Ayer me fui a la peluquería. Necesitaba un remanso de paz en el que olvidar que estamos en campaña electoral y hablar de cosas más interesantes como el último hit en maquillaje para novias (por lo visto, se lleva el sombreado en negro, que da más profundidad a los ojos) o la ruptura sentimental de alguna famosa. Todo con tal de evadirme de la realidad. Y es que, después de cuatro años de precampaña, este esprint final se está haciendo muy cuesta arriba. Eso de poner la tele y encontrarte con que han quitado tu serie favorita para colocar un debate entre candidatos, o peor, el comentario del debate, del predebate y del postdebate, no hay quien lo aguante. Tanto hablar de crispación ha hecho que nos crispemos hasta en casa a la hora de comer. "Papá, pásame el pan", dice el hijo, al que el padre contesta: "Te lo doy si me dices a quién vas a votar". Ésa es otra. El voto ha dejado de ser secreto y todo el mundo quiere saber de qué color es el tuyo para echártelo en cara. "¿No me digas que votas a IU Pero si ésos están acabados, tío", escuché ayer en el autobús a dos colegas universitarios mientras dos señoras debatían sobre el look del presidente: "Yo no sé a quién votar, pero a Zapatero no porque esas cejas puntiagudas que tiene me ponen nerviosa", decía una mientras una chavalita, horas más tarde, en la cola del videoclub, confesaba a un amigo: "Como se entere mi padre de que voy a votar al PP, me mata". Y es que esto último está a la orden del día. Cantidad de jóvenes han decidido mostrar su rebeldía castigando a los padres con el voto contrario al que ellos quisieran, es decir, de padres progres están saliendo hijos peperos y viceversa, aunque más por confrontación generacional que por convicción política... Pero ¿qué hago , si yo no quería hablar de las elecciones...
Wednesday, May 28, 2008
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