Wednesday, May 28, 2008

A papá Juan

Desde que murió, hace ya veinte días, ando dándole vueltas a las palabras con las que despedir a Juan Vacas y siempre acabo rindiéndome al recuerdo callado... Lo conocí cuando ya había cambiado su cámara de fotos por un pincel. Con su despierta mano izquierda y una inmensa paleta de color, se afanaba en retratar la realidad de una forma hasta entonces desconocida para él, a través de la pintura. Su hija Marina le sirvió de guía espiritual en ese último paseo por el arte. Dibujaba despacio, con el mismo empeño con que aprendió a arreglar televisiones o a manejar el objetivo de sus cámaras réflex. Lo conocí también siendo abuelo por encima de todas las cosas. En mi memoria, siempre será papá Juan, rodeado de nietos e hijos, a los que apretaba la mano para decirles "estoy aquí", a los que hablaba sin palabras, con sus ojillos vivarachos, tierno y tímido. Llegué la última a la familia y él me tendió la mano para hacerme sentir bien. Me alegraba verle reír, tan serio como él era, y en su 84 cumpleaños, ya enfermo, le regalé un pajarito enjaulado que, al menor alboroto, empezaba a cantar como si de un jilguero de verdad se tratara. Él me regaló a cambio una de sus sonrisas. A veces, cuando llegaba a casa, sonaba el teléfono y una voz entrecortada me decía: "¿Ya estáis en casa ¿Y Juanito ... Ea, pues buenas noches". A pesar de su genio, de su sobriedad, destacaba en él su espíritu limpio, ése que inspira a los grandes. Agradecido, franco y modesto, podía presumir de tener virtudes de las que escasean en el mundo de hoy en día. Me recibió como a una hija y yo, que hace años perdí a mi padre, aprendí a llamarlo papá Juan. Por eso y porque aún no te has ido, hoy solo se me ocurre mandarte un beso. Confío en que tú me estarás sonriendo.

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