo tienen acceso las grandes fortunas o los que ahorran todo el año para ir en esas carretas de lujo, armados hasta los dientes con jamones de pata negra, tinajas de vino y potenciadores de la fiesta de cuyo nombre no quiero acordarme (me río yo de los excesos del botellón). Y nadie hace nada. Como dice mi amiga Juana, es normal que el Rocío sea objetivo número uno de la prensa rosa. Al fin y al cabo, famosos y famosillos acuden al camino, como abejas a la miel, para ponerse hasta las trancas y de paso aumentar su cotización. Y vamos que si la aumentan. Porque el Rocío está en alza y la religión no. Lo que no sabemos es si a la Iglesia le interesa el jolgorio y por eso calla y otorga, o si alguien acabará tomando cartas en el asunto.
Wednesday, May 28, 2008
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