Wednesday, May 28, 2008

Ancianos recién nacidos

Los gajes de la vida y del trabajo me han llevado últimamente a conocer a personas muy muy mayores, auténticos monumentos vivos que esconden historias infinitas detrás de ojos de mirada perdida, de sonrisas desdentadas pero sin complejos, de huesos y músculos cansados. En el contacto con estos ancianos, la mayoría de espíritu más joven que el de ellos mismos durante su juventud, se ha dejado ver la esencia de la longevidad, algo que yo andaba buscando desde hacía tiempo. Y es que, observando el rastro de cientos de arrugas, me he dado cuenta de que la vejez es un momento mágico al que siempre se llega desnudo, tal cual se nace. He descubierto que, al cumplir muchos años, los seres humanos acabamos por renacer, volviendo a lo básico, al cariño como necesidad primaria. Anciano y bebé me parecen ahora almas gemelas que resisten, marcados por la dependencia y enganchados a quienes dedican su tiempo a alimentarlos, a asearlos o a velar su sueño. Puede que eso explique que abuelos y nietos se entiendan tan bien, tanto mejor cuanto mayor sea el uno y más pequeño el otro. En ambos umbrales, solo importa lo importante, se desvanecen así las preocupaciones absurdas de la juventud o de la madurez, cuando los intereses profesionales, el dinero o los amores tortuosos son prioridad. Llegado a cierto punto, la memoria de los ancianos parece vaciarse de recuerdos para llenarse de "los recuerdos", de la misma manera que la de un niño es un cajón vacío que solo se abre a los momentos imborrables. Y es que, queramos o no, la vida nos devuelve al punto de partida justo al llegar al final. Para empezar de cero. Como Antonia, que a sus 105 años, ha vuelto a gritar entre sueños "mamá". Aunque quien corra a verla sea su hija.

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